Como le decía a un primo mío: yo no me "caso" con los candidatos, aunque sean los del partido en el que milito. Y es que la experiencia indica que en el único en quien podemos poner nuestra esperanza es Dios. El aval para los hombres -que eso son los candidatos- siempre debe ser condicional; entre otras cosas, porque así lo exige la república, una forma de Estado en la que las instituciones, supuestamente y en principio, están para suplir los defectos y limitar los excesos de quienes ejercen el poder.
Digo esto porque no va a faltar quien me acuse de estar haciendo propaganda. No es mi intención. Sí, en cambio, lo es llamar la atención sobre qué es lo que se está jugando en la Argentina este año de elecciones.
Porque son muchos los políticos que se preocupan más por la foto, por no salir "pegados" a este o a aquel, por el principismo y las utopías, o por cultivar la quinta personal, que por el país, el mal que lo aqueja y las soluciones a mano para sacarlo adelante. Algunos de estos políticos esconden con su miopía un secreto vergonzante: si el gobierno del Frente para la Victoria robara menos, quizás ellos estarían encantados acompañándolo; porque, en el fondo, comparten la visión entre "progre" y stalinista que el gobierno tiene acerca de la economía, la sociedad, las relaciones exteriores, los medios, las corporaciones, la seguridad, y una larga lista de etcéteras.
Pero el problema de la Argentina es más grave que el de un gobierno que ha hecho del latrocinio una forma de ejercer el poder. Se trata de un problema más general, que tiene que ver con una forma de "moldear" la sociedad para que sea dependiente del Estado mediante el clientelismo y el prebendarismo; que tiene que ver con el desprecio de las instituciones como sistema y forma de hacer política, que propaga y exacerba la anomia de los argentinos; que tiene que ver con una prepotencia enseñada desde el poder, que convence al ciudadano de a pie de que el uso de la fuerza es una herramienta válida -cuando no la única efectiva- de hacer valer la propia voluntad, y de que ésta se encuentra por encima del derecho; que tiene que ver, en definitiva, con la degradación intelectual de las próximas generaciones -destruyendo la educación pública, la noción de responsabilidad ciudadana y la cultura del trabajo-, para que los argentinos del futuro próximo no sean más exigentes que un rebaño dispuesto a ir detrás del líder que les ofrezca la satisfacción de sus apetencias más básicas, juguete de los tiranos, ganado para ser arreado a donde aquéllos dispongan.
La señal que deberían dar los políticos de la oposición es que entienden que este último es el problema, que lo que está en juego es la república y no el acceso al poder de un gobierno más o menos corrupto. Una sociedad que no dependa del Estado está en mejores condiciones de castigar a sus gobernantes con el voto cuando éstos incumplen con el mandato popular. Un país donde las instituciones funcionan tiene herramientas eficaces para combatir a la corrupción que pueda surgir entre quienes detentan el poder. Un ciudadano respetuoso del prójimo está más capacitado para construir que para destruir. Un pueblo educado y laborioso premia el esfuerzo, la virtud y el mérito; y condena la chantada, el vicio y el oportunismo.
Claro que, para dar esa señal, hará falta una gran dosis de pragmatismo, que lleve a poner por delante de las diferencias de estilo o de los cuestionamientos puntuales la visión estratégica del cambio que el país requiere, y difiera las discusiones que aquéllos conllevan para cuando se haya asegurado el reencarrilamiento de la república.
Parece mentira que una sociedad que reclamaba que la oposición hiciera frente al kirchnerismo en forma unida y consensuada se escandalice ahora de los acuerdos electorales que se anudan para lograr, justamente, esa unidad y consenso. Resultaría, entonces que la tan predicada unidad no es entendida sino como rendición de los demás al propio liderazgo, a la propia posición, sin concesión alguna; como si dijéramos: "seremos plurales y consensuaremos sólo con aquellos que piensen como nosotros y estén dispuestos a seguirnos".
Debemos ser pragmáticos, sin llegar a ser cínicos; sin desconocer que las diferencias existen; sin negar la realidad de plano y por conveniencia. Pero sí teniendo claras las prioridades: por delante de las ideologías está la Argentina, por arriba de las pretensiones personales están los chicos que se mueren de hambre, los pobres manipulados por el narco, los argentinos que necesitan de un trabajo digno para realizarse como seres humanos, el país que de oportunidades a las generaciones por venir.
Alguien se quejaba: "renuncian a los principios por los votos". En realidad, en la democracia son los votos los que permiten imponer los principios. Si no lo entendemos así, tenemos que dedicarnos, no a la política, sino a la charla de café.
¿Por qué 40 minutos?
Porque, si tuviera más tiempo, escribiría más largo.
miércoles, 29 de abril de 2015
viernes, 24 de abril de 2015
Genocidios
Hoy, 24 de abril, se rememora uno de los episodios más lúgubres del siglo XX: el genocidio de más de un millón de armenios perpetrado por el entonces Imperio Otomano, del cual se cumple este año el centenario de su iniciación.Quizás, después del de los judíos a manos del nazismo, es el genocidio más estudiado de los muchos cometidos en la pasada centuria.
Los armenios que fueron masacrados en aquel entonces, lo fueron por su religión. En efecto, tanto cristianos como judíos eran ciudadanos de segunda en el Imperio Otomano justamente por no pertenecer a la religión oficial: la musulmana. Los armenios deportados, vejados, asesinados o abandonados a la muerte, lo fueron por su condición de cristianos. Por eso la Iglesia Apostólica Armenia los ha canonizado.
Las vueltas de la historia: cien años después contemplamos por YouTube la abierta aniquilación de miles de cristianos (católicos, ortodoxos, protestantes) en Medio Oriente y África a manos de distintas organizaciones de la jihad islámica. Persecución que se suma a la que ya venían padeciendo en los países comunistas, la India y otros países de extremo oriente, de diversas formas que van desde la sutil segregación, pasando por la persecución legal, hasta el más bárbaro de los salvajismos.
Alguien se tomará el trabajo de contar cuántas son las víctimas que llevan acumuladas estas persecuciones. Estoy seguro de que serán más que las doce personas muertas en Charlie Hebdo a principios de año.
Lo que resulta curioso es que, mientras esta última masacre mereció, con razón, un repudio internacional unánime y la movilización civil de millones de personas en Francia, las matanzas de cristianos (también de yazidíes y otras minorías religiosas) no encuentran la misma reacción por parte de las principales potencias mundiales. Algunas, supongo, porque carecen de autoridad moral para señalar genocidios ajenos. Pero las otras, supuestamente preocupadas por la libertad, la democracia y los derechos humanos, reaccionan de manera tibia, a través de la condena formal, cuando no guardan un inexplicable silencio.
Quisiera creer que no es porque piensen que las víctimas de esos crímenes "algo habrán hecho", o que esos muertos "bien muertos están".
miércoles, 22 de abril de 2015
Por qué no soy de izquierda
Ya escribí una vez acerca del mito "progresista". Hoy quiero centrarme en otro aspecto del mismo tema: por qué no soy de izquierda (ni lo quiero ser).
En primer lugar, porque ser de izquierda es ser marxista. Sí: los socialdemócratas europeos también son marxistas, aunque light. Quizás más eficientes que los "progres" locales desde el punto de vista económico, pero marxistas filosóficos en el fondo. Si no materialistas, por lo menos inmanentistas; si no ateos militantes, por lo menos agnósticos prácticos; si no colectivistas, por lo menos amigos de repartir la riqueza ajena. En cualquier caso, deterministas convencidos de que la historia se mueve a partir del principio de la lucha de clases, y de que así debe ser "relatada"; de que hay buenos (la izquierda, los trabajadores, los pobres, las minorías) y malos (la derecha, los capitalistas, los ricos, la burguesía); de que la religión es el opio de los pueblos y que, en el mejor de los casos, debería volver a practicarse de la puerta de la catacumba para adentro; de que el hombre no es más que una pieza en la gran maquinaria de la economía y no tiene dignidad si no es en función de alcanzar la sociedad sin clases.
Una concepción del mundo y de la historia que se da de patadas con una realidad que Marx no previó: el crecimiento espontáneo de la clase media en economías más libres y tecnificadas. Ahí empiezan los problemas para la izquierda: cuando los trabajadores invierten lo que ganan y se convierten en capitalistas; cuando los pobres aprovechan las oportunidades de la economía abierta y se enriquecen; cuando las minorías adoptan todas las ventajas de la sociedad burguesa que dicen combatir. Cabe preguntarse, por ejemplo, cuánto más soportará su contradicción el régimen marxista chino en el poder, a medida que su inmensa población se aproveche de la apertura de su economía, se incorpore a la clase media, deje de conformarse con subsistir y empiece a reclamar (ya empezó, pero los tanques de Tiananmen la disuadieron, por ahora) más libertades y derechos.
En segundo lugar, porque, al ser marxista, la izquierda pretende tener el monopolio de la justicia social y los derechos humanos. Claro que no entendidos como lo hizo la Revolución Francesa (burguesa) sino como los entiende el marxismo: parte de un discurso o relato funcional a la lucha de clases. La derecha, en este esquema que no quiere admitir prueba en contrario, es elitista y preservadora de los privilegios, violadora serial de los derechos humanos.
Pero este monopolio cruje cuando las recetas económicas marxistas (estatistas, cerradas y pretendidamente nacionalistas) mantienen a inmensas multitudes en la pobreza, y cuando gobiernos que se dicen izquierdistas son conducidos por una "nomenklatura" que goza de los privilegios de la "revolución", mientras mantiene silenciados con el garrote a los "contrarrevolucionarios" que los contradigan. Allí se ve que la justicia social y los derechos humanos son para los revolucionarios; para el enemigo, ni justicia.
En tercer lugar, porque esas pretensiones de la izquierda la llevan a buscar, no sólo el poder político, sino también el poder ideológico. Los izquierdistas parecen no conformarse con imponer sus recetas, también quieren que todos adhieran. Así, la revolución marxista no solo debe controlar los medios de producción; también los medios de comunicación, la cultura y la educación.
De nuevo, este tipo de pretensiones hegemónicas, de gobernar las acciones y los pensamientos ajenos, desembocan necesariamente en la persecución de todo aquel que quiera pensar distinto; y llevan siempre al hartazgo, incluso, de los propios izquierdistas, cuando caen en la cuenta de que no pueden pensar diferente de quien detenta el poder, de que la alternativa a la cárcel (o la muerte) es el exilio.
Por último y en consecuencia de todo lo anterior, porque la izquierda no puede mantenerse en el poder sin el totalitarismo. Sin el totalitarismo de Estado (como en los países donde "triunfó la revolución") o, por lo menos, sin actitudes totalitarias traducidas en leyes concretas que apuntan a imponer paradigmas a palos: todo se justifica por la revolución. Y los izquierdistas no se hacen cargo jamás de las consecuencias negativas de sus propias políticas: todo lo que sale mal es por culpa de la contrarrevolución. Marxismo es igual a totalitarismo, necesariamente; tan contrario a la naturaleza humana es, que no hay otra forma de imponerlo a la sociedad si no es por la fuerza. La historia es elocuente: los países en donde la revolución marxista triunfa terminan convirtiéndose en regímenes de partido único; la Cortina de Hierro existió hasta que los pueblos se sublevaron contra la opresión de gobiernos marxistas; gobiernos como el cubano o el venezolano no se sostienen sin una férrea persecución de todo opositor; en China, el Estado llega a decidir cuántos hijos puede tener una persona.
Me dirán que en los países con sistemas políticos más liberales (que tampoco están exentos de esas actitudes totalitarias, lamentablemente) también se verifican, más o menos solapadas, persecuciones, injusticias y atrocidades mil. Pero en esos países, por lo menos, aún se puede levantar la voz para denunciar esos abusos, y aún se puede recurrir a las instituciones políticas para limitar los abusos del poder. Allí donde la "revolución" izquierdista triunfó, las disidencias se acallaron, la ley sólo sirve al poder y nada más se escucha sino la voz oficial... denunciando las conspiraciones de "la derecha".
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