Pasarán las elecciones de este año. Muy probablemente, veremos un triunfo del gobierno en los principales distritos del país, que significará un aval importantísimo para sus políticas de cara a los próximos dos años.
Pasarán las elecciones de este año. Pero todavía nadie se hará cargo, ni en el oficialismo ni en la oposición, de problemas graves que nos aquejan como sociedad y que comprometen seriamente nuestro futuro.
Y no me refiero a esa idiosincrasia paternalista de nuestra política, que hace suspirar a nuestra sociedad esperando un líder mesiánico que saque a la Argentina de su decadencia y le haga recuperar su destino de potencia. Tampoco a esos vicios argentinos que nos han hundido en una anomia endémica a la que parecemos condenados.
No. No me refiero a esto.
Me refiero a que no estamos defendiendo la causa de la vida y la familia.
No. No hay muchos que defiendan la causa de la vida humana, por mucho que nos llenemos la boca hablando de cosas como los derechos humanos y la justicia social.
Por un lado, porque hemos olvidado la relación entre el derecho y la justicia: cuando hablamos de “derechos”, más bien parece que nos referimos a prerrogativas que se conquistan por la fuerza y la imposición del lobby, más que a aquello que se nos debe en justicia; y cuando hablamos de ésta, lo hacemos en términos equívocos, en los que no distinguimos entre la igualdad y el igualitarismo, fundamentalmente porque nos hemos olvidado (más bien, vivimos en un ambiente cultural que lo rechaza) el concepto de naturaleza. Sin naturaleza, la ética está vacía y lista para ser llenada por el que pueda movilizar más gente en la plaza. Sin una ética cierta, no hay una justicia posible. Sin justicia posible, no hay más ley que la del más fuerte. Y como el hombre es libre, no siempre el más fuerte es el mejor. Pero todo esto es materia de una tesis aparte.
En lo que al tema que refiero importa, estas deformaciones culturales han llevado a que prosperen iniciativas para eliminar la vida humana naciente, o para manipularla. Las “razones” suelen ir desde los postulados más brutalmente ignorantes hasta las construcciones discursivas más alambicadamente manipuladoras.
Abundan los defensores de la legalización del aborto tanto en la oposición como en el oficialismo. También hay defensores de la vida en ambos sectores, es cierto, pero lamentablemente suelen ser vergonzantes, o de bajo perfil, o especuladores que procuran no jugarse en un tema tan sensible para no perder votos ni a la derecha ni a la izquierda.
Es sugestivo, en ese sentido, que los dos candidatos que encabezan las listas con más chances de ganar las senadurías nacionales por la Provincia de Buenos Aires estén en contra del aborto: una por pasiva, la ex Presidenta Cristina Fernández, que nunca alentó los proyectos abortistas surgidos de sus propias filas, aunque tampoco le hemos oído jamás una declaración contundente al efecto; el otro, un poco más valiente, el ex Ministro Esteban Bullrich, a quien la prensa y la militancia “progre” buscaron defenestrar por haberse atrevido a incluir en el lema “ni una menos” a las mujeres por nacer. Sin embargo, ambos candidatos no han sido del todo claros ni coherentes en esta materia: sea por haberlas alentado o por haberlas permitido, cada uno en su esfera admitió políticas ordenadas (algunas expresamente) a crear condiciones favorables para la imposición de la agenda abortista: así, las políticas en materia de educación sexual, casi excluyentemente orientadas a la anticoncepción, la permisión de protocolos para el supuesto “aborto no punible”, y las políticas en materia de “salud reproductiva”, eufemismo para hablar de planes masivos de anticoncepción o, incluso, contracepción, en los que se busca difuminar la línea que separa ambos conceptos y trivializar el aborto.
Esto es solo un ejemplo. Son muchísimos los políticos que, aún haciendo alarde de su posición antiabortista, mantienen posturas ambiguas, cuando no contradictorias, en todas estas materias que son conexas. Entre estos se encuentra, también, el Presidente Macri.
Cuando no, aparecen otros que fundamentan su posición pro vida en cuestiones religiosas, dando pasto al abortismo que, cada vez más huérfano de argumentos científicos, desesperadamente busca hacer ver a la posición pro vida como una postura confesional.
En este escenario, quienes defendemos la vida humana porque entendemos su valor, más allá de cualquier ideología o creencia, quienes entendemos que la vida es el primero de los derechos del hombre, sin el cual ningún otro puede llegar a poseerse, nos encontramos ante el dilema ético, elección tras elección, de tener que votar listas en las que se mezclan defensores de la vida (matices aparte) con defensores del aborto; y eso si tenemos la posibilidad de conocer lo que piensan al respecto, ya que la cuestión suele ser prolijamente eludida por los candidatos, por lo menos por aquellos que tienen verdaderas chances de ganar, para evitar ser escrachados como el inexperto Esteban Bullrich.
Y no es un tema menor. No es algo de lo que uno pueda, en conciencia, desentenderse. Liquidar una vida humana en el seno de su propia madre no es más que una muestra de hasta dónde puede llegar nuestra barbarie. Y justificar por cualquier vía semejante proceder sólo descubre cuánto puede cegar el egoísmo a nuestras inteligencias.
Nuestra posición frente a la defensa de la vida humana es el punto de partida elemental para la construcción de una política verdaderamente humanista.
Que la mayoría de los partidos consideren que es un tema opinable, que haya más consenso en la lucha contra el tabaquismo que en la defensa de la vida humana, que sean pocos los políticos y los candidatos con ideas coherentes en la materia, aún menos los que se animen a defenderlas con valentía, y todavía menos los que tengan posibilidades de llegar al poder nos da una idea de lo lejos que estamos de tener un país mejor.
¿Por qué 40 minutos?
Porque, si tuviera más tiempo, escribiría más largo.
miércoles, 30 de agosto de 2017
viernes, 7 de abril de 2017
Sembradores de odio
Hay "simientes" peligrosas en el ánimo de cualquier sociedad: sentimientos, tendencias, paradigmas, que, lejos de ayudar a su cohesión y progreso, contribuyen a su disolución. Quienes tienen la responsabilidad de dirigir a la sociedad deberían saber detectar estas simientes y atacarlas en la primera oportunidad; toda mala hierba es más difícil de erradicar cuanto más se la deja crecer.
El odio es, quizás, la más peligrosa de estas simientes. Sus efectos disolventes son portentosos: no ha habido guerra civil en la historia que no estuviera precedida de la proliferación de esta mala hierba: el odio cultural, de clase, religioso, racial... Siempre contradiciendo a sus propios cultores: quienes se dejan ganar por el odio, no sólo se rebajan a sí mismos; también deprecian los valores que dicen defender.
También el odio ha estado en el origen de todas las tiranías y totalitarismos. De todos los colores y sentidos. El siglo XX fue prolífico en odios de clase o de raza que terminaron en sangrientos regímenes políticos, muchos de los cuales se resisten a morir. El siglo actual asiste a un revivir del "odio religioso" (por contradictoria que resulte su sola enunciación) por parte de grupos fundamentalistas que asuelan el Medio Oriente y África.
Pero el odio no es unidireccional, y sus propiedades disolventes derivan justamente de su capacidad de generar odio en sus destinatarios. Es difícil para quien es odiado no terminar odiando a quien le odia. Instintivamente, el hombre considera que es de justicia devolver odio por odio; y esta "justificación del odio" potencia la hostilidad en forma ilimitada. La historia es también testigo de esta tendencia secular.
La Ley del Talión (bíblica, pero también propia de otras legislaciones del oriente semita) significó en su momento un avance jurídico importantísimo: reemplazó con la fórmula "ojo por ojo, diente por diente" la lógica de la retorsión infinita ("ojo por ojo por ojo por ojo..."). Fórmula que fue superada por otra lógica aún superior, la de poner la otra mejilla y hacer el bien a quien nos hace mal, sintetizada en el amor al prójimo como a uno mismo o, mejor, como nos ama el mismo Dios.
La historia del cristianismo demuestra, también, que esta lógica del amor al prójimo, diametralmente opuesta a la del odio, aun siendo la única viable para la realización del hombre, resulta sumamente ardua, y no solo en las situaciones límites, sino también en el día a día. El odio sigue siendo una amenaza latente detrás de cada debilidad humana.
Nuestra sensibilidad occidental moderna, tributaria (quiéralo o no) de un cristianismo subconsciente, se escandaliza de la lógica de la venganza impulsada por el odio. Pero esa debilidad de la que venimos hablando sume a nuestra sociedad en la contradicción de hacer, muchas veces, lo contrario de lo que predica: odiar y fomentar el odio, quizás de formas que no son siempre del todo explícitas. Así, hay ideologías que, modernamente, han "canonizado" al odio: no solo lo consideran necesario, sino hasta bueno. El odio de clase ha sido expresamente ponderado por no pocos "revolucionarios", razón por la cual sus revoluciones terminando dividiendo a sus sociedades más de lo que las beneficiaron. También las hay que, en su mesianismo, consideran al disenso como una señal de odio que debe ser contestada con más odio, generando esa espiral perniciosa de la que venimos hablando.
Fruto de este odio ideológico son ciertas manifestaciones recientes de algunos referentes opositores, dirigidas expresamente a instalar que la cohesión social, el diálogo, la colaboración dentro de las instituciones democráticas y otras prácticas que a nuestra civilización aún le cuesta terminar de hacer propias, son vistos como signo de debilidad, de engaño, de "buenismo" que sólo favorece la dominación de aquellos a quienes se debe odiar por atribuírseles un odio primero: los ricos, los oligarcas, las corporaciones, los patrones, las potencias extranjeras, los varones,...
Lo peor es que esos odios generan otros, al sentirse sus destinatarios justificados a devolver mal por mal. Así, el ánimo de exterminio se vuelve contra los odiadores, que ven autocumplida su propia profecía: de tanto anunciar cuánto los odian, terminan siendo efectivamente odiados.
Será un desafío para la construcción de nuestra Argentina la superación de esta lógica del odio. Y no basta con proclamar la buena voluntad del diálogo sincero y de buena fe. Hace falta un ejercicio constante de ponerse por encima de la agresión del otro; por entender la justicia no como el devolver mal por mal, sino como el modo de repartir bienes entre todos.
Es una tarea de alta política, que nos compete a todos, cada uno desde su lugar. No buscar el exterminio de los sembradores del odio, sino el borrar el rastro inmundo de su mala siembra con acciones positivas que, como decía aquel santo, ahoguen el mal en abundancia de bien.
¿Estaremos a la altura?
martes, 21 de marzo de 2017
¿#1A?
Recientemente viene circulando una convocatoria en las redes para el próximo 1 de abril, a las 18, en defensa de la democracia y del gobierno nacional, frente a lo que se entiende como un intento desestabilizador por parte de cierto sector del sindicalismo, la izquierda y, particularmente, el kirchnerismo, manifestado en la huelga docente que se prolonga en la provincia de Buenos Aires, el paro nacional convocado para el 6 de abril y las maniobras permanentemente "esmerilantes" de un sector de la oposición que se expresa decidido a impedir que el presidente Macri termine su mandato.
Si bien desde el gobierno y desde la coalición oficialista han aclarado que ellos no impulsna la convocatoria, algunos periodistas se han hecho eco de ella, y el propio Presidente ha manifestado que le parece bien que la gente se exprese. A esto se agrega la insistencia por parte de algunos periodistas, a veces con no muy claras intenciones, acerca de la generación de un "clima destituyente" contra el gobierno nacional.
No faltan tampoco, sin embargo, los que ven en esta convocatoria para el 1 de abril una maniobra orquestada en alguna oficina del kirchnerismo con el objeto de dejar en off side al oficialismo, jugando el juego que más le gusta a aquél: la lucha por "controlar la calle". Juego este propio de quienes han sido privados de espacio para manifestar sus razones en forma civilizada, o de quienes, teniendo ese espacio, carecen de razones para manifestar allí y prefieren recurrir al "apriete" de las multitudes. Estas suspicacias se ven avaladas por un detalle no menor: la convocatoria sería para un sábado a la tarde; un día y horario poco conveniente si lo que se pretende es reunir a una gran multitud.
Este tipo de convocatorias siempre son muy riesgosas en términos políticos, a menos que uno tenga la certeza de que va a ser masiva: sacando las convocatorias kirchneristas (con choripán, colectivos y punteros movilizando), las espontáneas solo fueron importantes cuando fue grave la situación. En efecto, la crisis del campo por la malograda Resolución Nro. 125, fue la respuesta de un sector a una pretensión gubernamental de matar a la gallina de los huevos de oro; no solo se trataba de un grave riesgo para el sector más productivo de la economía nacional, también fue el catalizador de una oposición que, hasta entonces, parecía acallada por la bonanza económica que el kirchnerismo explotaba, hoy vemos, pura y exclusivamente en función de sus necesidades electorales y sin preocuparse por las consecuencias a futuro. Cuando, tras su triunfo en 2011, la entonces Presidenta se dejó llevar por la fantasía del "vamos por todo", el kirchnerismo se sintió con carta blanca para promover todo tipo de atropellos institucionales, considerando que los excelentes resultados obtenidos en las elecciones presidenciales de aquel año justificaba que el gobierno nacional intentara articular un proyecto abiertamente hegemónico; era lógico que quienes no aceptaban dicho avasallamiento se expresaran como lo hicieron el 23 de septiembre y el 8 de noviembre de 2012, entre otras fechas memorables. Por último, la sorpresiva y dudosa muerte del fiscal Nisman, tan conveniente para la entonces Presidenta, hizo aparecer el fantasma monstruoso de la muerte política, que ya creíamos desterrada desde el restablecimiento de la democracia hace 33 años; la marcha del "18F" fue, entonces, imponente, y estuvo entre los antecedentes de lo que, finalmente, se tradujo en la derrota oficialista en las elecciones de 2015.
Puede gustarnos o no; podemos estar a favor o en contra del gobierno nacional.
Pero lo que resulta claro es que no tiene hoy un nivel de amenaza real, ni el gobierno ni el sistema democrático, que justifique salir a la calle. Los enfrentamientos con los sindicatos, lógicos frente a cualquier cuestionamiento del statu quo, aún están lejos de tener características "desestabilizantes"; a lo que debe agregarse -y esto es evidente en el caso de los gremios docentes- que se inscriben en el marco, por un lado, de la interna peronista (dentro de la cual, el kirchnerismo no es más que una facción), y, por otro lado, de la pugna de la izquierda por arrebatar el poder sindical a "los Gordos", en la que los gestos valen más que los hechos (como siempre para la izquierda). Tampoco existe un ambiente de conspiración como contra De la Rua en 2001, en la que una liga de gobernadores peronistas entró en alianza con sectores disconformes de la propia coalición entonces gobernante, en un clima económico sumido en la depresión; Macri ha sabido llevarse bien con los gobernadores, en términos generales, y las disidencias en Cambiemos no son extremas y cuentan, en el peor de los casos, con la válvula de escape de las elecciones de medio término previstas para agosto y octubre.
Nadie dice que las cosas marchen de maravilla. Nadie niega que el gobierno ha incurrido en errores no forzados en materia política. Nadie desconoce que la salida de la crisis económica originada en el modelo kirchnerista resulta más lenta de lo que se esperaba o pueda soportarse.
No obstante, resulta peligroso dejarse ganar por la psicosis. No peligra la democracia, ni el gobierno, ni nada. Y si bien es cierto, como afirma el Presidente, que es bueno que la gente se exprese, también lo es que la dialéctica de la manifestación callejera resulta desgastante no sólo para los gobiernos, sino también para los que participan de ella, razón por la cual siempre conviene reservarla para circunstancias cuya gravedad la justifique.
Si bien desde el gobierno y desde la coalición oficialista han aclarado que ellos no impulsna la convocatoria, algunos periodistas se han hecho eco de ella, y el propio Presidente ha manifestado que le parece bien que la gente se exprese. A esto se agrega la insistencia por parte de algunos periodistas, a veces con no muy claras intenciones, acerca de la generación de un "clima destituyente" contra el gobierno nacional.
No faltan tampoco, sin embargo, los que ven en esta convocatoria para el 1 de abril una maniobra orquestada en alguna oficina del kirchnerismo con el objeto de dejar en off side al oficialismo, jugando el juego que más le gusta a aquél: la lucha por "controlar la calle". Juego este propio de quienes han sido privados de espacio para manifestar sus razones en forma civilizada, o de quienes, teniendo ese espacio, carecen de razones para manifestar allí y prefieren recurrir al "apriete" de las multitudes. Estas suspicacias se ven avaladas por un detalle no menor: la convocatoria sería para un sábado a la tarde; un día y horario poco conveniente si lo que se pretende es reunir a una gran multitud.
Este tipo de convocatorias siempre son muy riesgosas en términos políticos, a menos que uno tenga la certeza de que va a ser masiva: sacando las convocatorias kirchneristas (con choripán, colectivos y punteros movilizando), las espontáneas solo fueron importantes cuando fue grave la situación. En efecto, la crisis del campo por la malograda Resolución Nro. 125, fue la respuesta de un sector a una pretensión gubernamental de matar a la gallina de los huevos de oro; no solo se trataba de un grave riesgo para el sector más productivo de la economía nacional, también fue el catalizador de una oposición que, hasta entonces, parecía acallada por la bonanza económica que el kirchnerismo explotaba, hoy vemos, pura y exclusivamente en función de sus necesidades electorales y sin preocuparse por las consecuencias a futuro. Cuando, tras su triunfo en 2011, la entonces Presidenta se dejó llevar por la fantasía del "vamos por todo", el kirchnerismo se sintió con carta blanca para promover todo tipo de atropellos institucionales, considerando que los excelentes resultados obtenidos en las elecciones presidenciales de aquel año justificaba que el gobierno nacional intentara articular un proyecto abiertamente hegemónico; era lógico que quienes no aceptaban dicho avasallamiento se expresaran como lo hicieron el 23 de septiembre y el 8 de noviembre de 2012, entre otras fechas memorables. Por último, la sorpresiva y dudosa muerte del fiscal Nisman, tan conveniente para la entonces Presidenta, hizo aparecer el fantasma monstruoso de la muerte política, que ya creíamos desterrada desde el restablecimiento de la democracia hace 33 años; la marcha del "18F" fue, entonces, imponente, y estuvo entre los antecedentes de lo que, finalmente, se tradujo en la derrota oficialista en las elecciones de 2015.
Puede gustarnos o no; podemos estar a favor o en contra del gobierno nacional.
Pero lo que resulta claro es que no tiene hoy un nivel de amenaza real, ni el gobierno ni el sistema democrático, que justifique salir a la calle. Los enfrentamientos con los sindicatos, lógicos frente a cualquier cuestionamiento del statu quo, aún están lejos de tener características "desestabilizantes"; a lo que debe agregarse -y esto es evidente en el caso de los gremios docentes- que se inscriben en el marco, por un lado, de la interna peronista (dentro de la cual, el kirchnerismo no es más que una facción), y, por otro lado, de la pugna de la izquierda por arrebatar el poder sindical a "los Gordos", en la que los gestos valen más que los hechos (como siempre para la izquierda). Tampoco existe un ambiente de conspiración como contra De la Rua en 2001, en la que una liga de gobernadores peronistas entró en alianza con sectores disconformes de la propia coalición entonces gobernante, en un clima económico sumido en la depresión; Macri ha sabido llevarse bien con los gobernadores, en términos generales, y las disidencias en Cambiemos no son extremas y cuentan, en el peor de los casos, con la válvula de escape de las elecciones de medio término previstas para agosto y octubre.
Nadie dice que las cosas marchen de maravilla. Nadie niega que el gobierno ha incurrido en errores no forzados en materia política. Nadie desconoce que la salida de la crisis económica originada en el modelo kirchnerista resulta más lenta de lo que se esperaba o pueda soportarse.
No obstante, resulta peligroso dejarse ganar por la psicosis. No peligra la democracia, ni el gobierno, ni nada. Y si bien es cierto, como afirma el Presidente, que es bueno que la gente se exprese, también lo es que la dialéctica de la manifestación callejera resulta desgastante no sólo para los gobiernos, sino también para los que participan de ella, razón por la cual siempre conviene reservarla para circunstancias cuya gravedad la justifique.
miércoles, 30 de noviembre de 2016
Preso de una mentalidad
El gobierno nacional se debate entre los tironeos del liberalismo ortodoxo y los del populismo ramplón.
El primero le reprocha el tan mentado "gradualismo", la falta de decisión para llevar adelante medidas impopulares (pero necesarias), el mantenimiento de un alto gasto público para subsidiar la economía. Los planes sociales -esto es, el mantenimiento a expensas del Estado de personas particulares sin contraprestación de parte de ellas-, lejos de reducirse, se han ampliado, en virtud de que el gobierno anterior, pese a ser proclamadamente "nacional y popular", retaceaba su pago para disciplinar a los llamados "movimientos sociales"; terminada la voluntad política de tal disciplinamiento, el actual gobierno simplemente cumple con lo ya reglamentado, pero sin cuidarse de que los mismos movimientos que deben su subsistencia a dichos planes sociales están compuestos en su inmensa mayoría de opositores militantes. Esto ha llevado a que algunos de los "dirigentes sociales" hasta se den el lujo de reconocer que el gobierno actual les pasa más dinero, y que esperan que fracase políticamente; es decir: el gobierno. En síntesis: el gobierno no solo financia a su propia oposición, sino que financia a aquella parte de la oposición que reconoce estar trabajando para el fracaso del gobierno.
A esta ingenuidad -¿se la podrá llamar así?- se suma el hecho de que mantener el gasto público en los niveles actuales exige un esfuerzo fiscal que no permite bajar impuestos como se prometiera en campaña. Lo que conduce a la crítica de los analistas económicos más liberales, quienes, aún reconociendo un progreso por parte de la actual administración en cuanto a la apertura de la economía, ya acuñaron el término "PROpulismo" para definir a la política económica oficial, que parece no estar dispuesta a terminar definitivamente con el crecimiento indefinido del gasto público.
Pero, del otro lado, también recibe el gobierno la crítica de quienes quisieran seguir con la "fiesta" de los últimos años; fiesta que se financiara, tras el final del ciclo económico internacional positivo (el boom de la soja), con un desequilibrio económico tras otro: déficit fiscal crónico, emisión descontrolada, cepo cambiario, tarifas distorsionadas e inflación galopante y disimulada. El sinceramiento de tal situación, pese a no ser completo (eso también lo critican los economistas liberales), desnuda la precariedad de la política económica del gobierno anterior, que dejó en una situación delicada a la actual administración, que se vio obligada a desarmar la bomba de tiempo a través de medidas que, por no haberse tomado en su momento en forma gradual, tuvieron que ser drásticas hasta el límite de lo soportable: devaluación, aumento de tarifas, sinceramiento de estadísticas... Y con un gobierno que no pretende, ni puede darse el lujo de disimular las estadísticas, con lo que la inflación, la pobreza y el desempleo ya pueden verse sin el "maquillaje" al que recurría el kirchnerismo cuando tenía que sostener su relato.
Como los críticos de este sector piensan, lo hemos oído repetidamente, que el dinero crece en los árboles, no se privan de señalar al gobierno como responsable de un ajuste y un endeudamiento salvajes. Algunos, como los ex integrantes de los equipos económicos del gobierno anterior, hacen gala de un cinismo portentoso.
Lo cierto es que el gobierno nacional parece haber subestimado la situación económica heredada, y sobreestimado la reacción de los mercados frente a las primeras medidas económicas. La sensación de que el país sigue sin un plan (como ocurría en los años del kirchnerismo) corroe el único capital que importa para cualquier política económica: la confianza.
Las medidas que eran necesarias para normalizar la economía lógicamente generarían recesión; pero ésta se revertiría con una reactivación que viniera, no de la inyección de billetes sin respaldo, sino de las inversiones atraídas por una economía con reglas claras. Las reglas no parecen ser tan claras cuando el gobierno sigue gastando como si el mañana no existiera; la reactivación tarda en llegar, o llega más lentamente de lo necesario... y las elecciones de 2017 se acercan más rápido de lo que parece.
Los años electorales no son buenos para seguir ajustando. El gobierno lo sabe y eso lo tiene condicionado. Pero también es cierto que no puede seguir preso de una mentalidad, impuesta desde hace décadas en la Argentina, según la cual el papel económico del Estado es el de repartir beneficios y prebendas. Es el camino que, a lo largo de los últimos 70 años, ha ido corrompiendo al sector privado, desalentando la iniciativa individual y, en definitiva, empobreciendo al país.
El primero le reprocha el tan mentado "gradualismo", la falta de decisión para llevar adelante medidas impopulares (pero necesarias), el mantenimiento de un alto gasto público para subsidiar la economía. Los planes sociales -esto es, el mantenimiento a expensas del Estado de personas particulares sin contraprestación de parte de ellas-, lejos de reducirse, se han ampliado, en virtud de que el gobierno anterior, pese a ser proclamadamente "nacional y popular", retaceaba su pago para disciplinar a los llamados "movimientos sociales"; terminada la voluntad política de tal disciplinamiento, el actual gobierno simplemente cumple con lo ya reglamentado, pero sin cuidarse de que los mismos movimientos que deben su subsistencia a dichos planes sociales están compuestos en su inmensa mayoría de opositores militantes. Esto ha llevado a que algunos de los "dirigentes sociales" hasta se den el lujo de reconocer que el gobierno actual les pasa más dinero, y que esperan que fracase políticamente; es decir: el gobierno. En síntesis: el gobierno no solo financia a su propia oposición, sino que financia a aquella parte de la oposición que reconoce estar trabajando para el fracaso del gobierno.
A esta ingenuidad -¿se la podrá llamar así?- se suma el hecho de que mantener el gasto público en los niveles actuales exige un esfuerzo fiscal que no permite bajar impuestos como se prometiera en campaña. Lo que conduce a la crítica de los analistas económicos más liberales, quienes, aún reconociendo un progreso por parte de la actual administración en cuanto a la apertura de la economía, ya acuñaron el término "PROpulismo" para definir a la política económica oficial, que parece no estar dispuesta a terminar definitivamente con el crecimiento indefinido del gasto público.
Pero, del otro lado, también recibe el gobierno la crítica de quienes quisieran seguir con la "fiesta" de los últimos años; fiesta que se financiara, tras el final del ciclo económico internacional positivo (el boom de la soja), con un desequilibrio económico tras otro: déficit fiscal crónico, emisión descontrolada, cepo cambiario, tarifas distorsionadas e inflación galopante y disimulada. El sinceramiento de tal situación, pese a no ser completo (eso también lo critican los economistas liberales), desnuda la precariedad de la política económica del gobierno anterior, que dejó en una situación delicada a la actual administración, que se vio obligada a desarmar la bomba de tiempo a través de medidas que, por no haberse tomado en su momento en forma gradual, tuvieron que ser drásticas hasta el límite de lo soportable: devaluación, aumento de tarifas, sinceramiento de estadísticas... Y con un gobierno que no pretende, ni puede darse el lujo de disimular las estadísticas, con lo que la inflación, la pobreza y el desempleo ya pueden verse sin el "maquillaje" al que recurría el kirchnerismo cuando tenía que sostener su relato.
Como los críticos de este sector piensan, lo hemos oído repetidamente, que el dinero crece en los árboles, no se privan de señalar al gobierno como responsable de un ajuste y un endeudamiento salvajes. Algunos, como los ex integrantes de los equipos económicos del gobierno anterior, hacen gala de un cinismo portentoso.
Lo cierto es que el gobierno nacional parece haber subestimado la situación económica heredada, y sobreestimado la reacción de los mercados frente a las primeras medidas económicas. La sensación de que el país sigue sin un plan (como ocurría en los años del kirchnerismo) corroe el único capital que importa para cualquier política económica: la confianza.
Las medidas que eran necesarias para normalizar la economía lógicamente generarían recesión; pero ésta se revertiría con una reactivación que viniera, no de la inyección de billetes sin respaldo, sino de las inversiones atraídas por una economía con reglas claras. Las reglas no parecen ser tan claras cuando el gobierno sigue gastando como si el mañana no existiera; la reactivación tarda en llegar, o llega más lentamente de lo necesario... y las elecciones de 2017 se acercan más rápido de lo que parece.
Los años electorales no son buenos para seguir ajustando. El gobierno lo sabe y eso lo tiene condicionado. Pero también es cierto que no puede seguir preso de una mentalidad, impuesta desde hace décadas en la Argentina, según la cual el papel económico del Estado es el de repartir beneficios y prebendas. Es el camino que, a lo largo de los últimos 70 años, ha ido corrompiendo al sector privado, desalentando la iniciativa individual y, en definitiva, empobreciendo al país.
martes, 22 de noviembre de 2016
El cáncer del resentimiento
Algo que la Argentina se debe a sí misma como sociedad es la extirpación del cáncer del resentimiento.
No es que sea patrimonio exclusivo de los argentinos, ni mucho menos. Tampoco es un fenómeno nuevo. Pero hay algunos síntomas de que ha proliferado en los últimos años, hasta convertirse en un obstáculo serio para nuestro progreso como país.
Ya cansa ver a gente grande acusando a otros o sospechando de ellos por el solo hecho de tener más que ellos, ver a chicos en la escuela despreciar y perseguir a otros compañeros nada más que por considerarlos mejores alumnos, ver a las nenas haciéndole el vacío o incluso atacando a "la linda" del barrio, ver a dirigentes políticos o sociales fomentando el odio hacia quienes señalan como culpables de todos los males sin dar siquiera derecho a réplica. El que tiene es ladrón; el que sabe es soberbio; el que trabaja bien es trepador; el que progresa es un explotador; el que destaca es el enemigo... No se trata de hechos comprobados, sino de encasillamientos prejuiciosos: el encasillado es quien tiene que probar su inocencia, y no al revés.
¿Será que somos cada vez más mediocres? El mediocre recela del que, por sus virtudes personales, deja en evidencia su falta de voluntad de superación. Así, tiende a culparlo de sus males y a odiarlo por ello.
¿Será que la izquierda impone sus paradigmas? Las ideologías de izquierda han hecho del resentimiento un arma elemental de la praxis política. Basta leer a cualquiera de sus teóricos para entender el papel que el odio de clase, propagado convenientemente, hace fácil el triunfo de lugares comunes que se arraigan, casi sin darnos cuenta, en nuestros prejuicios.
¿Será que los políticos nos lo han inculcado? Nada mejor para tapar los propios errores que el encontrar "culpables" afuera. Las clases políticas argentinas (especialmente quienes gobernaron en los últimos 12 años) son especialistas en culpar a los Estados Unidos, al FMI, a la derecha, a los militares, a los empresarios, a la burocracia sindical, a Brasil, a las corporaciones, a los cipayos, a los buitres, a los ingleses, a Menem, a Grondona... y la lista sigue. No es que no haya culpas en los demás, pero la persistencia de nuestros problemas debieran hacernos reflexionar acerca de cuál es nuestra responsabilidad en ellos. Sin embargo, siempre es más fácil culpar al "otro", como bien recordaba Tato Bores. Y no ya culparlo, sino despreciarlo, odiarlo y perseguirlo.
Como sea, el resentimiento es una droga que adormece nuestro sentido de responsabilidad, personal y colectivo. Pero, peor aún, es un cáncer que corroe el tejido social, obstaculiza cualquier esfuerzo en favor del bien común y, finalmente, nos debilita como país. Porque una sociedad en la que sus integrantes se resienten unos con otros simplemente se vuelve vulnerable a que, como decía el Martín Fierro, la devoren los de afuera.
Es responsabilidad de los gobiernos no fomentar el resentimiento; más aún: buscar y poner los medios para cicatrizar las heridas de nuestra sociedad. Pero también es responsabilidad de cada uno de nosotros, ciudadanos, el extirpar este cáncer, a través de un cambio de actitudes personal.
No es que sea patrimonio exclusivo de los argentinos, ni mucho menos. Tampoco es un fenómeno nuevo. Pero hay algunos síntomas de que ha proliferado en los últimos años, hasta convertirse en un obstáculo serio para nuestro progreso como país.
Ya cansa ver a gente grande acusando a otros o sospechando de ellos por el solo hecho de tener más que ellos, ver a chicos en la escuela despreciar y perseguir a otros compañeros nada más que por considerarlos mejores alumnos, ver a las nenas haciéndole el vacío o incluso atacando a "la linda" del barrio, ver a dirigentes políticos o sociales fomentando el odio hacia quienes señalan como culpables de todos los males sin dar siquiera derecho a réplica. El que tiene es ladrón; el que sabe es soberbio; el que trabaja bien es trepador; el que progresa es un explotador; el que destaca es el enemigo... No se trata de hechos comprobados, sino de encasillamientos prejuiciosos: el encasillado es quien tiene que probar su inocencia, y no al revés.
¿Será que somos cada vez más mediocres? El mediocre recela del que, por sus virtudes personales, deja en evidencia su falta de voluntad de superación. Así, tiende a culparlo de sus males y a odiarlo por ello.
¿Será que la izquierda impone sus paradigmas? Las ideologías de izquierda han hecho del resentimiento un arma elemental de la praxis política. Basta leer a cualquiera de sus teóricos para entender el papel que el odio de clase, propagado convenientemente, hace fácil el triunfo de lugares comunes que se arraigan, casi sin darnos cuenta, en nuestros prejuicios.
¿Será que los políticos nos lo han inculcado? Nada mejor para tapar los propios errores que el encontrar "culpables" afuera. Las clases políticas argentinas (especialmente quienes gobernaron en los últimos 12 años) son especialistas en culpar a los Estados Unidos, al FMI, a la derecha, a los militares, a los empresarios, a la burocracia sindical, a Brasil, a las corporaciones, a los cipayos, a los buitres, a los ingleses, a Menem, a Grondona... y la lista sigue. No es que no haya culpas en los demás, pero la persistencia de nuestros problemas debieran hacernos reflexionar acerca de cuál es nuestra responsabilidad en ellos. Sin embargo, siempre es más fácil culpar al "otro", como bien recordaba Tato Bores. Y no ya culparlo, sino despreciarlo, odiarlo y perseguirlo.
Como sea, el resentimiento es una droga que adormece nuestro sentido de responsabilidad, personal y colectivo. Pero, peor aún, es un cáncer que corroe el tejido social, obstaculiza cualquier esfuerzo en favor del bien común y, finalmente, nos debilita como país. Porque una sociedad en la que sus integrantes se resienten unos con otros simplemente se vuelve vulnerable a que, como decía el Martín Fierro, la devoren los de afuera.
Es responsabilidad de los gobiernos no fomentar el resentimiento; más aún: buscar y poner los medios para cicatrizar las heridas de nuestra sociedad. Pero también es responsabilidad de cada uno de nosotros, ciudadanos, el extirpar este cáncer, a través de un cambio de actitudes personal.
martes, 15 de noviembre de 2016
La Bella y la Bestia
En las últimas elecciones en los Estados Unidos se han producido una serie de fenómenos interesantes.El primero es una notable polarización y toma de posición de los medios y la intelligenza progresista, que mostraron, casi al unísono, al candidato finalmente ganador como una suerte de monstruo, una bestia que acabará con todo aquello en lo que creemos y esperamos en occidente. No exagero: pocas veces se ha visto en los Estados Unidos una campaña en términos tan lapidarios para con un candidato, a quien se ha impugnado, vituperado y atacado en toda forma hasta el paroxismo; artistas, intelectuales, periodistas, políticos y hasta el mismo presidente norteamericano se refirieron a Donald Trump en términos directamente injuriosos e insultantes. Al punto que tanta histeria sugería, seguramente sin proponérselo, que las posibilidades de victoria del candidato eran (resultó ser así) más altas de lo que se pretendía.
Para todos los observadores, norteamericanos o extranjeros, la elección no era entre dos candidatos cualquiera, sino entre la bella y la bestia del cuento.
El segundo de los fenómenos es que, justamente, el triunfador lo es a pesar de semejante campaña.
Sí, es cierto: la candidata demócrata habría obtenido unos 200 mil votos más. Pero, si se tiene en cuenta que el padrón de votantes fue de unos 120 millones de votantes, la diferencia resulta menor al 0,2%; a lo que debe agregarse que el padrón, por ser voluntario el voto, no representa a la totalidad de los votantes en condiciones de votar. Esto es, la diferencia a favor de Clinton está lejos de poder deslegitimar la victoria del candidato republicano. Estas situaciones dan pie al debate en Estados Unidos acerca del sistema indirecto de elección presidencia; pero en 2000, Gore sacó 500 mil votos más que Bush, una diferencia mayor que la de este año, aún así perdió, y el sistema no se modificó.
Volviendo al tema, Trump ganó sorpresivamente, no sólo contra todo pronóstico, sino contra toda expresión de deseo.
Nuestro país no fue ajeno a estas especulaciones; el mismísimo gobierno nacional, con dudoso criterio estratégico, apostó públicamente al triunfo de la candidata demócrata. Fueron pocos y no tuvieron mucha trascendencia en nuestro medio, quienes apuntaron el alto grado de impopularidad de Clinton (similar al de Trump) y la desesperación en la que la campaña demócrata terminó embarrándose, más allá de los escándalos y operaciones sucias que abundaron en ambos bandos (al parecer, más que de costumbre).
El tercero de los fenómenos es el de la incertidumbre respecto del futuro de la nación todavía más poderosa del planeta y las consecuencias que esta elección presidencial tendrá para el resto del mundo; incertidumbre que quizás se vaya despejando en el curso de los próximos dos o tres meses, pero que también resulta históricamente infrecuente. Parafraseando a Tato Bores: "íbamos a ganar nosotros los demócratas,... y terminamos ganando nosotros los republicanos". La economía y la política globales han quedado medio en off side por haber calculado la victoria de la "bella" y encontrarse finalmente frente a la "bestia". Nadie, salvo la izquierda más radicalizada, parece saber cómo reaccionar exactamente frente al fenómeno y cómo proceder en adelante.
No seamos ingenuos. Ninguno de los dos candidatos daba el perfil de estadista que los Estados Unidos exige y añora. La administración Obama deja muchas cuentas pendientes aún para los propios demócratas, y su candidata no prometía sino ser más de lo mismo. El candidato republicano, por su lado, no tuvo empacho en usar y abusar de su imagen de energúmeno mediático, lo que no sólo asustó a los extraños, sino también a los propios. Como bien resumió Nik en su viñeta de los domingos en el diario La Nación: ella no decía lo que pensaba y el no pensaba lo que decía.
El electorado norteamericano prefirió el cambio, aunque se lo pintaran tan extravagante como Trump.
Lo demás es especulación ideológica, bastante frívola hasta donde se puede apreciar.
La bella no resultó ser tan bella. El tiempo dirá si la bestia es tan bestia.
lunes, 26 de septiembre de 2016
El dinero no crece en los árboles
En la actual discusión alrededor de los subsidios del Estado a los servicios públicos (particularmente a la electricidad y el gas) parece olvidarse, a juzgar por el discurso de algunos, que el dinero no crece en los árboles.
Me explico: cuando se le pide al Estado que se haga cargo de algo -que estatice un servicio público, que expropie algo, que subsidie tarifas, que asuma el sostenimiento de alguien, etc.-, se le está pidiendo que gaste dinero en ese compromiso.
Al igual que un particular, el Estado puede utilizar dinero propio o prestado. El dinero propio del Estado es el que recauda con los impuestos. El dinero prestado es el que le proporcionan los bancos o el mercado, a través de empréstitos, bonos, etc.; dinero que, como prestado que es, el Estado se compromete a devolver en algún momento, con intereses.
Pero, a su vez, el Estado puede tener (es el caso de nuestro Estado nacional) la facultad de imprimir dinero. Pero el dinero impreso, en cualquier economía del mundo, representa el conjunto de bienes y servicios que esa economía produce: si tenemos una economía que produce 1000, tendremos que tener un total de dinero circulante por 1000. Por esta razón, si se imprime más dinero sin que la economía crezca en igual proporción, esa relación se desbalancea: tendremos, por ejemplo, una economía que produce 1000 y un circulante por 1100. Así inicia el proceso de la inflación, en términos muy generales, que se va retroalimentando en un círculo vicioso donde la desconfianza en el valor de la moneda va haciendo escalar los precios de los bienes y servicios en forma desproporcionada: la economía real crece un ritmo menor (o, incluso, decrece) que el dinero que la representa. Los argentinos sabemos cómo termina el proceso: la hiperinflación de 1989 es el ejemplo histórico más traumático; pero en menor escala hemos padecido cómo la inflación se come nuestros ingresos y nos empuja a una carrera en la que lo importante es gastar, sacarse de encima la moneda sin valor, y el ahorro (origen de la inversión) brilla por su ausencia. La inflación, en los hechos, se comporta como el más cruel de los impuestos, porque el Estado, a través de la emisión, ya no financia nada más que su propia ineficiencia.
Esto dicho en términos más que generales y primarios. Los detalles y matices no vienen al caso, y los puede ilustrar cualquier economista mínimamente leído.
Lo cierto es que, sea por la vía de los impuestos, por la vía del crédito, o por la vía de la emisión (inflación), el costo de que el Estado se haga cargo de cualquier aspecto de la economía lo terminamos pagando todos. Con un ejemplo: cuando una aerolínea privada da pérdidas, son sus dueños quienes salen perdiendo; cuando la que da pérdidas es Aerolíneas Argentinas, somos todos los argentinos quienes asumiremos el quebranto; sea porque deberemos pagar más impuestos, sea porque nuestros hijos deberán pagar los créditos que hoy se tomen para compensar las pérdidas, sea porque sufriremos todos la inflación que produzca la emisión monetaria para tapar el agujero.
Por ello es tan grave la corrupción estatal: el dinero que va a parar a los bolsillos del funcionario corrupto es un costos que el Estado deberá compensar a expensas de los gobernados.
Por ello no es tan simple, ni tan patriótico, expropiar empresas de servicios públicos: los servicios que terminan siendo "nuestros", son los que financian sus eventuales quebrantos a expensas nuestras; y el Estado argentino ha dado históricas muestras de ineficiencia en el manejo de las empresas públicas. Peor aún: no pocas veces, supuestas gestas por la soberanía nacional encubren ambiciones de funcionarios, políticos y sindicalistas, ávidos de hacerse con recursos privados para poder financiar sus propias carreras políticas (cuando no llenar, directamente, sus cajas fuertes).
Por ello, también, resultan engañosos los subsidios: lo que se paga de menos por un lado, se termina pagando de más por otro; y de manera más inequitativa aún, si se tiene en cuenta que, como ha sucedido en nuestro país, los subsidios fueron orientados a sectores de la población determinados con el fin, no de compensar el menor poder económico, sino de ganar o conservar el favor electoral.
Y no: no son los ricos quienes más se perjudican con estos desmanejos del dinero público. Los ricos tienen más recursos para poner en resguardo sus bienes. Son los pobres los que no tienen alternativa, quienes terminan pagando los alimentos más caros, quienes no pueden evadir el IVA, quienes no tienen forma de ahorrar porque deben utilizar todos sus ingresos para subsistir.
No seamos ingenuos: el dinero del Estado no crece en los árboles, no sale de un caldero mágico sin fondo que todo lo puede y a todos alcanza. Sale de nuestro esfuerzo... o de nuestro bolsillo... y somos nosotros, cuanto más pobres peor, los que terminamos pagando la fiesta.
Me explico: cuando se le pide al Estado que se haga cargo de algo -que estatice un servicio público, que expropie algo, que subsidie tarifas, que asuma el sostenimiento de alguien, etc.-, se le está pidiendo que gaste dinero en ese compromiso.
Al igual que un particular, el Estado puede utilizar dinero propio o prestado. El dinero propio del Estado es el que recauda con los impuestos. El dinero prestado es el que le proporcionan los bancos o el mercado, a través de empréstitos, bonos, etc.; dinero que, como prestado que es, el Estado se compromete a devolver en algún momento, con intereses.
Pero, a su vez, el Estado puede tener (es el caso de nuestro Estado nacional) la facultad de imprimir dinero. Pero el dinero impreso, en cualquier economía del mundo, representa el conjunto de bienes y servicios que esa economía produce: si tenemos una economía que produce 1000, tendremos que tener un total de dinero circulante por 1000. Por esta razón, si se imprime más dinero sin que la economía crezca en igual proporción, esa relación se desbalancea: tendremos, por ejemplo, una economía que produce 1000 y un circulante por 1100. Así inicia el proceso de la inflación, en términos muy generales, que se va retroalimentando en un círculo vicioso donde la desconfianza en el valor de la moneda va haciendo escalar los precios de los bienes y servicios en forma desproporcionada: la economía real crece un ritmo menor (o, incluso, decrece) que el dinero que la representa. Los argentinos sabemos cómo termina el proceso: la hiperinflación de 1989 es el ejemplo histórico más traumático; pero en menor escala hemos padecido cómo la inflación se come nuestros ingresos y nos empuja a una carrera en la que lo importante es gastar, sacarse de encima la moneda sin valor, y el ahorro (origen de la inversión) brilla por su ausencia. La inflación, en los hechos, se comporta como el más cruel de los impuestos, porque el Estado, a través de la emisión, ya no financia nada más que su propia ineficiencia.
Esto dicho en términos más que generales y primarios. Los detalles y matices no vienen al caso, y los puede ilustrar cualquier economista mínimamente leído.
Lo cierto es que, sea por la vía de los impuestos, por la vía del crédito, o por la vía de la emisión (inflación), el costo de que el Estado se haga cargo de cualquier aspecto de la economía lo terminamos pagando todos. Con un ejemplo: cuando una aerolínea privada da pérdidas, son sus dueños quienes salen perdiendo; cuando la que da pérdidas es Aerolíneas Argentinas, somos todos los argentinos quienes asumiremos el quebranto; sea porque deberemos pagar más impuestos, sea porque nuestros hijos deberán pagar los créditos que hoy se tomen para compensar las pérdidas, sea porque sufriremos todos la inflación que produzca la emisión monetaria para tapar el agujero.
Por ello es tan grave la corrupción estatal: el dinero que va a parar a los bolsillos del funcionario corrupto es un costos que el Estado deberá compensar a expensas de los gobernados.
Por ello no es tan simple, ni tan patriótico, expropiar empresas de servicios públicos: los servicios que terminan siendo "nuestros", son los que financian sus eventuales quebrantos a expensas nuestras; y el Estado argentino ha dado históricas muestras de ineficiencia en el manejo de las empresas públicas. Peor aún: no pocas veces, supuestas gestas por la soberanía nacional encubren ambiciones de funcionarios, políticos y sindicalistas, ávidos de hacerse con recursos privados para poder financiar sus propias carreras políticas (cuando no llenar, directamente, sus cajas fuertes).
Por ello, también, resultan engañosos los subsidios: lo que se paga de menos por un lado, se termina pagando de más por otro; y de manera más inequitativa aún, si se tiene en cuenta que, como ha sucedido en nuestro país, los subsidios fueron orientados a sectores de la población determinados con el fin, no de compensar el menor poder económico, sino de ganar o conservar el favor electoral.
Y no: no son los ricos quienes más se perjudican con estos desmanejos del dinero público. Los ricos tienen más recursos para poner en resguardo sus bienes. Son los pobres los que no tienen alternativa, quienes terminan pagando los alimentos más caros, quienes no pueden evadir el IVA, quienes no tienen forma de ahorrar porque deben utilizar todos sus ingresos para subsistir.
No seamos ingenuos: el dinero del Estado no crece en los árboles, no sale de un caldero mágico sin fondo que todo lo puede y a todos alcanza. Sale de nuestro esfuerzo... o de nuestro bolsillo... y somos nosotros, cuanto más pobres peor, los que terminamos pagando la fiesta.
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