Andar estos días por las calles de Buenos Aires resulta una experiencia interesante: hay más cascos en las cabezas de los motociclistas, es raro ver automóviles lanzados a gran velocidad en las avenidas y, si a uno se le ocurre respetar la velocidad máxima permitida en ellas (60 Km/h), no te tiran el auto encima para que los dejes pasar.
Evidentemente, la posibilidad de que nos quiten, a la larga, la licencia de conducir o, en lo inmediato, la moto, opera como un factor que puede modificar comportamientos "atávicos" en los argentinos en general y los porteños en particular. En una palabra: somos hijos del rigor.
No sé si este es un fenómeno porteño, o argentino, o universal. Lo cierto es que cuando la ley se aplica en serio y, con ella, las sanciones que conlleva, nos acordamos de que ella existe, de que nos alcanza y de que debemos respetarla.
Esperemos que nos dure el respeto por la ley (por lo menos, por la de tránsito, que es un buen comienzo), que no encontremos “la trampa” de la que habla el dicho, que no se afloje con los controles -y con las sanciones-, y que terminemos por entender que la ley no está hecha -no debería estarlo- para amargarnos la existencia sino para el bien de todos. Así pasaríamos, de temer a la ley, a respetar la ley, y a promover su respeto; que en eso consiste el patriotismo que la Argentina nos reclama a cada uno.
¿Por qué 40 minutos?
Porque, si tuviera más tiempo, escribiría más largo.
miércoles, 28 de enero de 2009
miércoles, 21 de enero de 2009
Del archivo: Otro país
Artículo del 21 de enero de 2009
Vi muy poco de la asunción del nuevo Presidente de los EE.UU., B. Obama, en la televisión.
Esto, por dos razones.
La segunda, porque tenía que trabajar a esa hora; mis vacaciones terminaron.
La primera, porque no lo voté. Y no sólo porque no soy ciudadano norteamericano y porque el país que me desvela es otro, sino porque tampoco lo hubiera votado de haber tenido la oportunidad. La posición de Obama y su partido respecto de temas tan sensibles como el aborto y las uniones homosexuales son diametralmente opuestas a las mías, y con eso yo no transo. Más allá de la expectativa que razonablemente despierta todo nuevo ciclo, especialmente después de la desastrosa Administración Bush Jr., y del beneficio de la duda, que a todos nos cabe, me permito no ser optimista respecto de los beneficios que pueda representar para la humanidad la presidencia de Obama. Y no: no soy “políticamente correcto”, ni me interesa subirme al tren de la “Obamanía”.
No obstante, creo que la asunción de Obama deja muchas lecciones que los argentinos debemos aprender.
Entre las más importantes, el ejemplo de madurez política. Si hay alguien en la tierra al que le cabían silbidos y tomatazos en la despedida, ese era G. W. Bush. Pero no solo no los hubo, sino que el nuevo Presidente le agradeció la cooperación prestada durante la transición. Más: no hubo un solo reproche a la administración saliente en el discurso de Obama, quien, además, despidió a Bush con una calidez que iba más allá de la pura amabilidad.
También, y es quizás el aspecto más destacable del discurso del nuevo Presidente, la apelación a las mejores virtudes norteamericanas (la libertad, el trabajo y el sacrificio como base del progreso de la nación) como las claves para superar la grave crisis que tienen por delante los EE. UU.; apelación que contrasta con la diatriba de los políticos criollos, especialmente los actuales gobernantes, tan afectos a la demagogia y la búsqueda de culpables -entre los ajenos, obviamente-, y tan poco proclives a buscar y proponer soluciones, sobre todo si éstas implican “sangre, sudor y lágrimas”.
Lecciones que da la nación -todavía- más potente de la tierra.
Vi muy poco de la asunción del nuevo Presidente de los EE.UU., B. Obama, en la televisión.
Esto, por dos razones.
La segunda, porque tenía que trabajar a esa hora; mis vacaciones terminaron.
La primera, porque no lo voté. Y no sólo porque no soy ciudadano norteamericano y porque el país que me desvela es otro, sino porque tampoco lo hubiera votado de haber tenido la oportunidad. La posición de Obama y su partido respecto de temas tan sensibles como el aborto y las uniones homosexuales son diametralmente opuestas a las mías, y con eso yo no transo. Más allá de la expectativa que razonablemente despierta todo nuevo ciclo, especialmente después de la desastrosa Administración Bush Jr., y del beneficio de la duda, que a todos nos cabe, me permito no ser optimista respecto de los beneficios que pueda representar para la humanidad la presidencia de Obama. Y no: no soy “políticamente correcto”, ni me interesa subirme al tren de la “Obamanía”.
No obstante, creo que la asunción de Obama deja muchas lecciones que los argentinos debemos aprender.
Entre las más importantes, el ejemplo de madurez política. Si hay alguien en la tierra al que le cabían silbidos y tomatazos en la despedida, ese era G. W. Bush. Pero no solo no los hubo, sino que el nuevo Presidente le agradeció la cooperación prestada durante la transición. Más: no hubo un solo reproche a la administración saliente en el discurso de Obama, quien, además, despidió a Bush con una calidez que iba más allá de la pura amabilidad.
También, y es quizás el aspecto más destacable del discurso del nuevo Presidente, la apelación a las mejores virtudes norteamericanas (la libertad, el trabajo y el sacrificio como base del progreso de la nación) como las claves para superar la grave crisis que tienen por delante los EE. UU.; apelación que contrasta con la diatriba de los políticos criollos, especialmente los actuales gobernantes, tan afectos a la demagogia y la búsqueda de culpables -entre los ajenos, obviamente-, y tan poco proclives a buscar y proponer soluciones, sobre todo si éstas implican “sangre, sudor y lágrimas”.
Lecciones que da la nación -todavía- más potente de la tierra.
viernes, 19 de diciembre de 2008
Del archivo: ¿Somos todos “movimientistas y delegativos”?
Artículo del 19 de diciembre de 2008
La semana pasada leí un interesante reportaje en La Nación a Guillermo O'Donnell.
Las opiniones del reporteado pueden compartirse o no, pero lo que me resultó interesante son un par de párrafos, referidos a qué es lo que ha fallado en la democracia argentina de los últimos 25 años, que transcribo:
“La base de todo esto está en una fuerte tradición argentina movimientista y delegativa. No sólo el peronismo; en su tradición histórica, también el radicalismo. Esta concepción movimientista totalizante lleva a patrones de democracia delegativa, democrática porque las autoridades resultan de elecciones razonablemente limpias. Pero la idea es que una vez elegido, el presidente o la presidenta sienten el derecho, si no también la obligación, de gobernar según les parece mejor, sin restricciones institucionales, que serían simplemente molestias impuestas por el régimen democrático a las que hay que tratar de eludir, cooptar, anular, hacerlas lo más inefectivas posible, para que el Ejecutivo elegido decida frente a sí lo que mejor le parece para el país, bien o mal, en mala o buena fe. Esa forma de concebir el poder es intrínsecamente antiinstitucionalista... está esa idea de que «yo gané, entonces tengo derecho a dirigir el país de acuerdo con lo que a mí me parece, y vos que perdiste lo único que podés hacer es esperar hasta las próximas elecciones a ver si ganás, y tal vez tengas derecho de hacer las cosas inconsultas que yo hago hoy». El enorme desafío de la política argentina es superar esta visión.”
Lamentablemente, el sayo nos cabe a todos. Quien lea los diarios se entera de cómo este mismo talante “movimientista y delegativo”, bien que con sus matices, se reproduce en los partidos no peronistas. Lo que resulta más chocante cuando se trata de partidos o dirigentes que expresamente dicen abominar de tales prácticas.
En efecto, nos cuesta mucho admitir la sujeción a las normas cuando éstas no son de nuestro gusto y conveniencia. Tendemos a buscar siempre “la vuelta” para poder pasar por alto la regla que, consideramos, restrinje nuestra siempre “necesaria” capacidad de maniobra. Es lo mismo que cuando nos justificamos (a veces, en voz alta) por pasar el semáforo en rojo o no respetar la velocidad máxima: ¡estamos apurados!; como si el que puso el semáforo o estableció la velocidad máxima solamente los hubiera pensado para conductores sin apuro.
También nos cuesta admitir las opiniones contrarias, el diálogo político, la misma democracia, tanto en la relación entre partidos políticos como dentro de ellos mismos. Prueba de ello es esa especie de “síndrome de la fractura infinita” que afecta a todos los movimientos políticos y que resulta especialmente notable entre quienes actualmente militamos en la oposición: no sabemos ganar y no nos bancamos perder; el que gana busca neutralizar al que pierde, y éste prefiere irse, no tanto por no ser escuchado, cuanto por no haber sido él quien neutralizara a su oponente. Pero también es prueba de ello la inveterada tendencia al “dedazo” para la elección de candidatos y al manejo de las decisiones por parte de la “mesa chica”, sin intervención de los afiliados, a quienes sólo se acude o invoca para refrendar la propia posición (nunca para discutirla, oír iniciativas, pedir opinión o consejo). Como no aceptamos que la ley ni el disenso nos pongan límites, procuramos —consciente o inconscientemente— acotar el ámbito de la discusión lo más posible, dentro de márgenes que nos resulten fácilmente manejables.
Creo que todos deberíamos echar una mirada a nuestra propia conducta, también los que nos llenamos la boca hablando de la democracia, la libertad, la república y las instituciones, para ver cuánto tenemos de “movimientistas y delegativos”. No vaya a ser que la democracia la entendamos en términos de rebaño, que sólo nos importe nuestra libertad para aplastar al otro, que la república sólo sea un botín, y las instituciones sólo una invocación hueca, como lo es en boca de aquellos que creen que la realidad es un “relato que se construye”.
La semana pasada leí un interesante reportaje en La Nación a Guillermo O'Donnell.
Las opiniones del reporteado pueden compartirse o no, pero lo que me resultó interesante son un par de párrafos, referidos a qué es lo que ha fallado en la democracia argentina de los últimos 25 años, que transcribo:
“La base de todo esto está en una fuerte tradición argentina movimientista y delegativa. No sólo el peronismo; en su tradición histórica, también el radicalismo. Esta concepción movimientista totalizante lleva a patrones de democracia delegativa, democrática porque las autoridades resultan de elecciones razonablemente limpias. Pero la idea es que una vez elegido, el presidente o la presidenta sienten el derecho, si no también la obligación, de gobernar según les parece mejor, sin restricciones institucionales, que serían simplemente molestias impuestas por el régimen democrático a las que hay que tratar de eludir, cooptar, anular, hacerlas lo más inefectivas posible, para que el Ejecutivo elegido decida frente a sí lo que mejor le parece para el país, bien o mal, en mala o buena fe. Esa forma de concebir el poder es intrínsecamente antiinstitucionalista... está esa idea de que «yo gané, entonces tengo derecho a dirigir el país de acuerdo con lo que a mí me parece, y vos que perdiste lo único que podés hacer es esperar hasta las próximas elecciones a ver si ganás, y tal vez tengas derecho de hacer las cosas inconsultas que yo hago hoy». El enorme desafío de la política argentina es superar esta visión.”
Lamentablemente, el sayo nos cabe a todos. Quien lea los diarios se entera de cómo este mismo talante “movimientista y delegativo”, bien que con sus matices, se reproduce en los partidos no peronistas. Lo que resulta más chocante cuando se trata de partidos o dirigentes que expresamente dicen abominar de tales prácticas.
En efecto, nos cuesta mucho admitir la sujeción a las normas cuando éstas no son de nuestro gusto y conveniencia. Tendemos a buscar siempre “la vuelta” para poder pasar por alto la regla que, consideramos, restrinje nuestra siempre “necesaria” capacidad de maniobra. Es lo mismo que cuando nos justificamos (a veces, en voz alta) por pasar el semáforo en rojo o no respetar la velocidad máxima: ¡estamos apurados!; como si el que puso el semáforo o estableció la velocidad máxima solamente los hubiera pensado para conductores sin apuro.
También nos cuesta admitir las opiniones contrarias, el diálogo político, la misma democracia, tanto en la relación entre partidos políticos como dentro de ellos mismos. Prueba de ello es esa especie de “síndrome de la fractura infinita” que afecta a todos los movimientos políticos y que resulta especialmente notable entre quienes actualmente militamos en la oposición: no sabemos ganar y no nos bancamos perder; el que gana busca neutralizar al que pierde, y éste prefiere irse, no tanto por no ser escuchado, cuanto por no haber sido él quien neutralizara a su oponente. Pero también es prueba de ello la inveterada tendencia al “dedazo” para la elección de candidatos y al manejo de las decisiones por parte de la “mesa chica”, sin intervención de los afiliados, a quienes sólo se acude o invoca para refrendar la propia posición (nunca para discutirla, oír iniciativas, pedir opinión o consejo). Como no aceptamos que la ley ni el disenso nos pongan límites, procuramos —consciente o inconscientemente— acotar el ámbito de la discusión lo más posible, dentro de márgenes que nos resulten fácilmente manejables.
Creo que todos deberíamos echar una mirada a nuestra propia conducta, también los que nos llenamos la boca hablando de la democracia, la libertad, la república y las instituciones, para ver cuánto tenemos de “movimientistas y delegativos”. No vaya a ser que la democracia la entendamos en términos de rebaño, que sólo nos importe nuestra libertad para aplastar al otro, que la república sólo sea un botín, y las instituciones sólo una invocación hueca, como lo es en boca de aquellos que creen que la realidad es un “relato que se construye”.
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