¿Por qué 40 minutos?

Porque, si tuviera más tiempo, escribiría más largo.

viernes, 23 de marzo de 2018

Jugar con fuego

Fulano: - Hay un debate pendiente sobre la superioridad de la raza aria.
Mengano: - ¡Mirá que hay que ser ignorante para proponer semejante brutalidad!
Fulano: - ¿Ves que sos un cerrado?
Mengano: - ¿Por qué?
Fulano: - Porque no querés abrir el debate.

Hay debates que es irracional abrir, porque su sola apertura supone aceptar la discusión sobre hechos que no son racionalmente discutibles.
En el debate sobre el aborto, el solo hecho de ser cada embrión humano diverso en su genética que cualquier célula de sus progenitores debería ser suficiente para cerrar la discusión: el embrión no es, entonces, parte del cuerpo de la mujer; disponer de él es disponer de una vida humana nueva y distinta; una vida humana cuyo valor no puede ser relativizado sin caer en la arbitrariedad (¿por qué valdría más una vida humana de 15 semanas que de una de 14? ¿O una de 18 años más que una de 8 meses?).
En fin, ya hablamos de los argumentos contra el aborto. Y podríamos seguir abundando, pero hoy me interesa apuntar otra cosa.

Si el Gobierno pretende con esta discusión alejar la atención de otros temas, ganar tiempo hasta el Mundial de Rusia, “marcarle la cancha” al Papa, dividir a la oposición, o cualquier otro etcétera de los que se especulan por ahí, ha elegido jugar con fuego al plantear el debate sobre un tema en el que se juega la vida de seres humanos inocentes. Si el Presidente realmente está contra el aborto, debemos creer que es porque aprecia el valor superlativo de la vida humana. Si, aun así, abre la posibilidad de que se legalice el aborto, cabe pensar que le falta sinceridad, o convicción, o principios (como arriesgara un obispo), por decir lo menos.

Porque, además, abrir el debate con semejante ligereza supone que existe buena fe en todos quienes se manifiestan a favor del aborto.
Pero la experiencia en todos lados demuestra que, más allá de las posiciones personales, al activismo pro aborto no le interesa el debate sino la imposición de sus postulados a cualquier precio. Cualquier mujer que haya participado de los llamados encuentros nacionales de mujeres que cada octubre invade una ciudad distinta de nuestro país puede dar fe de que las organizadoras no sólo tienen como único objetivo la legalización del aborto, sino que excluyen expresa y deliberadamente cualquier discusión, y persiguen y escrachan a las voces disidentes por medios cada vez más violentos.
Si a esto se le suma el falseamiento de estadísticas, la manipulación del discurso feminista, la pretensión permanente de encapsular a la causa pro vida, contra toda evidencia, en una causa religiosa, el rechazo pertinaz de cualquier solución alternativa al aborto para los problemas que dicen querer solucionar, y la repetición hasta la náusea de consignas que no tienen el menor correlato científico, no cabe esperar, por lo menos del abortismo militante, ninguna discusión de buena fe.
La verdad no precisa del ocultamiento, de la manipulación, del agravio o de la violencia para imponerse.

Pero hay algo más grave en este debate, que mueve a dudar de la buena fe del abortismo y de la integridad de principios de quienes, como el Presidente, están dispuestos a promulgar la legalización del aborto aun en contra de sus convicciones.
Los abogados, cuando aprendimos lo que era el dolo eventual, nos enteramos de que, si el cazador dudaba acerca de si lo que se movía en los arbustos era un jabalí o un ser humano y aun en la duda disparaba, se convertía en un homicida.
El solo hecho de que existan argumentos serios a favor de la defensa de la vida intrauterina, aunque no se compartieran, debería ser suficiente para que cualquier partidario del aborto de buena fe sopesara la hipótesis de estar equivocado y el costo inmenso en vidas humanas que tal hipótesis conllevaría si se legalizara el aborto; un costo incomparablemente superior al caso de que quienes estuviéramos equivocados fuéramos quienes defendemos la vida humana sin restricciones y se mantuviera la prohibición.

Es cierto, como algunos dicen, que el problema es más profundo. Que se trata de combatir las causas que llevan a una mujer a abortar (debiera incluirse, entre ellas, la presión social que lleva a muchas mujeres a sentirse culpables por ser madres). Pero no cabe ser ingenuos: a los militantes del abortismo no les importa solucionar ese problema. Solo quieren que se legalice el aborto, sí o sí, a cualquier precio. Para ellos no es una cuestión filosófica, científica, jurídica o social que deba resolverse; se trata simplemente de imponer un paradigma ideológico. Nada más.
Y si ese es el planteo -y basta ver el discurso, las posturas y las contestaciones del abortismo en televisión para darse cuenta de que ese es-, no cabe esperar ningún debate serio como el que dice el Gobierno, que juega con fuego.

viernes, 16 de febrero de 2018

Francisco en su laberinto

¡Ay, Francisco! ¿Por qué no viene el Papa a la Argentina?

Es una buena pregunta.
Y quizás la respuesta debiéramos darla nosotros, los argentinos; no el Papa.

Es cierto que Francisco tiene 500 asuntos más importantes y urgentes que resolver en Roma, antes de pensar en un viaje a su país de origen. También lo es que san Juan Pablo II, en el mismo tiempo de pontificado, ya había ido dos veces a su Polonia natal (junio de 1979 y junio de 1983); mientras que el bastante menos viajado papa emérito Benedicto XVI también visitó en el mismo periodo dos veces Alemania (en agosto de 2005, con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud, y en septiembre de 2006). Claro que no es lo mismo viajar de Roma a Varsovia o a Berlín, que de Roma a Buenos Aires.
Pero Francisco ha ido a casi todos los países vecinos en sus casi cinco años de pontificado, esquivando prolijamente a la Argentina.

La explicación oficial dice que es porque el Papa espera que se tranquilicen las aguas en la Argentina. Pero, ¿no fue a lugares políticamente más convulsionados en todo el mundo, como Tierra Santa, Myanmar (la antigua Birmania) o Egipto?
Otra explicación, que viene como anillo al dedo para la manipulación política de cualquier bando y especie, es que el Papa no viene porque está enojado con el Presidente. Entonces, ¿antes de 2016 no venía por estar enojado con la Presidenta? ¿Y por qué, entonces, no se negó a recibirlos en Roma cuando cada uno de ellos fue?

Quizás la respuesta esté en un punto intermedio, más creíble. Argentina no es la Polonia comunista de los años `80, en el que cada visita papal significó un mazazo que terminó derribando a la dictadura (a esa y a las de todo el oriente europeo). Tampoco es la Alemania agnóstica actual, para la cual la visita de un papa, por muy alemán que éste sea, no tiene más significado que el de cualquier otro jefe de estado. No.
La Argentina es un país lleno de ególatras que secretamente albergamos la vanidosa presunción de que el Papa es papa porque es argentino. La Argentina es un país en el que la politización y la “grieta” impuestas a la sociedad durante 12 años de kirchnerismo aún no han sido desmontadas, y la visita del Papa sólo serviría para mezclar su figura en la ensalada política que cada uno quisiera: si se saca la foto con este o con aquel, si sonríe o si no, si recibe o no recibe a tal o cual; en este sentido es muy relevante la reacción contradictoria de los diferentes sectores políticos y sociales chilenos en su última visita, un verdadero banco de pruebas para lo que podría ocurrir en nuestro país.
Los argentinos, por último y en nuestra mezquindad, esperaremos del Papa un pronunciamiento que convalide nuestros propios prejuicios. No son pocos los católicos que consideran que el Papa no puede sino estar alineado con Cambiemos y en contra del kirchnerismo; cualquier insinuación de neutralidad, de crítica hacia el gobierno o de simpatía con la oposición es tomada, automáticamente como traición. Tampoco son pocos, lamentablemente, quienes utilizan su cercanía (real, exagerada o ficticia) con el Pontífice para -en una versión renovada de clericalismo- valerse de ella con fines políticos, cuando no para hacerle decir a Francisco cosas que resultan imposibles de verificar. Por último, no faltan quienes critican al Papa desde la “derecha”, cuestionando su defensa de los principios de la Doctrina Social de la Iglesia como si fueran postulados marxistas, o su talante pastoral de apertura como si fuera una herejía.

En cualquier caso, el clima creado acerca de un papa que, pese a ser argentino, no resulta de nuestro paladar, resulta contrario a su propuesta de la “cultura del encuentro”: en un país donde el disenso se convirtió en descalificación personal, el Papa no puede visitarlo sin generar un clima político de división en temas completamente opinables. Porque no se trata ya de que Francisco esté en contra del aborto o de la ideología de género y que esto genere rechazo en determinados sectores; eso ocurrió y ocurrirá siempre. Estamos hablando de que se mide si el Santo Padre está más cerca o más lejos de un político, si se saca fotos con un personaje cuestionado, si considera o no salvaje el ajuste de un gobierno... Juicios todos ellos que, pese a emitirse sobre cuestiones opinables, pueden llevar en la agrietada Argentina de hoy a la descalificación personal y moral del Papa.

Ese es el laberinto del que tendría que salir Francisco para poder visitar su patria sin comprometer la misión de la Iglesia local. Es sintomático, en ese sentido, que los cuestionamientos, cuando no los ataques, al Papa en los medios (incluidas las redes sociales) arrecien en tiempos en que se empieza a discutir, en voz cada vez más alta, la legalización del aborto en un futuro Código Penal.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Justificar la violencia

Hace poco vi el primer análisis original en torno a la desaparición de Santiago Maldonado, hecho por C. Pagni en su programa Odisea Argentina. Digo original, porque no se agota en echarle la culpa al gobierno de la desaparición o en intentar exculparlo de ella, sino que aprecia con más perspectiva y más objetivamente lo que se sabe hasta ahora del episodio, los errores políticos que ha cometido el gobierno en el manejo del tema, y las consecuencias que, tras las elecciones, tendrá el caso Maldonado, sobre todo en la actitud que adoptará la oposición y, en particular, el kirchnerismo.

A esta altura de los acontecimientos, lo mejor que podría pasarle al gobierno es que Maldonado apareciera, aun si estuviera muerto, para evitar que la prolongación de la incertidumbre siga siendo pasto de la macabra especulación política que ha existido alrededor del caso hasta ahora. Más aún: si realmente fue responsabilidad de la Gendarmería, como afirma la oposición, le convendría al gobierno que ello se aclarara lo antes posible, para tener como deslindar responsabilidades y poder hacer “control de daños” políticos.
Sin embargo y aún mediando una patética falta de reflejos en los funcionarios a cargo del asunto, el caso Maldonado no mellará (salvo que su cuerpo aparezca en algún armario de la Casa Rosada) la muy probable victoria de la coalición gobernante en las elecciones de octubre, aún en la provincia de Buenos Aires. Mal que le pese a la militancia kirchnerista, su sobreactuación en el caso ha sido tan burda, que ha terminado de convertir la desaparición de Maldonado en una cuestión política partidaria más, que no resta votos al gobierno como no suma para la oposición. No faltan, incluso, los que se preguntan si seguirá habiendo el mismo ardor para reclamar si en octubre perdiera la ex Presidenta Cristina Fernández la elección para senadores. La mezquindad política a la hora de adoptar causas que, en principio, podrían ser nobles, termina por depreciarlas y convertirlas en pura campaña.

Pero no es esto lo preocupante del asunto.
Lo que más debiera encender las alarmas es la utilización del caso Maldonado como coartada para incitar a la violencia. Se llenó Twitter de fulanos llamando a responder al “gobierno represor” con las vías de hecho: ganar la calle, voltear al gobierno, ¡armarse para combatirlo! Tampoco faltaron los que, con una liviandad que asusta, afirman que “hay que matarlos a todos”, refiriéndose al grupo terrorista RAM, a los kirchneristas, a los mapuches, a los “zurdos”, o a quien fuera que esté atrás de todo esto.
La izquierda en general, y el kirchnerismo en particular (partiendo de su candidata más mentada), debieran saber mejor que nadie cómo terminan las incitaciones a la violencia: una espiral que se sabe cómo empieza, pero no cómo termina, y en la que todos terminan convencidos de que el fin justifica los medios. Quisiera pensar que no es eso, precisamente, lo que pretenden: volver a lo peor de los años '70. Aunque el desprecio que algunos manifiestan, en forma expresa, por las instituciones da para pensar que la impotencia frente a los resultados electorales adversos los lleva a querer hacer volar el país por los aires.
Por otro lado, quienes se sitúan en la vereda de enfrente del relato izquierdista debieran evitar caer en la provocación en la que cayeron nuestros abuelos, cuando hace 40 años pretendieron combatir la violencia con la misma violencia. No es ingenuo pensar que la mayoría del pueblo es pacífica, por lo que no cabe entrar en el juego del terror y sí apostar a que los argentinos podemos superar definitivamente el pasado con la ley en la mano. Aunque sea difícil. Aunque lleve tiempo.

Dios quiera que sea la prudencia termine por ganar la batalla política.

miércoles, 30 de agosto de 2017

Cuitas (I)

Pasarán las elecciones de este año. Muy probablemente, veremos un triunfo del gobierno en los principales distritos del país, que significará un aval importantísimo para sus políticas de cara a los próximos dos años.
Pasarán las elecciones de este año. Pero todavía nadie se hará cargo, ni en el oficialismo ni en la oposición, de problemas graves que nos aquejan como sociedad y que comprometen seriamente nuestro futuro.
Y no me refiero a esa idiosincrasia paternalista de nuestra política, que hace suspirar a nuestra sociedad esperando un líder mesiánico que saque a la Argentina de su decadencia y le haga recuperar su destino de potencia. Tampoco a esos vicios argentinos que nos han hundido en una anomia endémica a la que parecemos condenados.

No. No me refiero a esto.

Me refiero a que no estamos defendiendo la causa de la vida y la familia.
No. No hay muchos que defiendan la causa de la vida humana, por mucho que nos llenemos la boca hablando de cosas como los derechos humanos y la justicia social.
Por un lado, porque hemos olvidado la relación entre el derecho y la justicia: cuando hablamos de “derechos”, más bien parece que nos referimos a prerrogativas que se conquistan por la fuerza y la imposición del lobby, más que a aquello que se nos debe en justicia; y cuando hablamos de ésta, lo hacemos en términos equívocos, en los que no distinguimos entre la igualdad y el igualitarismo, fundamentalmente porque nos hemos olvidado (más bien, vivimos en un ambiente cultural que lo rechaza) el concepto de naturaleza. Sin naturaleza, la ética está vacía y lista para ser llenada por el que pueda movilizar más gente en la plaza. Sin una ética cierta, no hay una justicia posible. Sin justicia posible, no hay más ley que la del más fuerte. Y como el hombre es libre, no siempre el más fuerte es el mejor. Pero todo esto es materia de una tesis aparte.
En lo que al tema que refiero importa, estas deformaciones culturales han llevado a que prosperen iniciativas para eliminar la vida humana naciente, o para manipularla. Las “razones” suelen ir desde los postulados más brutalmente ignorantes hasta las construcciones discursivas más alambicadamente manipuladoras.

Abundan los defensores de la legalización del aborto tanto en la oposición como en el oficialismo. También hay defensores de la vida en ambos sectores, es cierto, pero lamentablemente suelen ser vergonzantes, o de bajo perfil, o especuladores que procuran no jugarse en un tema tan sensible para no perder votos ni a la derecha ni a la izquierda.
Es sugestivo, en ese sentido, que los dos candidatos que encabezan las listas con más chances de ganar las senadurías nacionales por la Provincia de Buenos Aires estén en contra del aborto: una por pasiva, la ex Presidenta Cristina Fernández, que nunca alentó los proyectos abortistas surgidos de sus propias filas, aunque tampoco le hemos oído jamás una declaración contundente al efecto; el otro, un poco más valiente, el ex Ministro Esteban Bullrich, a quien la prensa y la militancia “progre” buscaron defenestrar por haberse atrevido a incluir en el lema “ni una menos” a las mujeres por nacer. Sin embargo, ambos candidatos no han sido del todo claros ni coherentes en esta materia: sea por haberlas alentado o por haberlas permitido, cada uno en su esfera admitió políticas ordenadas (algunas expresamente) a crear condiciones favorables para la imposición de la agenda abortista: así, las políticas en materia de educación sexual, casi excluyentemente orientadas a la anticoncepción, la permisión de protocolos para el supuesto “aborto no punible”, y las políticas en materia de “salud reproductiva”, eufemismo para hablar de planes masivos de anticoncepción o, incluso, contracepción, en los que se busca difuminar la línea que separa ambos conceptos y trivializar el aborto.
Esto es solo un ejemplo. Son muchísimos los políticos que, aún haciendo alarde de su posición antiabortista, mantienen posturas ambiguas, cuando no contradictorias, en todas estas materias que son conexas. Entre estos se encuentra, también, el Presidente Macri.
Cuando no, aparecen otros que fundamentan su posición pro vida en cuestiones religiosas, dando pasto al abortismo que, cada vez más huérfano de argumentos científicos, desesperadamente busca hacer ver a la posición pro vida como una postura confesional.

En este escenario, quienes defendemos la vida humana porque entendemos su valor, más allá de cualquier ideología o creencia, quienes entendemos que la vida es el primero de los derechos del hombre, sin el cual ningún otro puede llegar a poseerse, nos encontramos ante el dilema ético, elección tras elección, de tener que votar listas en las que se mezclan defensores de la vida (matices aparte) con defensores del aborto; y eso si tenemos la posibilidad de conocer lo que piensan al respecto, ya que la cuestión suele ser prolijamente eludida por los candidatos, por lo menos por aquellos que tienen verdaderas chances de ganar, para evitar ser escrachados como el inexperto Esteban Bullrich.

Y no es un tema menor. No es algo de lo que uno pueda, en conciencia, desentenderse. Liquidar una vida humana en el seno de su propia madre no es más que una muestra de hasta dónde puede llegar nuestra barbarie. Y justificar por cualquier vía semejante proceder sólo descubre cuánto puede cegar el egoísmo a nuestras inteligencias.
Nuestra posición frente a la defensa de la vida humana es el punto de partida elemental para la construcción de una política verdaderamente humanista.
Que la mayoría de los partidos consideren que es un tema opinable, que haya más consenso en la lucha contra el tabaquismo que en la defensa de la vida humana, que sean pocos los políticos y los candidatos con ideas coherentes en la materia, aún menos los que se animen a defenderlas con valentía, y todavía menos los que tengan posibilidades de llegar al poder nos da una idea de lo lejos que estamos de tener un país mejor.

viernes, 7 de abril de 2017

Sembradores de odio

Hay "simientes" peligrosas en el ánimo de cualquier sociedad: sentimientos, tendencias, paradigmas, que, lejos de ayudar a su cohesión y progreso, contribuyen a su disolución. Quienes tienen la responsabilidad de dirigir a la sociedad deberían saber detectar estas simientes y atacarlas en la primera oportunidad; toda mala hierba es más difícil de erradicar cuanto más se la deja crecer.
El odio es, quizás, la más peligrosa de estas simientes. Sus efectos disolventes son portentosos: no ha habido guerra civil en la historia que no estuviera precedida de la proliferación de esta mala hierba: el odio cultural, de clase, religioso, racial... Siempre contradiciendo a sus propios cultores: quienes se dejan ganar por el odio, no sólo se rebajan a sí mismos; también deprecian los valores que dicen defender.
También el odio ha estado en el origen de todas las tiranías y totalitarismos. De todos los colores y sentidos. El siglo XX fue prolífico en odios de clase o de raza que terminaron en sangrientos regímenes políticos, muchos de los cuales se resisten a morir. El siglo actual asiste a un revivir del "odio religioso" (por contradictoria que resulte su sola enunciación) por parte de grupos fundamentalistas que asuelan el Medio Oriente y África.
Pero el odio no es unidireccional, y sus propiedades disolventes derivan justamente de su capacidad de generar odio en sus destinatarios. Es difícil para quien es odiado no terminar odiando a quien le odia. Instintivamente, el hombre considera que es de justicia devolver odio por odio; y esta "justificación del odio" potencia la hostilidad en forma ilimitada. La historia es también testigo de esta tendencia secular.
La Ley del Talión (bíblica, pero también propia de otras legislaciones del oriente semita) significó en su momento un avance jurídico importantísimo: reemplazó con la fórmula "ojo por ojo, diente por diente" la lógica de la retorsión infinita ("ojo por ojo por ojo por ojo..."). Fórmula que fue superada por otra lógica aún superior, la de poner la otra mejilla y hacer el bien a quien nos hace mal, sintetizada en el amor al prójimo como a uno mismo o, mejor, como nos ama el mismo Dios.
La historia del cristianismo demuestra, también, que esta lógica del amor al prójimo, diametralmente opuesta a la del odio, aun siendo la única viable para la realización del hombre, resulta sumamente ardua, y no solo en las situaciones límites, sino también en el día a día. El odio sigue siendo una amenaza latente detrás de cada debilidad humana.
Nuestra sensibilidad occidental moderna, tributaria (quiéralo o no) de un cristianismo subconsciente, se escandaliza de la lógica de la venganza impulsada por el odio. Pero esa debilidad de la que venimos hablando sume a nuestra sociedad en la contradicción de hacer, muchas veces, lo contrario de lo que predica: odiar y fomentar el odio, quizás de formas que no son siempre del todo explícitas. Así, hay ideologías que, modernamente, han "canonizado" al odio: no solo lo consideran necesario, sino hasta bueno. El odio de clase ha sido expresamente ponderado por no pocos "revolucionarios", razón por la cual sus revoluciones terminando dividiendo a sus sociedades más de lo que las beneficiaron. También las hay que, en su mesianismo, consideran al disenso como una señal de odio que debe ser contestada con más odio, generando esa espiral perniciosa de la que venimos hablando.

Fruto de este odio ideológico son ciertas manifestaciones recientes de algunos referentes opositores, dirigidas expresamente a instalar que la cohesión social, el diálogo, la colaboración dentro de las instituciones democráticas y otras prácticas que a nuestra civilización aún le cuesta terminar de hacer propias, son vistos como signo de debilidad, de engaño, de "buenismo" que sólo favorece la dominación de aquellos a quienes se debe odiar por atribuírseles un odio primero: los ricos, los oligarcas, las corporaciones, los patrones, las potencias extranjeras, los varones,...
Lo peor es que esos odios generan otros, al sentirse sus destinatarios justificados a devolver mal por mal. Así, el ánimo de exterminio se vuelve contra los odiadores, que ven autocumplida su propia profecía: de tanto anunciar cuánto los odian, terminan siendo efectivamente odiados.

Será un desafío para la construcción de nuestra Argentina la superación de esta lógica del odio. Y no basta con proclamar la buena voluntad del diálogo sincero y de buena fe. Hace falta un ejercicio constante de ponerse por encima de la agresión del otro; por entender la justicia no como el devolver mal por mal, sino como el modo de repartir bienes entre todos.
Es una tarea de alta política, que nos compete a todos, cada uno desde su lugar. No buscar el exterminio de los sembradores del odio, sino el borrar el rastro inmundo de su mala siembra con acciones positivas que, como decía aquel santo, ahoguen el mal en abundancia de bien.
¿Estaremos a la altura?

martes, 21 de marzo de 2017

¿#1A?

Recientemente viene circulando una convocatoria en las redes para el próximo 1 de abril, a las 18, en defensa de la democracia y del gobierno nacional, frente a lo que se entiende como un intento desestabilizador por parte de cierto sector del sindicalismo, la izquierda y, particularmente, el kirchnerismo, manifestado en la huelga docente que se prolonga en la provincia de Buenos Aires, el paro nacional convocado para el 6 de abril y las maniobras permanentemente "esmerilantes" de un sector de la oposición que se expresa decidido a impedir que el presidente Macri termine su mandato.
Si bien desde el gobierno y desde la coalición oficialista han aclarado que ellos no impulsna la convocatoria, algunos periodistas se han hecho eco de ella, y el propio Presidente ha manifestado que le parece bien que la gente se exprese. A esto se agrega la insistencia por parte de algunos periodistas, a veces con no muy claras intenciones, acerca de la generación de un "clima destituyente" contra el gobierno nacional.
No faltan tampoco, sin embargo, los que ven en esta convocatoria para el 1 de abril una maniobra orquestada en alguna oficina del kirchnerismo con el objeto de dejar en off side al oficialismo, jugando el juego que más le gusta a aquél: la lucha por "controlar la calle". Juego este propio de quienes han sido privados de espacio para manifestar sus razones en forma civilizada, o de quienes, teniendo ese espacio, carecen de razones para manifestar allí y prefieren recurrir al "apriete" de las multitudes. Estas suspicacias se ven avaladas por un detalle no menor: la convocatoria sería para un sábado a la tarde; un día y horario poco conveniente si lo que se pretende es reunir a una gran multitud.

Este tipo de convocatorias siempre son muy riesgosas en términos políticos, a menos que uno tenga la certeza de que va a ser masiva: sacando las convocatorias kirchneristas (con choripán, colectivos y punteros movilizando), las espontáneas solo fueron importantes cuando fue grave la situación. En efecto, la crisis del campo por la malograda Resolución Nro. 125, fue la respuesta de un sector a una pretensión gubernamental de matar a la gallina de los huevos de oro; no solo se trataba de un grave riesgo para el sector más productivo de la economía nacional, también fue el catalizador de una oposición que, hasta entonces, parecía acallada por la bonanza económica que el kirchnerismo explotaba, hoy vemos, pura y exclusivamente en función de sus necesidades electorales y sin preocuparse por las consecuencias a futuro. Cuando, tras su triunfo en 2011, la entonces Presidenta se dejó llevar por la fantasía del "vamos por todo", el kirchnerismo se sintió con carta blanca para promover todo tipo de atropellos institucionales, considerando que los excelentes resultados obtenidos en las elecciones presidenciales de aquel año justificaba que el gobierno nacional intentara articular un proyecto abiertamente hegemónico; era lógico que quienes no aceptaban dicho avasallamiento se expresaran como lo hicieron el 23 de septiembre y el 8 de noviembre de 2012, entre otras fechas memorables. Por último, la sorpresiva y dudosa muerte del fiscal Nisman, tan conveniente para la entonces Presidenta, hizo aparecer el fantasma monstruoso de la muerte política, que ya creíamos desterrada desde el restablecimiento de la democracia hace 33 años; la marcha del "18F" fue, entonces, imponente, y estuvo entre los antecedentes de lo que, finalmente, se tradujo en la derrota oficialista en las elecciones de 2015.

Puede gustarnos o no; podemos estar a favor o en contra del gobierno nacional.
Pero lo que resulta claro es que no tiene hoy un nivel de amenaza real, ni el gobierno ni el sistema democrático, que justifique salir a la calle. Los enfrentamientos con los sindicatos, lógicos frente a cualquier cuestionamiento del statu quo, aún están lejos de tener características "desestabilizantes"; a lo que debe agregarse -y esto es evidente en el caso de los gremios docentes- que se inscriben en el marco, por un lado, de la interna peronista (dentro de la cual, el kirchnerismo no es más que una facción), y, por otro lado, de la pugna de la izquierda por arrebatar el poder sindical a "los Gordos", en la que los gestos valen más que los hechos (como siempre para la izquierda). Tampoco existe un ambiente de conspiración como contra De la Rua en 2001, en la que una liga de gobernadores peronistas entró en alianza con sectores disconformes de la propia coalición entonces gobernante, en un clima económico sumido en la depresión; Macri ha sabido llevarse bien con los gobernadores, en términos generales, y las disidencias en Cambiemos no son extremas y cuentan, en el peor de los casos, con la válvula de escape de las elecciones de medio término previstas para agosto y octubre.

Nadie dice que las cosas marchen de maravilla. Nadie niega que el gobierno ha incurrido en errores no forzados en materia política. Nadie desconoce que la salida de la crisis económica originada en el modelo kirchnerista resulta más lenta de lo que se esperaba o pueda soportarse.
No obstante, resulta peligroso dejarse ganar por la psicosis. No peligra la democracia, ni el gobierno, ni nada. Y si bien es cierto, como afirma el Presidente, que es bueno que la gente se exprese, también lo es que la dialéctica de la manifestación callejera resulta desgastante no sólo para los gobiernos, sino también para los que participan de ella, razón por la cual siempre conviene reservarla para circunstancias cuya gravedad la justifique.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Preso de una mentalidad

El gobierno nacional se debate entre los tironeos del liberalismo ortodoxo y los del populismo ramplón.

El primero le reprocha el tan mentado "gradualismo", la falta de decisión para llevar adelante medidas impopulares (pero necesarias), el mantenimiento de un alto gasto público para subsidiar la economía. Los planes sociales -esto es, el mantenimiento a expensas del Estado de personas particulares sin contraprestación de parte de ellas-, lejos de reducirse, se han ampliado, en virtud de que el gobierno anterior, pese a ser proclamadamente "nacional y popular", retaceaba su pago para disciplinar a los llamados "movimientos sociales"; terminada la voluntad política de tal disciplinamiento, el actual gobierno simplemente cumple con lo ya reglamentado, pero sin cuidarse de que los mismos movimientos que deben su subsistencia a dichos planes sociales están compuestos en su inmensa mayoría de opositores militantes. Esto ha llevado a que algunos de los "dirigentes sociales" hasta se den el lujo de reconocer que el gobierno actual les pasa más dinero, y que esperan que fracase políticamente; es decir: el gobierno. En síntesis: el gobierno no solo financia a su propia oposición, sino que financia a aquella parte de la oposición que reconoce estar trabajando para el fracaso del gobierno.
A esta ingenuidad -¿se la podrá llamar así?- se suma el hecho de que mantener el gasto público en los niveles actuales exige un esfuerzo fiscal que no permite bajar impuestos como se prometiera en campaña. Lo que conduce a la crítica de los analistas económicos más liberales, quienes, aún reconociendo un progreso por parte de la actual administración en cuanto a la apertura de la economía, ya acuñaron el término "PROpulismo" para definir a la política económica oficial, que parece no estar dispuesta a terminar definitivamente con el crecimiento indefinido del gasto público.

Pero, del otro lado, también recibe el gobierno la crítica de quienes quisieran seguir con la "fiesta" de los últimos años; fiesta que se financiara, tras el final del ciclo económico internacional positivo (el boom de la soja), con un desequilibrio económico tras otro: déficit fiscal crónico, emisión descontrolada, cepo cambiario, tarifas distorsionadas e inflación galopante y disimulada. El sinceramiento de tal situación, pese a no ser completo (eso también lo critican los economistas liberales), desnuda la precariedad de la política económica del gobierno anterior, que dejó en una situación delicada a la actual administración, que se vio obligada a desarmar la bomba de tiempo a través de medidas que, por no haberse tomado en su momento en forma gradual, tuvieron que ser drásticas hasta el límite de lo soportable: devaluación, aumento de tarifas, sinceramiento de estadísticas... Y con un gobierno que no pretende, ni puede darse el lujo de disimular las estadísticas, con lo que la inflación, la pobreza y el desempleo ya pueden verse sin el "maquillaje" al que recurría el kirchnerismo cuando tenía que sostener su relato.
Como los críticos de este sector piensan, lo hemos oído repetidamente, que el dinero crece en los árboles, no se privan de señalar al gobierno como responsable de un ajuste y un endeudamiento salvajes. Algunos, como los ex integrantes de los equipos económicos del gobierno anterior, hacen gala de un cinismo portentoso.

Lo cierto es que el gobierno nacional parece haber subestimado la situación económica heredada, y sobreestimado la reacción de los mercados frente a las primeras medidas económicas. La sensación de que el país sigue sin un plan (como ocurría en los años del kirchnerismo) corroe el único capital que importa para cualquier política económica: la confianza.
Las medidas que eran necesarias para normalizar la economía lógicamente generarían recesión; pero ésta se revertiría con una reactivación que viniera, no de la inyección de billetes sin respaldo, sino de las inversiones atraídas por una economía con reglas claras. Las reglas no parecen ser tan claras cuando el gobierno sigue gastando como si el mañana no existiera; la reactivación tarda en llegar, o llega más lentamente de lo necesario... y las elecciones de 2017 se acercan más rápido de lo que parece.
Los años electorales no son buenos para seguir ajustando. El gobierno lo sabe y eso lo tiene condicionado. Pero también es cierto que no puede seguir preso de una mentalidad, impuesta desde hace décadas en la Argentina, según la cual el papel económico del Estado es el de repartir beneficios y prebendas. Es el camino que, a lo largo de los últimos 70 años, ha ido corrompiendo al sector privado, desalentando la iniciativa individual y, en definitiva, empobreciendo al país.