Por varios lados me llegó la convocatoria al "cacerolazo" del 7 de junio. Varios amigos sé que iban a estar allí.
Lo seguí con cierto interés, por la televisión (por cierto, sólo los canales del grupo Clarín le dieron cobertura), pero, si bien al principio tuve ganas de ir, finalmente desistí de hacerlo.
No cabe duda de que el "cacerolazo" es una buena catarsis. También que sirve para hacerle notar al poder que el ciudadano medio, ese que, de acuerdo con Tocqueville, es reacio a las revoluciones y las movilizaciones populares, está, sin embargo, hartándose de la política oficial que busca llevarse a todos por delante con la extraña excusa del "derecho de las mayorías" y minimiza, cuando no ignora olímpicamente, aquellos aspectos oscuros de su gestión recurriendo al "relato": la realidad no es como es, sino como se cuenta.
Es cierto, las cacerolas sólo suenan cuando a ese ciudadano medio le tocan el bolsillo, hoy y ahora. Esto no quise creerlo en 2001; pero en 2012 tengo que rendirme a la evidencia: sólo cuando vimos amenazados nuestros ahorros con el "corralito" (2001), cuando nos manotearon el fruto del trabajo más allá de lo tolerable (2008), o sentimos carcomidos nuestros ingresos por la inflación y las arbitrariedades del gobierno (2012) salimos a batir cacerolas y a protestar. Sin embargo, nada dijimos cuando este mismo "proyecto" cobijó casos escandalosos de corrupción, ni cuando aprobó leyes aberrantes ("matrimonio igualitario", "identidad de género"...) que comprometen el futuro de nuestras familias y nuestra sociedad, ni cuando se alzó con empresas privatizadas con la excusa de su "recuperación", para poder usarlas como botín político y que todo siguiera igual (Correo Argentino, AySA, Aerolíneas, YPF...), ni cuando pisotearon la Constitución para mantener encarceladas a centenares de personas sin juzgarlas o para echar al Presidente del Banco Central porque no se alineaba, ni cuando prorrogaron ad infinitum las leyes de emergencia para poder seguir usando discrecionalmente del poder, ni cuando la desidia burocrática mató gente, y ni siquiera cuando se embolsaron los activos fideicomitidos de nuestras jubilaciones sin indemnizarnos (total, para jubilarse falta, ¿verdad?).
Volviendo a Tocqueville, es evidente que la clase media no está hecha para las revoluciones. Por eso la izquierda "progre" la odia, se burla de ella y de sus cacerolas. Pero, si bien a la crítica de esa "reacción burguesa" que representa el "cacerolazo" no le faltan argumentos válidos, también es cierto que trasluce cierto resentimiento contra movilizaciones que no necesitan armarse (como sí necesitan las de los partidos políticos) ni financiarse (como si les hace falta a las del Gobierno) y que demuestran palmariamente el agotamiento de nuestro sistema político, que no ofrece alternativas reales (en ideas y en poder) a la arbitrariedad actualmente gobernante.
Puede ser que las cacerolas ya estén gastadas. Pero si siguen sonando es porque un sector cada vez mayor de la sociedad no encuentra en la oposición política un intérprete válido de sus demandas.
Quienes nos dedicamos a la política, en lugar de hablar de las cacerolas, deberíamos reflexionar sobre qué representamos para sus portadores.
¿Por qué 40 minutos?
Porque, si tuviera más tiempo, escribiría más largo.
viernes, 8 de junio de 2012
miércoles, 21 de marzo de 2012
Aborto: oscurantismo vs. razón
El "tema" del aborto es uno de los parámetros más importantes para medir la madurez de nuestra cultura.
¿Por qué?
La madurez consiste en la capacidad de juzgar rectamente la realidad y obrar responsablemente en consecuencia. Supone la humildad de aceptar la realidad como es y no como nos gustaría y el rechazo de la pretensión soberbia de disfrazar tal realidad para acomodarla a la propia conveniencia; soberbia esta que se relaciona con la búsqueda de eludir las consecuencias de aquella realidad, esto es, con la irresponsabilidad.
En la cuestión del aborto provocado, como en pocas, se enfrentan las conveniencias personales con la realidad de manera tan radical que el juicio ético exige una honestidad intelectual y vital completas, que nos lleven a aceptar la realidad como es y a obrar en consecuencia, aún a costa de los personales -y, a veces, mezquinos- intereses.
Los argumentos a favor de la defensa de la vida humana contra cualquier forma de aborto voluntario son, cada vez más, confirmados por la ciencia. No son, como podía pensarse hace siglos, una cuestión de fe, de pura moral religiosa, sino una "cuestión de microscopio".
Desde que se descubrió el ADN, sabemos que el embrión tiene un ser y una vida distintos de los de su madre desde el momento mismo de la unión del espermatozoide con el óvulo. Tan distintos, que su ADN es diverso del de su madre; su carga genética es completamente distinta y, además, suficiente para desarrollarse como "otro" individuo respecto de aquélla. Esta evidencia científica desmiente el mito de que disponer del embrión (o del feto) sea disponer del propio cuerpo de la madre, y que abortarlo sea equivalente a extirpar las amígdalas o el apéndice: podía creerse semejante cosa antes de saber del ADN; hoy no puede seriamente sostenerse. Argumentos pro-aborto como el de que las mujeres deben tener derecho a "decidir sobre su propio cuerpo" quedan convertidos en muletillas vacías frente a esta evidencia. El embrión es "otro" respecto de la madre; decidir sobre él es decidir sobre el cuerpo (y sobre la vida) de otro, bien distinto de ella.
Ahora bien, los argumentos abortistas han apuntado, entonces, a elucubraciones tales como la de evitar, mediante la legalización, que una cantidad de mujeres (siempre aludida como grande, obviamente, aunque carezca de suficiente respaldo estadístico) muera en abortos clandestinos.
Pero tales argumentos son sofismas, porque parten de la premisa, improbable, de que el aborto es un recurso absolutamente necesario y único para esas mujeres que terminan muriendo en la clandestinidad. ¿No hay alternativa al aborto para ellas? En efecto, quienes así razonan omiten la posibilidad de que, para no recurrir a la clandestinidad, tales mujeres no aborten. Con el mismo criterio, podría proponerse que, para que no mueran tal cantidad de personas en asaltos, en lugar de evitarlos habría que legalizar el robo.
Y esto dicho al margen de la mala fe que, en la denuncia de esas supuestas cantidades de mujeres que mueren en abortos clandestinos, han reconocido varios ex abortistas arrepentidos, como el Dr. Nathanson o la misma Norma L. McCorvey, protagonista del leading case de la legalización del aborto en Estados Unidos (el caso "Roe v. Wade").
Este pseudoargumento, casi pueril, pretende revertir la visión negativa respecto del aborto provocado, mostrándolo como una respuesta "humanista" orientada a "salvar vidas". Pero si la vida que hay en la embarazada es distinta que la de ella, y esto es -repito- evidencia científica, en cada aborto siempre es eliminada una vida humana; si la madre también muere, serán dos. Ahora bien, si a la madre se la convence de no abortar, se salvarán las dos vidas. ¿Cómo puede proponerse racionalmente como solución la eliminación de una vida humana?
Pero, entonces, el abortismo contraataca y pone en tela de duda que "eso" que la mujer lleva en su seno sea una persona "sujeto de derechos", un "alguien" que merezca ser protegido. El argumento está reforzado por la panoplia de eufemismos que utilizan sus propulsores: ya no hablamos de "aborto" (porque eso supondría abortar a "alguien"), sino de "interrupción del embarazo" (el único "alguien" sería la madre); y ni siquiera hablamos de "embrión" o "feto" (que hacen referencia a una vida humana), sino de "producto" (una cosa, de la que puede prescindirse).
Claro que no hay abortista en la tierra que tenga un "personómetro" con el cual determinar que un ser humano en gestación no es persona sino a partir de tal o cual mes de gestación, o que justifique por qué si es producto de una violación no es persona y sí lo sería si fuese querido por sus padres.
Emparentado con este argumento está el de la dependencia de ese "otro" gestado en el útero respecto de la madre: si depende absolutamente de la madre no puede ser persona, se afirma. Pero, entonces, el recién nacido tampoco lo es, en tanto depende absolutamente del cuidado de sus mayores para sobrevivir. Como tampoco lo sería, extremando tal argumento, un astronauta haciendo una caminata espacial, en cuanto depende absolutamente de su nave.
La pretensión de separar a la "persona" de la "vida humana" individual resulta siempre arbitraria. Tan arbitraria que no faltan ejemplos en la historia reciente en los que mayorías circunstanciales decidieron que los seres humanos de tal raza o condición no eran personas o no merecían ser tratadas como tales. Los abortistas se escandalizan de que se los incluya en estas comparaciones, pero su actitud no puede desmentirlas.
No hay embrión humano que llegue a ser, si ninguna circunstancia exterior se lo impide, un ser humano adulto: nunca será un pato, ni un perro, ni una ballena, ni una cucaracha, ni un árbol. Podrá ser mujer o varón, más lindo o más feo, más inteligente o más retrasado, más sano o más enfermo; pero no hay razones ni evidencia científica alguna que demuestre que ese ser distinto de la madre que se gesta en su útero sea otra cosa que un ser humano. Y no hay ser humano que no merezca, por su sola condición de ser humano, el respeto de sus derechos básicos. Y de estos derechos, resulta ovbio, la vida es el primero, por cuanto le permite el ejercicio de la libertad y de todos los demás. ¿Quién puede, en justicia, privar a un ser humano en cualquier estadio de su desarrollo, dentro o fuera del útero, del primero de sus derechos? Si hoy en día la condena a muerte para los más abyectos criminales está en retroceso en las sociedades consideradas "civilizadas", ¿cómo es que se encuentran siempre nuevas excusas para segar la vida humana inocente?
A estas objeciones al discurso abortista se le agrega la que resulta del progreso de la medicina neonatal, que hace que cada vez se salven chicos en meses más tempranos de gestación. ¿Qué es lo que hace que un bebe prematuro de cinco meses sea "persona" y un feto de cinco meses no lo sea? ¿Qué diferencia esencial existe entre uno y otro? ¡Tan peligroso es estar adentro del útero materno!
Los partidarios del aborto que perciben estas limitaciones argumentales apuntan entonces a la emoción del caso extremo: las pobres chicas violadas, las madres de familia numerosa que no pueden mantener a sus hijos, los embarazos adolescentes...
Resulta curioso que muchos de esos "argumentadores emocionales" se escandalicen cuando alguien muestra las horrendas imágenes de los abortos provocados y señalen a los defensores de la vida acusándolos de querer asustar con "golpes bajos" -dicho sea al pasar: también serían, con ese criterio, "golpes bajos" la difusión de imágenes de la Shoah, tan necesaria para evitar que en el mundo se repita la barbarie-. Pero, mientras la ilustración de lo que implica el aborto refuerza el argumento central en favor de la defensa de la vida humana, el recurso emocional abortista distrae la discusión con temas que pueden ser importantes en su individualidad, pero que, en perspectiva, son secundarios respecto del aborto.
En efecto, la violación se combate persiguiendo a los violadores, las familias numerosas necesitan asistencia para progresar, los embarazos adolescentes se previenen con educación en la responsabilidad y en el amor; y así, siguiendo. Pero condenar al exterminio a una vida humana por haber sido originada en una violación, o pretendiendo solucionar los problemas de las madres pobres o adolescentes, sólo agrega -y esto es experiencia común- un problema más a las madres abortantes, un trauma del que jamás se recuperan y del que nunca las previenen los promotores del aborto, que por lo general se muestran más preocupados por imponer esta "solución" que por solucionar verdaderamente el problema de nadie.
Por otro lado, extremando estos argumentos "humanitarios" de los abortistas se llegaría a algunas conclusiones curiosas -por usar un eufemismo-: por ejemplo, que la pobreza se solucionaría, desde su perspectiva, evitando que nazcan más pobres.
Sólo perdiendo de vista la cuestión central (si estamos o no abortando a un ser humano) puede perderse el tiempo discutiendo acerca de la relación entre pobreza y maternidad, o de la ahora llamada "violencia de género", o del problema del embarazo adolescente, y sobre sus causas, dimensiones, consecuencias y proyecciones varias. Y digo perder el tiempo porque resulta evidente, a poco que se reflexione, que ninguno de los problemas que pueda padecer una mujer en tales circunstancias equivale o es comparable a la aniquilación de una vida humana. Más aún: la experiencia indica que, por el contrario, es la vida humana naciente la que ayuda, junto con la contención apropiada, a cualquier mujer a superar semejantes traumas.
Sin embargo, la ofensiva abortista continúa. A pesar de contradecir la creciente evidencia científica. A pesar de no haber representado nunca una solución, en ninguno de los países que legalizaron el aborto, sino generando nuevos problemas. A pesar de repugnar el más elemental instinto natural. A pesar de contarse por miríadas los arrepentidos ex abortistas pasados al "bando" pro vida. A pesar de contradecir el más elemental sentido común.
Es especialmente contradictoria la pretensión supuestamente feminista de que la prohibición del aborto es una imposición machista. Aparte de que los abortados pueden ser tanto varones como mujeres, el aborto resulta, en realidad, una conquista más del machismo, que puede utilizar e instrumentalizar aún más a la mujer, ahora sin el riego de las consecuencias de dicho abuso (aniquilables mediante el aborto) y sin tener siquiera que soportar el trauma de tal aniquilación, que es y será siempre un problema de la mujer.
Pero la más trillada de las acusaciones abortistas hacia los pro vida es que se trata de una posición religiosa, que no puede ser impuesta a los demás. Es la más trillada y la más fácil: si se trata de una cuestión religiosa, ésta no puede ser impuesta en forma universal, y se terminó la discusión. Se autoeximen así los abortistas de tener que razonar en profundidad acerca de la justificación de su postura.
Es cierto que las religiones en general -especialmente los cristianos, con la Iglesia Católica al frente- defienden la vida humana naciente (sería preocupante que no lo hicieran). También es cierto que no todas lo hacen con la misma radicalidad que la Iglesia, y que ésta ha ido "depurando" los motivos de su condena con el correr de los siglos. Pero cuando alguien me dice que Santo Tomás de Aquino no condenaba el aborto, le recuerdo que él no supo de la existencia del ADN; argumentó racionalmente según el estado de la ciencia de su época. La Iglesia, a diferencia de los abortistas, ha ido recibiendo y aplicando el progreso de la investigación científica para dar a sus posiciones un fundamento cada vez más sólido desde el punto de vista puramente natural y universal; quien afirme lo contrario -lo desafío- no ha leído los documentos pontificios al respecto.
A la luz de lo que venimos diciendo, por el contrario, el oscurantismo está del lado de los abortistas, no de los pro vida. Son éstos, y no aquéllos quienes tienen argumentos más sólidos y racionales desde el punto de vista de la ciencia pura y dura. Es el abortismo el que, careciendo de racionalidad, recurre al dogma ideológico, a la consigna vacía ("aborto legal para no morir"), a la confrontación política y la imposición de mayorías circunstanciales que tapen, distraigan o minimicen la pobreza argumental de su posición.
Es cierto que la buena fe se presume y que la mala fe debe ser probada. Pero no deja de resultar sospechoso que, existiendo soluciones verdaderas -múltiples, menos traumáticas e incruentas- a los problemas que se publicitan como "solucionables" con el aborto, sus partidarios se empecinen en imponerlo a toda costa. Resulta llamativo que, en cuanto se argumenta racional y científicamente a favor de la vida humana naciente, se busque imponer un discurso ideológico. De varias fuentes distintas he podido saber que en un foro armado para imponer la agenda abortista, el llamado Encuentro Nacional de Mujeres, se recurre no sólo a la vociferación ideológica ("acá no queremos argumentos filosóficos ni científicos, queremos votar el aborto", sic), sino también a toda clase de abusos y violencias (hasta físicas) para evitar que las "infiltradas" pro vida (que cada vez son más) "arruinen" el discurso que se quiere imponer. Es sugestivo que se bata el parche en los medios con casos aberrantes de embarazos producto de violaciones y, en lugar de reclamar el castigo de los violadores, lo primero que se reclama es la eliminación del hijo.
La experiencia demuestra que hay quien está a favor del aborto por interés, hay quien lo está para acallar su propia conciencia, hay quien lo está por seguir la consigna ideológica que no acepta razones en contrario, hay quien lo está, también, por ignorancia. Pero siempre y en todos los casos, quien está a favor del aborto es porque no se ha puesto a pensar y a reflexionar lo suficiente en el tema.
A la vista de esto, ¿quién es el oscurantista? ¿quién es el que apela a la razón?
No sé si somos la única especie que aniquila a sus crías. Sí sé que somos, en cualquier caso, la especie que menos excusas tiene para hacerlo.
¿Por qué?
La madurez consiste en la capacidad de juzgar rectamente la realidad y obrar responsablemente en consecuencia. Supone la humildad de aceptar la realidad como es y no como nos gustaría y el rechazo de la pretensión soberbia de disfrazar tal realidad para acomodarla a la propia conveniencia; soberbia esta que se relaciona con la búsqueda de eludir las consecuencias de aquella realidad, esto es, con la irresponsabilidad.
En la cuestión del aborto provocado, como en pocas, se enfrentan las conveniencias personales con la realidad de manera tan radical que el juicio ético exige una honestidad intelectual y vital completas, que nos lleven a aceptar la realidad como es y a obrar en consecuencia, aún a costa de los personales -y, a veces, mezquinos- intereses.
Los argumentos a favor de la defensa de la vida humana contra cualquier forma de aborto voluntario son, cada vez más, confirmados por la ciencia. No son, como podía pensarse hace siglos, una cuestión de fe, de pura moral religiosa, sino una "cuestión de microscopio".
Desde que se descubrió el ADN, sabemos que el embrión tiene un ser y una vida distintos de los de su madre desde el momento mismo de la unión del espermatozoide con el óvulo. Tan distintos, que su ADN es diverso del de su madre; su carga genética es completamente distinta y, además, suficiente para desarrollarse como "otro" individuo respecto de aquélla. Esta evidencia científica desmiente el mito de que disponer del embrión (o del feto) sea disponer del propio cuerpo de la madre, y que abortarlo sea equivalente a extirpar las amígdalas o el apéndice: podía creerse semejante cosa antes de saber del ADN; hoy no puede seriamente sostenerse. Argumentos pro-aborto como el de que las mujeres deben tener derecho a "decidir sobre su propio cuerpo" quedan convertidos en muletillas vacías frente a esta evidencia. El embrión es "otro" respecto de la madre; decidir sobre él es decidir sobre el cuerpo (y sobre la vida) de otro, bien distinto de ella.
Ahora bien, los argumentos abortistas han apuntado, entonces, a elucubraciones tales como la de evitar, mediante la legalización, que una cantidad de mujeres (siempre aludida como grande, obviamente, aunque carezca de suficiente respaldo estadístico) muera en abortos clandestinos.
Pero tales argumentos son sofismas, porque parten de la premisa, improbable, de que el aborto es un recurso absolutamente necesario y único para esas mujeres que terminan muriendo en la clandestinidad. ¿No hay alternativa al aborto para ellas? En efecto, quienes así razonan omiten la posibilidad de que, para no recurrir a la clandestinidad, tales mujeres no aborten. Con el mismo criterio, podría proponerse que, para que no mueran tal cantidad de personas en asaltos, en lugar de evitarlos habría que legalizar el robo.
Y esto dicho al margen de la mala fe que, en la denuncia de esas supuestas cantidades de mujeres que mueren en abortos clandestinos, han reconocido varios ex abortistas arrepentidos, como el Dr. Nathanson o la misma Norma L. McCorvey, protagonista del leading case de la legalización del aborto en Estados Unidos (el caso "Roe v. Wade").
Este pseudoargumento, casi pueril, pretende revertir la visión negativa respecto del aborto provocado, mostrándolo como una respuesta "humanista" orientada a "salvar vidas". Pero si la vida que hay en la embarazada es distinta que la de ella, y esto es -repito- evidencia científica, en cada aborto siempre es eliminada una vida humana; si la madre también muere, serán dos. Ahora bien, si a la madre se la convence de no abortar, se salvarán las dos vidas. ¿Cómo puede proponerse racionalmente como solución la eliminación de una vida humana?
Pero, entonces, el abortismo contraataca y pone en tela de duda que "eso" que la mujer lleva en su seno sea una persona "sujeto de derechos", un "alguien" que merezca ser protegido. El argumento está reforzado por la panoplia de eufemismos que utilizan sus propulsores: ya no hablamos de "aborto" (porque eso supondría abortar a "alguien"), sino de "interrupción del embarazo" (el único "alguien" sería la madre); y ni siquiera hablamos de "embrión" o "feto" (que hacen referencia a una vida humana), sino de "producto" (una cosa, de la que puede prescindirse).
Claro que no hay abortista en la tierra que tenga un "personómetro" con el cual determinar que un ser humano en gestación no es persona sino a partir de tal o cual mes de gestación, o que justifique por qué si es producto de una violación no es persona y sí lo sería si fuese querido por sus padres.
Emparentado con este argumento está el de la dependencia de ese "otro" gestado en el útero respecto de la madre: si depende absolutamente de la madre no puede ser persona, se afirma. Pero, entonces, el recién nacido tampoco lo es, en tanto depende absolutamente del cuidado de sus mayores para sobrevivir. Como tampoco lo sería, extremando tal argumento, un astronauta haciendo una caminata espacial, en cuanto depende absolutamente de su nave.
La pretensión de separar a la "persona" de la "vida humana" individual resulta siempre arbitraria. Tan arbitraria que no faltan ejemplos en la historia reciente en los que mayorías circunstanciales decidieron que los seres humanos de tal raza o condición no eran personas o no merecían ser tratadas como tales. Los abortistas se escandalizan de que se los incluya en estas comparaciones, pero su actitud no puede desmentirlas.
No hay embrión humano que llegue a ser, si ninguna circunstancia exterior se lo impide, un ser humano adulto: nunca será un pato, ni un perro, ni una ballena, ni una cucaracha, ni un árbol. Podrá ser mujer o varón, más lindo o más feo, más inteligente o más retrasado, más sano o más enfermo; pero no hay razones ni evidencia científica alguna que demuestre que ese ser distinto de la madre que se gesta en su útero sea otra cosa que un ser humano. Y no hay ser humano que no merezca, por su sola condición de ser humano, el respeto de sus derechos básicos. Y de estos derechos, resulta ovbio, la vida es el primero, por cuanto le permite el ejercicio de la libertad y de todos los demás. ¿Quién puede, en justicia, privar a un ser humano en cualquier estadio de su desarrollo, dentro o fuera del útero, del primero de sus derechos? Si hoy en día la condena a muerte para los más abyectos criminales está en retroceso en las sociedades consideradas "civilizadas", ¿cómo es que se encuentran siempre nuevas excusas para segar la vida humana inocente?
A estas objeciones al discurso abortista se le agrega la que resulta del progreso de la medicina neonatal, que hace que cada vez se salven chicos en meses más tempranos de gestación. ¿Qué es lo que hace que un bebe prematuro de cinco meses sea "persona" y un feto de cinco meses no lo sea? ¿Qué diferencia esencial existe entre uno y otro? ¡Tan peligroso es estar adentro del útero materno!
Los partidarios del aborto que perciben estas limitaciones argumentales apuntan entonces a la emoción del caso extremo: las pobres chicas violadas, las madres de familia numerosa que no pueden mantener a sus hijos, los embarazos adolescentes...
Resulta curioso que muchos de esos "argumentadores emocionales" se escandalicen cuando alguien muestra las horrendas imágenes de los abortos provocados y señalen a los defensores de la vida acusándolos de querer asustar con "golpes bajos" -dicho sea al pasar: también serían, con ese criterio, "golpes bajos" la difusión de imágenes de la Shoah, tan necesaria para evitar que en el mundo se repita la barbarie-. Pero, mientras la ilustración de lo que implica el aborto refuerza el argumento central en favor de la defensa de la vida humana, el recurso emocional abortista distrae la discusión con temas que pueden ser importantes en su individualidad, pero que, en perspectiva, son secundarios respecto del aborto.
En efecto, la violación se combate persiguiendo a los violadores, las familias numerosas necesitan asistencia para progresar, los embarazos adolescentes se previenen con educación en la responsabilidad y en el amor; y así, siguiendo. Pero condenar al exterminio a una vida humana por haber sido originada en una violación, o pretendiendo solucionar los problemas de las madres pobres o adolescentes, sólo agrega -y esto es experiencia común- un problema más a las madres abortantes, un trauma del que jamás se recuperan y del que nunca las previenen los promotores del aborto, que por lo general se muestran más preocupados por imponer esta "solución" que por solucionar verdaderamente el problema de nadie.
Por otro lado, extremando estos argumentos "humanitarios" de los abortistas se llegaría a algunas conclusiones curiosas -por usar un eufemismo-: por ejemplo, que la pobreza se solucionaría, desde su perspectiva, evitando que nazcan más pobres.
Sólo perdiendo de vista la cuestión central (si estamos o no abortando a un ser humano) puede perderse el tiempo discutiendo acerca de la relación entre pobreza y maternidad, o de la ahora llamada "violencia de género", o del problema del embarazo adolescente, y sobre sus causas, dimensiones, consecuencias y proyecciones varias. Y digo perder el tiempo porque resulta evidente, a poco que se reflexione, que ninguno de los problemas que pueda padecer una mujer en tales circunstancias equivale o es comparable a la aniquilación de una vida humana. Más aún: la experiencia indica que, por el contrario, es la vida humana naciente la que ayuda, junto con la contención apropiada, a cualquier mujer a superar semejantes traumas.
Sin embargo, la ofensiva abortista continúa. A pesar de contradecir la creciente evidencia científica. A pesar de no haber representado nunca una solución, en ninguno de los países que legalizaron el aborto, sino generando nuevos problemas. A pesar de repugnar el más elemental instinto natural. A pesar de contarse por miríadas los arrepentidos ex abortistas pasados al "bando" pro vida. A pesar de contradecir el más elemental sentido común.
Es especialmente contradictoria la pretensión supuestamente feminista de que la prohibición del aborto es una imposición machista. Aparte de que los abortados pueden ser tanto varones como mujeres, el aborto resulta, en realidad, una conquista más del machismo, que puede utilizar e instrumentalizar aún más a la mujer, ahora sin el riego de las consecuencias de dicho abuso (aniquilables mediante el aborto) y sin tener siquiera que soportar el trauma de tal aniquilación, que es y será siempre un problema de la mujer.
Pero la más trillada de las acusaciones abortistas hacia los pro vida es que se trata de una posición religiosa, que no puede ser impuesta a los demás. Es la más trillada y la más fácil: si se trata de una cuestión religiosa, ésta no puede ser impuesta en forma universal, y se terminó la discusión. Se autoeximen así los abortistas de tener que razonar en profundidad acerca de la justificación de su postura.
Es cierto que las religiones en general -especialmente los cristianos, con la Iglesia Católica al frente- defienden la vida humana naciente (sería preocupante que no lo hicieran). También es cierto que no todas lo hacen con la misma radicalidad que la Iglesia, y que ésta ha ido "depurando" los motivos de su condena con el correr de los siglos. Pero cuando alguien me dice que Santo Tomás de Aquino no condenaba el aborto, le recuerdo que él no supo de la existencia del ADN; argumentó racionalmente según el estado de la ciencia de su época. La Iglesia, a diferencia de los abortistas, ha ido recibiendo y aplicando el progreso de la investigación científica para dar a sus posiciones un fundamento cada vez más sólido desde el punto de vista puramente natural y universal; quien afirme lo contrario -lo desafío- no ha leído los documentos pontificios al respecto.
A la luz de lo que venimos diciendo, por el contrario, el oscurantismo está del lado de los abortistas, no de los pro vida. Son éstos, y no aquéllos quienes tienen argumentos más sólidos y racionales desde el punto de vista de la ciencia pura y dura. Es el abortismo el que, careciendo de racionalidad, recurre al dogma ideológico, a la consigna vacía ("aborto legal para no morir"), a la confrontación política y la imposición de mayorías circunstanciales que tapen, distraigan o minimicen la pobreza argumental de su posición.
Es cierto que la buena fe se presume y que la mala fe debe ser probada. Pero no deja de resultar sospechoso que, existiendo soluciones verdaderas -múltiples, menos traumáticas e incruentas- a los problemas que se publicitan como "solucionables" con el aborto, sus partidarios se empecinen en imponerlo a toda costa. Resulta llamativo que, en cuanto se argumenta racional y científicamente a favor de la vida humana naciente, se busque imponer un discurso ideológico. De varias fuentes distintas he podido saber que en un foro armado para imponer la agenda abortista, el llamado Encuentro Nacional de Mujeres, se recurre no sólo a la vociferación ideológica ("acá no queremos argumentos filosóficos ni científicos, queremos votar el aborto", sic), sino también a toda clase de abusos y violencias (hasta físicas) para evitar que las "infiltradas" pro vida (que cada vez son más) "arruinen" el discurso que se quiere imponer. Es sugestivo que se bata el parche en los medios con casos aberrantes de embarazos producto de violaciones y, en lugar de reclamar el castigo de los violadores, lo primero que se reclama es la eliminación del hijo.
La experiencia demuestra que hay quien está a favor del aborto por interés, hay quien lo está para acallar su propia conciencia, hay quien lo está por seguir la consigna ideológica que no acepta razones en contrario, hay quien lo está, también, por ignorancia. Pero siempre y en todos los casos, quien está a favor del aborto es porque no se ha puesto a pensar y a reflexionar lo suficiente en el tema.
A la vista de esto, ¿quién es el oscurantista? ¿quién es el que apela a la razón?
No sé si somos la única especie que aniquila a sus crías. Sí sé que somos, en cualquier caso, la especie que menos excusas tiene para hacerlo.
jueves, 12 de marzo de 2009
Esperando al líder
Los argentinos vivimos esperando que venga “el macho” que arregle todos los problemas que tenemos y nos saque, por fin, de la decadencia en que vivimos. Y, cuando digo “los argentinos”, me refiero a todos.
Hace muchos años, cuando iniciaba mi adolescencia (sería 1983), recuerdo haber escuchado al padre de un compañero mío del colegio, indignado por la realidad nacional del momento, afirmar con convicción: “¡Acá, lo que hace falta es un Pinochet!”. Afirmación que, en otras personas, he escuchado referida a cualquier autócrata que fuera de su admiración: César, Napoleón, Perón, Fidel Castro, De Gaulle, o quien se quiera (gracias a Dios, aún no escucho gente que espere a un Hitler o un Stalin).
Para el caso, la idea subyacente, más allá del personaje invocado, es siempre la misma: para sacar al país adelante hace falta un mesías que acabe con todo lo malo que odiamos e imponga todo lo bueno que esperamos. Las diferencias vendrán, en todo caso, a la hora de determinar qué es eso bueno, qué lo malo y quién el “mesías”.
En cambio, nadie parece esperar nada de las instituciones. Y eso que nuestra Constitución prevé un sistema presidencialista para el Gobierno Federal (donde el Presidente es una suerte de “rey en la república”) aún más marcado que el norteamericano, que fue su modelo. Pero nadie espera nada bueno del funcionamiento normal y habitual de las instituciones de la República. Un ministro actual defendía hace un par de años los superpoderes acordados por la ley de emergencia diciendo algo así como que no se puede gobernar si, para cada ley, hay que esperar a que el Congreso delibere y vote. Y si bien estas pretensiones de excepcionalidad, tan propias del autoritarismo, serían condenadas públicamente por cualquier político democrático (especialmente si es de la oposición), lo cierto es que, en el fondo y en los hechos, toda nuestra clase política y el ciudadano medio actúan como si tuvieran esa misma aspiración: gobernar o ser gobernados de acuerdo con el “dictat” de un líder, a quien se le debe lealtad y con quien no se disiente; por el contrario, el que disiente es “traidor” y como tal debe ser tratado.
El personalismo sería una consecuencia más de aquello que señalábamos en una nota anterior, cuando nos preguntábamos si no seríamos todos movimientistas y delegativos.
Los liberales suelen atribuir este personalismo atávico, cuándo no, a nuestra ascendencia institucional española. La verdad es que, viendo la historia reciente de España, algo de cierto parece haber. Pero las instituciones españolas de la época colonial, por ejemplo, no parecen abonar esa teoría: de los cabildos se puede decir que eran cerradamente aristocráticos, pero no personalistas.
Creo que el personalismo, en realidad, no es sino una manifestación de nuestra propia inmadurez cívica. Digamos la verdad: no nos gusta participar en política; no nos gusta perder el tiempo (eso pensamos) yendo a una asamblea, ya se trate de una reunión de consorcio, de una audiencia pública, o de un consejo vecinal; nos enferma tener que ir a votar y, cuando podemos, procuramos evitarlo. No somos del todo conscientes de nuestra responsabilidad: de que, si hay chicos que en la Argentina se mueren de hambre, es porque hay una clase gobernante inepta y corrupta, que es consecuencia, a su vez, de una clase política de iguales características, que maneja las cosas a espaldas de los ciudadanos porque éstos prefieren abstenerse de participar. Es más fácil quejarse en el café y esperar a que llegue, algún día, “el macho” que ponga orden.
Y esto no es patrimonio exclusivo de los peronistas, como podría algún lector pensar. Los radicales añoran a Yrigoyen, quien gobernaba el país y el partido de manera personalista. En el siglo pasado, los liberales no pocas veces recurrieron al personalismo para imponer sus políticas, tanto con gobiernos civiles como militares. Ni hablar de los socialismos de todo grado y especie, que reclaman democracia cuando están en la oposición y aplauden a los personalismos de su signo sin ningún pudor. El fenómeno actual de actuación política en torno a dirigentes políticos resulta, en la inmensa mayoría de los casos, una manifestación más del personalismo; al punto que las alianzas o coaliciones terminan siendo entre dirigentes y no entre partidos. Se habla de “espacios” políticos, pero ya casi no se encuentran principios, programas, plataformas; y cuando éstos existen, se sacrifican alegremente en el altar de las necesidades políticas del líder.
Todos alguna vez hemos, de un modo u otro, esperado al “mesías” que nos saque de la decadencia en que se hunde la Argentina.
Sin embargo, es hora de que nos demos cuenta de que ese “salvador”, ese líder, no llegará. No habrá Napoleón. Ni César. La decadencia no se revertirá si no cambia la clase política, y ésta no cambiará si no cambiamos nosotros. Y no cambiaremos si no tomamos conciencia de que serán nuestras actitudes, nuestras manos, las que saquen al país adelante.
Tenemos por delante una revolución para hacer: la revolución silenciosa de quien cumple la ley todas las horas de todos los días, sin buscar eximirse; la revolución pacífica de quien trabaja todas las horas de todos los días y procura dar el ejemplo; la revolución política de quien participa responsablemente en cada foro, en cada asamblea, en cada consejo, para decir lo que piensa y para controlar a quienes gobiernan, de quien se involucra, si tiene la capacidad, para servir, y no para servirse, desde la función pública; la revolución patriótica de quien posterga sus propias comodidades y ambiciones para poner su granito de arena, cada hora de cada día, para construir una Argentina mejor para nuestros hijos.
La Argentina no depende de que un día llegue “alguien”: la Argentina está en nuestras manos.
Hace muchos años, cuando iniciaba mi adolescencia (sería 1983), recuerdo haber escuchado al padre de un compañero mío del colegio, indignado por la realidad nacional del momento, afirmar con convicción: “¡Acá, lo que hace falta es un Pinochet!”. Afirmación que, en otras personas, he escuchado referida a cualquier autócrata que fuera de su admiración: César, Napoleón, Perón, Fidel Castro, De Gaulle, o quien se quiera (gracias a Dios, aún no escucho gente que espere a un Hitler o un Stalin).
Para el caso, la idea subyacente, más allá del personaje invocado, es siempre la misma: para sacar al país adelante hace falta un mesías que acabe con todo lo malo que odiamos e imponga todo lo bueno que esperamos. Las diferencias vendrán, en todo caso, a la hora de determinar qué es eso bueno, qué lo malo y quién el “mesías”.
En cambio, nadie parece esperar nada de las instituciones. Y eso que nuestra Constitución prevé un sistema presidencialista para el Gobierno Federal (donde el Presidente es una suerte de “rey en la república”) aún más marcado que el norteamericano, que fue su modelo. Pero nadie espera nada bueno del funcionamiento normal y habitual de las instituciones de la República. Un ministro actual defendía hace un par de años los superpoderes acordados por la ley de emergencia diciendo algo así como que no se puede gobernar si, para cada ley, hay que esperar a que el Congreso delibere y vote. Y si bien estas pretensiones de excepcionalidad, tan propias del autoritarismo, serían condenadas públicamente por cualquier político democrático (especialmente si es de la oposición), lo cierto es que, en el fondo y en los hechos, toda nuestra clase política y el ciudadano medio actúan como si tuvieran esa misma aspiración: gobernar o ser gobernados de acuerdo con el “dictat” de un líder, a quien se le debe lealtad y con quien no se disiente; por el contrario, el que disiente es “traidor” y como tal debe ser tratado.
El personalismo sería una consecuencia más de aquello que señalábamos en una nota anterior, cuando nos preguntábamos si no seríamos todos movimientistas y delegativos.
Los liberales suelen atribuir este personalismo atávico, cuándo no, a nuestra ascendencia institucional española. La verdad es que, viendo la historia reciente de España, algo de cierto parece haber. Pero las instituciones españolas de la época colonial, por ejemplo, no parecen abonar esa teoría: de los cabildos se puede decir que eran cerradamente aristocráticos, pero no personalistas.
Creo que el personalismo, en realidad, no es sino una manifestación de nuestra propia inmadurez cívica. Digamos la verdad: no nos gusta participar en política; no nos gusta perder el tiempo (eso pensamos) yendo a una asamblea, ya se trate de una reunión de consorcio, de una audiencia pública, o de un consejo vecinal; nos enferma tener que ir a votar y, cuando podemos, procuramos evitarlo. No somos del todo conscientes de nuestra responsabilidad: de que, si hay chicos que en la Argentina se mueren de hambre, es porque hay una clase gobernante inepta y corrupta, que es consecuencia, a su vez, de una clase política de iguales características, que maneja las cosas a espaldas de los ciudadanos porque éstos prefieren abstenerse de participar. Es más fácil quejarse en el café y esperar a que llegue, algún día, “el macho” que ponga orden.
Y esto no es patrimonio exclusivo de los peronistas, como podría algún lector pensar. Los radicales añoran a Yrigoyen, quien gobernaba el país y el partido de manera personalista. En el siglo pasado, los liberales no pocas veces recurrieron al personalismo para imponer sus políticas, tanto con gobiernos civiles como militares. Ni hablar de los socialismos de todo grado y especie, que reclaman democracia cuando están en la oposición y aplauden a los personalismos de su signo sin ningún pudor. El fenómeno actual de actuación política en torno a dirigentes políticos resulta, en la inmensa mayoría de los casos, una manifestación más del personalismo; al punto que las alianzas o coaliciones terminan siendo entre dirigentes y no entre partidos. Se habla de “espacios” políticos, pero ya casi no se encuentran principios, programas, plataformas; y cuando éstos existen, se sacrifican alegremente en el altar de las necesidades políticas del líder.
Todos alguna vez hemos, de un modo u otro, esperado al “mesías” que nos saque de la decadencia en que se hunde la Argentina.
Sin embargo, es hora de que nos demos cuenta de que ese “salvador”, ese líder, no llegará. No habrá Napoleón. Ni César. La decadencia no se revertirá si no cambia la clase política, y ésta no cambiará si no cambiamos nosotros. Y no cambiaremos si no tomamos conciencia de que serán nuestras actitudes, nuestras manos, las que saquen al país adelante.
Tenemos por delante una revolución para hacer: la revolución silenciosa de quien cumple la ley todas las horas de todos los días, sin buscar eximirse; la revolución pacífica de quien trabaja todas las horas de todos los días y procura dar el ejemplo; la revolución política de quien participa responsablemente en cada foro, en cada asamblea, en cada consejo, para decir lo que piensa y para controlar a quienes gobiernan, de quien se involucra, si tiene la capacidad, para servir, y no para servirse, desde la función pública; la revolución patriótica de quien posterga sus propias comodidades y ambiciones para poner su granito de arena, cada hora de cada día, para construir una Argentina mejor para nuestros hijos.
La Argentina no depende de que un día llegue “alguien”: la Argentina está en nuestras manos.
miércoles, 28 de enero de 2009
Somos hijos del rigor
Andar estos días por las calles de Buenos Aires resulta una experiencia interesante: hay más cascos en las cabezas de los motociclistas, es raro ver automóviles lanzados a gran velocidad en las avenidas y, si a uno se le ocurre respetar la velocidad máxima permitida en ellas (60 Km/h), no te tiran el auto encima para que los dejes pasar.
Evidentemente, la posibilidad de que nos quiten, a la larga, la licencia de conducir o, en lo inmediato, la moto, opera como un factor que puede modificar comportamientos "atávicos" en los argentinos en general y los porteños en particular. En una palabra: somos hijos del rigor.
No sé si este es un fenómeno porteño, o argentino, o universal. Lo cierto es que cuando la ley se aplica en serio y, con ella, las sanciones que conlleva, nos acordamos de que ella existe, de que nos alcanza y de que debemos respetarla.
Esperemos que nos dure el respeto por la ley (por lo menos, por la de tránsito, que es un buen comienzo), que no encontremos “la trampa” de la que habla el dicho, que no se afloje con los controles -y con las sanciones-, y que terminemos por entender que la ley no está hecha -no debería estarlo- para amargarnos la existencia sino para el bien de todos. Así pasaríamos, de temer a la ley, a respetar la ley, y a promover su respeto; que en eso consiste el patriotismo que la Argentina nos reclama a cada uno.
Evidentemente, la posibilidad de que nos quiten, a la larga, la licencia de conducir o, en lo inmediato, la moto, opera como un factor que puede modificar comportamientos "atávicos" en los argentinos en general y los porteños en particular. En una palabra: somos hijos del rigor.
No sé si este es un fenómeno porteño, o argentino, o universal. Lo cierto es que cuando la ley se aplica en serio y, con ella, las sanciones que conlleva, nos acordamos de que ella existe, de que nos alcanza y de que debemos respetarla.
Esperemos que nos dure el respeto por la ley (por lo menos, por la de tránsito, que es un buen comienzo), que no encontremos “la trampa” de la que habla el dicho, que no se afloje con los controles -y con las sanciones-, y que terminemos por entender que la ley no está hecha -no debería estarlo- para amargarnos la existencia sino para el bien de todos. Así pasaríamos, de temer a la ley, a respetar la ley, y a promover su respeto; que en eso consiste el patriotismo que la Argentina nos reclama a cada uno.
miércoles, 21 de enero de 2009
Del archivo: Otro país
Artículo del 21 de enero de 2009
Vi muy poco de la asunción del nuevo Presidente de los EE.UU., B. Obama, en la televisión.
Esto, por dos razones.
La segunda, porque tenía que trabajar a esa hora; mis vacaciones terminaron.
La primera, porque no lo voté. Y no sólo porque no soy ciudadano norteamericano y porque el país que me desvela es otro, sino porque tampoco lo hubiera votado de haber tenido la oportunidad. La posición de Obama y su partido respecto de temas tan sensibles como el aborto y las uniones homosexuales son diametralmente opuestas a las mías, y con eso yo no transo. Más allá de la expectativa que razonablemente despierta todo nuevo ciclo, especialmente después de la desastrosa Administración Bush Jr., y del beneficio de la duda, que a todos nos cabe, me permito no ser optimista respecto de los beneficios que pueda representar para la humanidad la presidencia de Obama. Y no: no soy “políticamente correcto”, ni me interesa subirme al tren de la “Obamanía”.
No obstante, creo que la asunción de Obama deja muchas lecciones que los argentinos debemos aprender.
Entre las más importantes, el ejemplo de madurez política. Si hay alguien en la tierra al que le cabían silbidos y tomatazos en la despedida, ese era G. W. Bush. Pero no solo no los hubo, sino que el nuevo Presidente le agradeció la cooperación prestada durante la transición. Más: no hubo un solo reproche a la administración saliente en el discurso de Obama, quien, además, despidió a Bush con una calidez que iba más allá de la pura amabilidad.
También, y es quizás el aspecto más destacable del discurso del nuevo Presidente, la apelación a las mejores virtudes norteamericanas (la libertad, el trabajo y el sacrificio como base del progreso de la nación) como las claves para superar la grave crisis que tienen por delante los EE. UU.; apelación que contrasta con la diatriba de los políticos criollos, especialmente los actuales gobernantes, tan afectos a la demagogia y la búsqueda de culpables -entre los ajenos, obviamente-, y tan poco proclives a buscar y proponer soluciones, sobre todo si éstas implican “sangre, sudor y lágrimas”.
Lecciones que da la nación -todavía- más potente de la tierra.
Vi muy poco de la asunción del nuevo Presidente de los EE.UU., B. Obama, en la televisión.
Esto, por dos razones.
La segunda, porque tenía que trabajar a esa hora; mis vacaciones terminaron.
La primera, porque no lo voté. Y no sólo porque no soy ciudadano norteamericano y porque el país que me desvela es otro, sino porque tampoco lo hubiera votado de haber tenido la oportunidad. La posición de Obama y su partido respecto de temas tan sensibles como el aborto y las uniones homosexuales son diametralmente opuestas a las mías, y con eso yo no transo. Más allá de la expectativa que razonablemente despierta todo nuevo ciclo, especialmente después de la desastrosa Administración Bush Jr., y del beneficio de la duda, que a todos nos cabe, me permito no ser optimista respecto de los beneficios que pueda representar para la humanidad la presidencia de Obama. Y no: no soy “políticamente correcto”, ni me interesa subirme al tren de la “Obamanía”.
No obstante, creo que la asunción de Obama deja muchas lecciones que los argentinos debemos aprender.
Entre las más importantes, el ejemplo de madurez política. Si hay alguien en la tierra al que le cabían silbidos y tomatazos en la despedida, ese era G. W. Bush. Pero no solo no los hubo, sino que el nuevo Presidente le agradeció la cooperación prestada durante la transición. Más: no hubo un solo reproche a la administración saliente en el discurso de Obama, quien, además, despidió a Bush con una calidez que iba más allá de la pura amabilidad.
También, y es quizás el aspecto más destacable del discurso del nuevo Presidente, la apelación a las mejores virtudes norteamericanas (la libertad, el trabajo y el sacrificio como base del progreso de la nación) como las claves para superar la grave crisis que tienen por delante los EE. UU.; apelación que contrasta con la diatriba de los políticos criollos, especialmente los actuales gobernantes, tan afectos a la demagogia y la búsqueda de culpables -entre los ajenos, obviamente-, y tan poco proclives a buscar y proponer soluciones, sobre todo si éstas implican “sangre, sudor y lágrimas”.
Lecciones que da la nación -todavía- más potente de la tierra.
viernes, 19 de diciembre de 2008
Del archivo: ¿Somos todos “movimientistas y delegativos”?
Artículo del 19 de diciembre de 2008
La semana pasada leí un interesante reportaje en La Nación a Guillermo O'Donnell.
Las opiniones del reporteado pueden compartirse o no, pero lo que me resultó interesante son un par de párrafos, referidos a qué es lo que ha fallado en la democracia argentina de los últimos 25 años, que transcribo:
“La base de todo esto está en una fuerte tradición argentina movimientista y delegativa. No sólo el peronismo; en su tradición histórica, también el radicalismo. Esta concepción movimientista totalizante lleva a patrones de democracia delegativa, democrática porque las autoridades resultan de elecciones razonablemente limpias. Pero la idea es que una vez elegido, el presidente o la presidenta sienten el derecho, si no también la obligación, de gobernar según les parece mejor, sin restricciones institucionales, que serían simplemente molestias impuestas por el régimen democrático a las que hay que tratar de eludir, cooptar, anular, hacerlas lo más inefectivas posible, para que el Ejecutivo elegido decida frente a sí lo que mejor le parece para el país, bien o mal, en mala o buena fe. Esa forma de concebir el poder es intrínsecamente antiinstitucionalista... está esa idea de que «yo gané, entonces tengo derecho a dirigir el país de acuerdo con lo que a mí me parece, y vos que perdiste lo único que podés hacer es esperar hasta las próximas elecciones a ver si ganás, y tal vez tengas derecho de hacer las cosas inconsultas que yo hago hoy». El enorme desafío de la política argentina es superar esta visión.”
Lamentablemente, el sayo nos cabe a todos. Quien lea los diarios se entera de cómo este mismo talante “movimientista y delegativo”, bien que con sus matices, se reproduce en los partidos no peronistas. Lo que resulta más chocante cuando se trata de partidos o dirigentes que expresamente dicen abominar de tales prácticas.
En efecto, nos cuesta mucho admitir la sujeción a las normas cuando éstas no son de nuestro gusto y conveniencia. Tendemos a buscar siempre “la vuelta” para poder pasar por alto la regla que, consideramos, restrinje nuestra siempre “necesaria” capacidad de maniobra. Es lo mismo que cuando nos justificamos (a veces, en voz alta) por pasar el semáforo en rojo o no respetar la velocidad máxima: ¡estamos apurados!; como si el que puso el semáforo o estableció la velocidad máxima solamente los hubiera pensado para conductores sin apuro.
También nos cuesta admitir las opiniones contrarias, el diálogo político, la misma democracia, tanto en la relación entre partidos políticos como dentro de ellos mismos. Prueba de ello es esa especie de “síndrome de la fractura infinita” que afecta a todos los movimientos políticos y que resulta especialmente notable entre quienes actualmente militamos en la oposición: no sabemos ganar y no nos bancamos perder; el que gana busca neutralizar al que pierde, y éste prefiere irse, no tanto por no ser escuchado, cuanto por no haber sido él quien neutralizara a su oponente. Pero también es prueba de ello la inveterada tendencia al “dedazo” para la elección de candidatos y al manejo de las decisiones por parte de la “mesa chica”, sin intervención de los afiliados, a quienes sólo se acude o invoca para refrendar la propia posición (nunca para discutirla, oír iniciativas, pedir opinión o consejo). Como no aceptamos que la ley ni el disenso nos pongan límites, procuramos —consciente o inconscientemente— acotar el ámbito de la discusión lo más posible, dentro de márgenes que nos resulten fácilmente manejables.
Creo que todos deberíamos echar una mirada a nuestra propia conducta, también los que nos llenamos la boca hablando de la democracia, la libertad, la república y las instituciones, para ver cuánto tenemos de “movimientistas y delegativos”. No vaya a ser que la democracia la entendamos en términos de rebaño, que sólo nos importe nuestra libertad para aplastar al otro, que la república sólo sea un botín, y las instituciones sólo una invocación hueca, como lo es en boca de aquellos que creen que la realidad es un “relato que se construye”.
La semana pasada leí un interesante reportaje en La Nación a Guillermo O'Donnell.
Las opiniones del reporteado pueden compartirse o no, pero lo que me resultó interesante son un par de párrafos, referidos a qué es lo que ha fallado en la democracia argentina de los últimos 25 años, que transcribo:
“La base de todo esto está en una fuerte tradición argentina movimientista y delegativa. No sólo el peronismo; en su tradición histórica, también el radicalismo. Esta concepción movimientista totalizante lleva a patrones de democracia delegativa, democrática porque las autoridades resultan de elecciones razonablemente limpias. Pero la idea es que una vez elegido, el presidente o la presidenta sienten el derecho, si no también la obligación, de gobernar según les parece mejor, sin restricciones institucionales, que serían simplemente molestias impuestas por el régimen democrático a las que hay que tratar de eludir, cooptar, anular, hacerlas lo más inefectivas posible, para que el Ejecutivo elegido decida frente a sí lo que mejor le parece para el país, bien o mal, en mala o buena fe. Esa forma de concebir el poder es intrínsecamente antiinstitucionalista... está esa idea de que «yo gané, entonces tengo derecho a dirigir el país de acuerdo con lo que a mí me parece, y vos que perdiste lo único que podés hacer es esperar hasta las próximas elecciones a ver si ganás, y tal vez tengas derecho de hacer las cosas inconsultas que yo hago hoy». El enorme desafío de la política argentina es superar esta visión.”
Lamentablemente, el sayo nos cabe a todos. Quien lea los diarios se entera de cómo este mismo talante “movimientista y delegativo”, bien que con sus matices, se reproduce en los partidos no peronistas. Lo que resulta más chocante cuando se trata de partidos o dirigentes que expresamente dicen abominar de tales prácticas.
En efecto, nos cuesta mucho admitir la sujeción a las normas cuando éstas no son de nuestro gusto y conveniencia. Tendemos a buscar siempre “la vuelta” para poder pasar por alto la regla que, consideramos, restrinje nuestra siempre “necesaria” capacidad de maniobra. Es lo mismo que cuando nos justificamos (a veces, en voz alta) por pasar el semáforo en rojo o no respetar la velocidad máxima: ¡estamos apurados!; como si el que puso el semáforo o estableció la velocidad máxima solamente los hubiera pensado para conductores sin apuro.
También nos cuesta admitir las opiniones contrarias, el diálogo político, la misma democracia, tanto en la relación entre partidos políticos como dentro de ellos mismos. Prueba de ello es esa especie de “síndrome de la fractura infinita” que afecta a todos los movimientos políticos y que resulta especialmente notable entre quienes actualmente militamos en la oposición: no sabemos ganar y no nos bancamos perder; el que gana busca neutralizar al que pierde, y éste prefiere irse, no tanto por no ser escuchado, cuanto por no haber sido él quien neutralizara a su oponente. Pero también es prueba de ello la inveterada tendencia al “dedazo” para la elección de candidatos y al manejo de las decisiones por parte de la “mesa chica”, sin intervención de los afiliados, a quienes sólo se acude o invoca para refrendar la propia posición (nunca para discutirla, oír iniciativas, pedir opinión o consejo). Como no aceptamos que la ley ni el disenso nos pongan límites, procuramos —consciente o inconscientemente— acotar el ámbito de la discusión lo más posible, dentro de márgenes que nos resulten fácilmente manejables.
Creo que todos deberíamos echar una mirada a nuestra propia conducta, también los que nos llenamos la boca hablando de la democracia, la libertad, la república y las instituciones, para ver cuánto tenemos de “movimientistas y delegativos”. No vaya a ser que la democracia la entendamos en términos de rebaño, que sólo nos importe nuestra libertad para aplastar al otro, que la república sólo sea un botín, y las instituciones sólo una invocación hueca, como lo es en boca de aquellos que creen que la realidad es un “relato que se construye”.
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