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martes, 22 de noviembre de 2016

El cáncer del resentimiento

Algo que la Argentina se debe a sí misma como sociedad es la extirpación del cáncer del resentimiento.
No es que sea patrimonio exclusivo de los argentinos, ni mucho menos. Tampoco es un fenómeno nuevo. Pero hay algunos síntomas de que ha proliferado en los últimos años, hasta convertirse en un obstáculo serio para nuestro progreso como país.

Ya cansa ver a gente grande acusando a otros o sospechando de ellos por el solo hecho de tener más que ellos, ver a chicos en la escuela despreciar y perseguir a otros compañeros nada más que por considerarlos mejores alumnos, ver a las nenas haciéndole el vacío o incluso atacando a "la linda" del barrio, ver a dirigentes políticos o sociales fomentando el odio hacia quienes señalan como culpables de todos los males sin dar siquiera derecho a réplica. El que tiene es ladrón; el que sabe es soberbio; el que trabaja bien es trepador; el que progresa es un explotador; el que destaca es el enemigo... No se trata de hechos comprobados, sino de encasillamientos prejuiciosos: el encasillado es quien tiene que probar su inocencia, y no al revés.

¿Será que somos cada vez más mediocres? El mediocre recela del que, por sus virtudes personales, deja en evidencia su falta de voluntad de superación. Así, tiende a culparlo de sus males y a odiarlo por ello.
¿Será que la izquierda impone sus paradigmas? Las ideologías de izquierda han hecho del resentimiento un arma elemental de la praxis política. Basta leer a cualquiera de sus teóricos para entender el papel que el odio de clase, propagado convenientemente, hace fácil el triunfo de lugares comunes que se arraigan, casi sin darnos cuenta, en nuestros prejuicios.
¿Será que los políticos nos lo han inculcado? Nada mejor para tapar los propios errores que el encontrar "culpables" afuera. Las clases políticas argentinas (especialmente quienes gobernaron en los últimos 12 años) son especialistas en culpar a los Estados Unidos, al FMI, a la derecha, a los militares, a los empresarios, a la burocracia sindical, a Brasil, a las corporaciones, a los cipayos, a los buitres, a los ingleses, a Menem, a Grondona... y la lista sigue. No es que no haya culpas en los demás, pero la persistencia de nuestros problemas debieran hacernos reflexionar acerca de cuál es nuestra responsabilidad en ellos. Sin embargo, siempre es más fácil culpar al "otro", como bien recordaba Tato Bores. Y no ya culparlo, sino despreciarlo, odiarlo y perseguirlo.

Como sea, el resentimiento es una droga que adormece nuestro sentido de responsabilidad, personal y colectivo. Pero, peor aún, es un cáncer que corroe el tejido social, obstaculiza cualquier esfuerzo en favor del bien común y, finalmente, nos debilita como país. Porque una sociedad en la que sus integrantes se resienten unos con otros simplemente se vuelve vulnerable a que, como decía el Martín Fierro, la devoren los de afuera.
Es responsabilidad de los gobiernos no fomentar el resentimiento; más aún: buscar y poner los medios para cicatrizar las heridas de nuestra sociedad. Pero también es responsabilidad de cada uno de nosotros, ciudadanos, el extirpar este cáncer, a través de un cambio de actitudes personal.

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