En primer lugar, porque ser de izquierda es ser marxista. Sí: los socialdemócratas europeos también son marxistas, aunque light. Quizás más eficientes que los "progres" locales desde el punto de vista económico, pero marxistas filosóficos en el fondo. Si no materialistas, por lo menos inmanentistas; si no ateos militantes, por lo menos agnósticos prácticos; si no colectivistas, por lo menos amigos de repartir la riqueza ajena. En cualquier caso, deterministas convencidos de que la historia se mueve a partir del principio de la lucha de clases, y de que así debe ser "relatada"; de que hay buenos (la izquierda, los trabajadores, los pobres, las minorías) y malos (la derecha, los capitalistas, los ricos, la burguesía); de que la religión es el opio de los pueblos y que, en el mejor de los casos, debería volver a practicarse de la puerta de la catacumba para adentro; de que el hombre no es más que una pieza en la gran maquinaria de la economía y no tiene dignidad si no es en función de alcanzar la sociedad sin clases.
Una concepción del mundo y de la historia que se da de patadas con una realidad que Marx no previó: el crecimiento espontáneo de la clase media en economías más libres y tecnificadas. Ahí empiezan los problemas para la izquierda: cuando los trabajadores invierten lo que ganan y se convierten en capitalistas; cuando los pobres aprovechan las oportunidades de la economía abierta y se enriquecen; cuando las minorías adoptan todas las ventajas de la sociedad burguesa que dicen combatir. Cabe preguntarse, por ejemplo, cuánto más soportará su contradicción el régimen marxista chino en el poder, a medida que su inmensa población se aproveche de la apertura de su economía, se incorpore a la clase media, deje de conformarse con subsistir y empiece a reclamar (ya empezó, pero los tanques de Tiananmen la disuadieron, por ahora) más libertades y derechos.
En segundo lugar, porque, al ser marxista, la izquierda pretende tener el monopolio de la justicia social y los derechos humanos. Claro que no entendidos como lo hizo la Revolución Francesa (burguesa) sino como los entiende el marxismo: parte de un discurso o relato funcional a la lucha de clases. La derecha, en este esquema que no quiere admitir prueba en contrario, es elitista y preservadora de los privilegios, violadora serial de los derechos humanos.
Pero este monopolio cruje cuando las recetas económicas marxistas (estatistas, cerradas y pretendidamente nacionalistas) mantienen a inmensas multitudes en la pobreza, y cuando gobiernos que se dicen izquierdistas son conducidos por una "nomenklatura" que goza de los privilegios de la "revolución", mientras mantiene silenciados con el garrote a los "contrarrevolucionarios" que los contradigan. Allí se ve que la justicia social y los derechos humanos son para los revolucionarios; para el enemigo, ni justicia.
En tercer lugar, porque esas pretensiones de la izquierda la llevan a buscar, no sólo el poder político, sino también el poder ideológico. Los izquierdistas parecen no conformarse con imponer sus recetas, también quieren que todos adhieran. Así, la revolución marxista no solo debe controlar los medios de producción; también los medios de comunicación, la cultura y la educación.
De nuevo, este tipo de pretensiones hegemónicas, de gobernar las acciones y los pensamientos ajenos, desembocan necesariamente en la persecución de todo aquel que quiera pensar distinto; y llevan siempre al hartazgo, incluso, de los propios izquierdistas, cuando caen en la cuenta de que no pueden pensar diferente de quien detenta el poder, de que la alternativa a la cárcel (o la muerte) es el exilio.
Por último y en consecuencia de todo lo anterior, porque la izquierda no puede mantenerse en el poder sin el totalitarismo. Sin el totalitarismo de Estado (como en los países donde "triunfó la revolución") o, por lo menos, sin actitudes totalitarias traducidas en leyes concretas que apuntan a imponer paradigmas a palos: todo se justifica por la revolución. Y los izquierdistas no se hacen cargo jamás de las consecuencias negativas de sus propias políticas: todo lo que sale mal es por culpa de la contrarrevolución. Marxismo es igual a totalitarismo, necesariamente; tan contrario a la naturaleza humana es, que no hay otra forma de imponerlo a la sociedad si no es por la fuerza. La historia es elocuente: los países en donde la revolución marxista triunfa terminan convirtiéndose en regímenes de partido único; la Cortina de Hierro existió hasta que los pueblos se sublevaron contra la opresión de gobiernos marxistas; gobiernos como el cubano o el venezolano no se sostienen sin una férrea persecución de todo opositor; en China, el Estado llega a decidir cuántos hijos puede tener una persona.
Me dirán que en los países con sistemas políticos más liberales (que tampoco están exentos de esas actitudes totalitarias, lamentablemente) también se verifican, más o menos solapadas, persecuciones, injusticias y atrocidades mil. Pero en esos países, por lo menos, aún se puede levantar la voz para denunciar esos abusos, y aún se puede recurrir a las instituciones políticas para limitar los abusos del poder. Allí donde la "revolución" izquierdista triunfó, las disidencias se acallaron, la ley sólo sirve al poder y nada más se escucha sino la voz oficial... denunciando las conspiraciones de "la derecha".

No hay comentarios:
Publicar un comentario