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miércoles, 29 de abril de 2015

Lo que está en juego

Como le decía a un primo mío: yo no me "caso" con los candidatos, aunque sean los del partido en el que milito. Y es que la experiencia indica que en el único en quien podemos poner nuestra esperanza es Dios. El aval para los hombres -que eso son los candidatos- siempre debe ser condicional; entre otras cosas, porque así lo exige la república, una forma de Estado en la que las instituciones, supuestamente y en principio, están para suplir los defectos y limitar los excesos de quienes ejercen el poder.
Digo esto porque no va a faltar quien me acuse de estar haciendo propaganda. No es mi intención. Sí, en cambio, lo es llamar la atención sobre qué es lo que se está jugando en la Argentina este año de elecciones.

Porque son muchos los políticos que se preocupan más por la foto, por no salir "pegados" a este o a aquel, por el principismo y las utopías, o por cultivar la quinta personal, que por el país, el mal que lo aqueja y las soluciones a mano para sacarlo adelante. Algunos de estos políticos esconden con su miopía un secreto vergonzante: si el gobierno del Frente para la Victoria robara menos, quizás ellos estarían encantados acompañándolo; porque, en el fondo, comparten la visión entre "progre" y stalinista que el gobierno tiene acerca de la economía, la sociedad, las relaciones exteriores, los medios, las corporaciones, la seguridad, y una larga lista de etcéteras.

Pero el problema de la Argentina es más grave que el de un gobierno que ha hecho del latrocinio una forma de ejercer el poder. Se trata de un problema más general, que tiene que ver con una forma de "moldear" la sociedad para que sea dependiente del Estado mediante el clientelismo y el prebendarismo; que tiene que ver con el desprecio de las instituciones como sistema y forma de hacer política, que propaga y exacerba la anomia de los argentinos; que tiene que ver con una prepotencia enseñada desde el poder, que convence al ciudadano de a pie de que el uso de la fuerza es una herramienta válida -cuando no la única efectiva- de hacer valer la propia voluntad, y de que ésta se encuentra por encima del derecho; que tiene que ver, en definitiva, con la degradación intelectual de las próximas generaciones -destruyendo la educación pública, la noción de responsabilidad ciudadana y la cultura del trabajo-, para que los argentinos del futuro próximo no sean más exigentes que un rebaño dispuesto a ir detrás del líder que les ofrezca la satisfacción de sus apetencias más básicas, juguete de los tiranos, ganado para ser arreado a donde aquéllos dispongan.

La señal que deberían dar los políticos de la oposición es que entienden que este último es el problema, que lo que está en juego es la república y no el acceso al poder de un gobierno más o menos corrupto. Una sociedad que no dependa del Estado está en mejores condiciones de castigar a sus gobernantes con el voto cuando éstos incumplen con el mandato popular. Un país donde las instituciones funcionan tiene herramientas eficaces para combatir a la corrupción que pueda surgir entre quienes detentan el poder. Un ciudadano respetuoso del prójimo está más capacitado para construir que para destruir. Un pueblo educado y laborioso premia el esfuerzo, la virtud y el mérito; y condena la chantada, el vicio y el oportunismo.

Claro que, para dar esa señal, hará falta una gran dosis de pragmatismo, que lleve a poner por delante de las diferencias de estilo o de los cuestionamientos puntuales la visión estratégica del cambio que el país requiere, y difiera las discusiones que aquéllos conllevan para cuando se haya asegurado el reencarrilamiento de la república.
Parece mentira que una sociedad que reclamaba que la oposición hiciera frente al kirchnerismo en forma unida y consensuada se escandalice ahora de los acuerdos electorales que se anudan para lograr, justamente, esa unidad y consenso. Resultaría, entonces que la tan predicada unidad no es entendida sino como rendición de los demás al propio liderazgo, a la propia posición, sin concesión alguna; como si dijéramos: "seremos plurales y consensuaremos sólo con aquellos que piensen como nosotros y estén dispuestos a seguirnos".
Debemos ser pragmáticos, sin llegar a ser cínicos; sin desconocer que las diferencias existen; sin negar la realidad de plano y por conveniencia. Pero sí teniendo claras las prioridades: por delante de las ideologías está la Argentina, por arriba de las pretensiones personales están los chicos que se mueren de hambre, los pobres manipulados por el narco, los argentinos que necesitan de un trabajo digno para realizarse como seres humanos, el país que de oportunidades a las generaciones por venir.

Alguien se quejaba: "renuncian a los principios por los votos". En realidad, en la democracia son los votos los que permiten imponer los principios. Si no lo entendemos así, tenemos que dedicarnos, no a la política, sino a la charla de café.

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