¿Por qué 40 minutos?

Porque, si tuviera más tiempo, escribiría más largo.

lunes, 25 de enero de 2016

Justicia se busca

Los pedidos de Justicia son un "clásico" de la política. Desde la izquierda y la derecha, pedir justicia siempre fue (y es) un modo sencillo de convocar a la protesta, a ganar la calle.
Dos aclaraciones. Una: el análisis no pretende ser peyorativo; más allá de la buena fe o las intenciones últimas de toda reclamación, el solo hecho de poder reclamar justicia es, en sí mismo, justo, apropiado a nuestra condición de hombres libres, y más aún en un régimen republicano y democrático. Otra: cuando hablamos de "reclamar justicia", nos referimos no a la justicia en general (la vigencia del Estado de Derecho), sino a la justicia en particular, a que se haga justicia en tal o cual caso.
Justicia por los desaparecidos, justicia por los presos políticos, justicia por los atentados contra la Embajada de Israel y contra la AMIA, justicia por Cabezas, justicia por Kosteki y Santillán, justicia por Axel Blumberg, justicia por Cromagnon, justicia por la tragedia de Once, justicia por Nisman... Y puede seguirse hasta el infinito.
Sin embargo, siempre que pedimos "Justicia" tenemos que atenernos a los límites que el propio Estado de Derecho nos impone.
Por un lado, que la justicia es para todos. No puede confundirse justicia con venganza. Resulta trágico que, cuando los vientos políticos cambian, haya quienes hablen de justicia para justificar la retorsión: como si aquel cambio de tendencia fuera el aval para devolver mal por mal. "Ahora les toca a ustedes", se argumenta, sin hacerse cargo de que la justicia supone equilibrio; su balanza debe equilibrarse, y no inclinarse hacia un lado o hacia el otro. Reclamar justicia supone exigir ese equilibrio, no una mera satisfacción de la propia ofensa. "Que vayan todos presos", se dice; y debiera agregarse "si así corresponde legalmente y cumpliendo con las exigencias de la misma ley".
Por otro lado, también el sistema republicano impone el límite de la división de poderes. La pretensión de justicia con frecuencia se dirige al poder equivocado. No son nuestros gobernantes (entendiendo por tales a quienes integran el Poder Ejecutivo) ni nuestros legisladores quienes deben hacer justicia, sino los jueces; y siempre asumiendo que tal justicia puede no identificarse, ni total ni necesariamente, con nuestros personales deseos.
Es evidente que, vista con esta perspectiva, la justicia posible puede resultarle, a más de uno, una "pobre justicia". Pero es lo que los hombres, limitados como somos, podemos ofrecer. Quienes estén más abiertos a la trascendencia pueden esperar otra Justicia, definitiva. Pero ella no es de esta tierra, ni de este tiempo.

lunes, 23 de noviembre de 2015

La Argentina que cambia

Una anécdota personal: mi tío, ya mayor y con sus achaques, sin obligación (por su edad) de votar, sale del cuarto oscuro con su andador y su voto, para ir a depositarlo en la urna; la providencia quiso que su hijo menor, mi primo, fuera el presidente de la mesa. Su nieto grabó el video del momento y lo publicó en Facebook, con palabras de admiración para el ejemplo cívico de su abuelo. Todos sabemos a quién votó y porqué.
Quienes hemos sido fiscales o autoridades de mesa podemos dar fe de que este ejemplo de mi tío se repitió muchas veces, tanto el 25 de octubre como ayer. Fueron muchas las personas mayores o discapacitadas que se sobrepusieron a sus limitaciones porque querían ir a votar un nuevo presidente. Esto explica, en parte, la mayor afluencia de votantes, por encima del promedio histórico en ambas vueltas estas últimas elecciones.

Quienes militamos en la coalición finalmente ganadora de las elecciones nacionales podemos también dar fe de la inmensa cantidad de gente que se ofreció para fiscalizar las elecciones, especialmente tras el escándalo del fraude en las elecciones tucumanas de agosto.
No fue sólo la mala imagen del candidato oficialista, ni la buena imagen de la gobernadora electa, ni la mala gestión del gobernador saliente, las causas de que la provincia de Buenos Aires cambiara de signo político tras 28 años de gobiernos peronistas. No habría sido posible sin el compromiso y la dedicación de miles de fiscales que se volcaron a controlar la transparencia de una elección que, en otras condiciones, habría sido fácilmente manipulable por el aparato de los llamados "barones del conurbano". Como diría la Presidenta, no fue magia.

Compromiso para votar; compromiso para fiscalizar. Esto no es el final de nada. Es apenas el comienzo de una Argentina cuya ciudadanía da señales de empezar a cambiar, más allá de las frases de campaña.

Ahora viene lo más difícil, lo más importante, y lo más apasionante.
Ahora tendrán, quienes recibieron nuestro apoyo, que dar cuenta de la responsabilidad que les encomendamos con nuestro voto. Ahora tendremos, como ciudadanos, la obligación de ayudar y poner el hombro, pero también de exigir y fiscalizar, no ya una elección, sino a nuestros gobernantes.
Ahora vienen horas difíciles para la Argentina y todos, gobernantes y gobernados, debemos estar a la altura del desafío.

Y quienes acompañamos la campaña del vencedor no podemos bajar los brazos ni abandonarnos al fanatismo que, hasta hoy, combatimos. Tenemos que organizarnos con la mira puesta no sólo en apoyar políticamente el cambio que ya llegó, sino en acompañarlo racionalmente, con sentido común y también espíritu crítico, para generar una dirigencia que sirva a la Argentina y la saque de la decadencia a la que nos llevaron décadas de dirigentes mediocres.

El cambio empezó. Queda mucho por delante.

¡Telón!

Un colega compañero de trabajo, ya fallecido, cuando cerraba su relato de cómo pensaba que se desarrollarían los hechos, recurría a una metáfora teatral: en lugar de elaborar alguna conclusión compleja, simplemente decía "¡telón!".

La sensación que todos tuvimos anoche, pienso, respecto del ciclo de 12 años de kirchnerismo fue la misma: ¡telón! Como al terminar La Traviata: el escenario triste, Violeta muriendo en brazos de Alfredo, nada más hay que decir, baja el telón.
Así termina el kirchnerismo: con un candidato que siempre estuvo extraviado, una Presidenta desaparecida de la escena, como para no tener que asumir la derrota, y una militancia que llora lo que entiende, si es con buena fe, como el fin de un sueño.
Pero también con un país cuya economía está peligrosamente desequilibrada, con una destrucción institucional pocas veces vista, con un nivel de pobreza que no se condice con una década de crecimiento a "tasas chinas", con crisis energética, con una grave división social, con el narcotráfico instalado, y con una larga lista de etcéteras negativos, entre los que no es el menor una poderosa sospecha de que los últimos 12 han sido los años de más corrupción gubernamental; sospecha esta alimentada por la actitud del propio gobierno que, lejos de desmentir las denuncias, sólo ha buscado descalificar, cuando no perseguir, a los denunciantes y controlar el aparato judicial destinado a investigar y juzgar las denuncias.

Desde este blog hemos hecho muchas veces la crítica, a veces catártica, del régimen que nos gobernó estos últimos 12 años. Ya no vale la pena seguir criticando. La mayoría del país se ha dado cuenta de lo que pasó, de lo que pasa y de lo que podría pasar si seguíamos así; y votó un cambio.
Tampoco vale la pena, y sería seguir en el mismo régimen, salir a tomar revancha de quienes, durante 12 años, nos han descalificado, vituperado, humillado, menospreciado y perseguido por tener el atrevimiento de pensar distinto, de criticar, de considerar siquiera que al país podría convenirle otra cosa que no fuera el diktat monocorde del kirchnerismo.
Ya pasó. Como ya se está leyendo en las redes sociales, hay que sanar. Lo otro es ser tan energúmenos como quienes detentaron hasta hoy el poder. Y, además, no hay tiempo para revanchas: hay mucho para reparar en la Argentina.

Es de esperar que estos tres periodos (y medio, porque N. Kirchner asumió como presidente provisional el 25 de mayo de 2003) de gobierno nacional nos hayan hecho escarmentar sobre algunas cosas.
Nos hayan hecho entender que el equilibrio de poderes no es una frivolidad del constitucionalismo liberal, sino una barrera para contener la tiranía.
Nos hayan hecho apreciar que el respeto de la propia libertad tiene el precio de respetar la libertad que el otro tiene, también para equivocarse.
Nos haya hecho aceptar que no hay salvadores mesiánicos, ni soluciones mágicas, ni recetas infalibles, ni causa alguna que justifique demonizar a otro argentino.
Es de esperar que hayamos aprendido la lección, y baje definitivamente el telón de 12 años de equivocaciones.

jueves, 22 de octubre de 2015

Porqué lo voto

Porque sabe administrar, sin prejuicios ideológicos.
Porque sabe rectificar cuando se equivoca.
Porque no desprecia al que piensa distinto ni alimenta el odio hacia nadie.
Porque no le echa la culpa a los demás de sus propios errores.
Porque no es cínico, ni narco, ni improvisado.
Porque no demoniza.
Porque las diferencias que tengo con él sé que puedo discutirlas sin temor a ser perseguido.
Porque lo cortés no quita lo valiente, y nunca fue K.
Porque no quiero más kirchnerismo (sectarismo, patota, improvisación, chantada, latrocinio, narcotráfico) para mi patria.
Porque no hay otra forma de forzar el balotaje.
Porque no quiero ganar yo, sino que gane la Argentina; y sólo gana si se termina el kirchner-cristinismo.
Porque no compro los estereotipos de la izquierda y me guío por lo que mis propios ojos ven.
Porque es hora de que nos hagamos cargo del futuro, en lugar de que otros nos lo solucionen.
Porque, si pierde, quiero quedarme tranquilo sabiendo que hice todo para que las cosas cambiaran.
Por eso

jueves, 3 de septiembre de 2015

¿Dónde está Dios?

Alguno me pregunta: ¿Dónde está Dios?
El mundo se vuelve más cruel cuanto más se aleja de Dios.
Mejor sería preguntar a dónde fue que lo echamos.
No culpemos a Dios de la maldad.
Él nos hizo libres, y con nuestra libertad podemos hacer el bien, o el mal. Él prefiere dejarnos obrar las aberraciones más grandes antes que forzarnos a hacer el más mínimo bien. Quiere que lo amemos libremente, no nos obliga; aunque esto suponga correr el riesgo de que lo rechacemos. Por eso no podemos separar nuestra libertad de nuestra responsabilidad.
No culpemos a Dios de nuestras miserias. Somos nosotros los que, con el fanatismo, con la guerra, con el odio, con la indiferencia, matamos a Aylan. Somos nosotros los que nos olvidamos del mandamiento divino del amor.
Dios, en su Providencia, se sirve hasta de las mayores atrocidades para sacar bienes: quizás el sacrificio de Aylan sirva para remover las conciencias de Europa y de sus líderes para que no haya más refugiados muertos; quizás se conmuevan nuestros corazones para ayudar, cada uno en la medida de sus posibilidades, a quienes huyen de la miseria, la guerra y la persecución. El cielo de Aylan será seguramente más hermoso que el nuestro, si llegamos; y no llegaremos si no aprendemos la lección que su muerte encierra.
Dios, en su Misericordia, perdona al que se arrepiente de corazón, por grande que sea el mal que haya cometido. Por eso Francisco impulsa un jubileo de la misericordia, para convertirnos, para pedir perdón, para volver a Dios.
Porque también Dios nos juzgará... a todos.

jueves, 21 de mayo de 2015

Farenheit 451

Recuerdo que, al empezar el ingreso a la facultad (hace 28 años), nos pidieron que leyéramos "Farenheit 451" de R. Bradbury. En esta novela se plantea lo que hoy llamaríamos una "distopía": la sociedad mediatizada, abocada al entretenimiento, y los libros como una especie en extinción; más: como una especie perseguida, porque los bomberos, no pudiendo apagar el fuego de los edificios (todos ignífugos), están dedicados a quemar libros, porque éstos hacen sufrir a la gente. Precisamente la historia gira en torno a un bombero, Guy Montag, que, a partir de ciertas experiencias, empieza a reflexionar acerca del sentido de lo que hace.
Nos hicieron leer este libro, decía, por ser una interesante mirada de atención sobre el proceso de "superficialización" de las masas. Hoy hablaríamos, en la Argentina, de "tinellización". En aquel entonces devoré el libro, que me pareció en cierto modo profético.

Hoy leía un brillante artículo de E. Valiente Noailles en La Nación, en el que el autor plantea que la mayoría de la sociedad argentina parece no tolerar la verdad. Se refería, concretamente, a la aparición de los principales precandidatos presidenciales en el programa de Tinelli, y de como el discurso político ha sido reemplazado, modernamente, por la apariencia mediática; no tanto como una estrategia de marketing de los candidatos, cuanto por una real demanda del público, que parecería preferir tener anestesiado su intelecto antes que enfrentar la realidad.
Inmediatamente me evocó el libro de Bradbury, en el que Montag tenía tres paredes de su sala de estar cubiertas por la televisión, y la mayor aspiración de su mujer, Mildred, era completarla en la cuarta pared. Obsesionadas por el circo televisivo, que trivializa hasta lo más sagrado, Mildred y sus amigas charlan acerca de cuál sería el mejor candidato para las próximas elecciones, de acuerdo a si es más o menos buen mozo, sin importar lo que tenga para decir o aportar. Los hombres del tiempo de Montag viven sumergidos en una liviandad intelectual de tal magnitud, que les impide ver la amenaza real e inminente de una ominosa guerra que arrasará con todo.
Si hace casi treinta años este libro me pareció profético, ahora me resulta pavorosamente actual: candidatos más pendientes de la imagen que de las propuestas, opinión pública incapaz de sostener reclamaciones más allá de la emoción del momento, medios masivos aprovechando sin escrúpulos la sed de circo de la audiencia, y una inconfesable necesidad general de evadirnos de la realidad.

¿Vivimos, también nosotros, mediatizados hasta la estupidez?

martes, 19 de mayo de 2015

Cada vez menos, y más viejos

Recientemente leía un artículo sobre el envejecimiento poblacional de la Argentina. El artículo apunta a las consecuencias económicas, dando por hecho que algo habrá que hacer para prepararse para un futuro no muy lejano en términos de país (20-50 años), en el que seremos menos, más "viejos" y con más dificultades para sostener nuestro sistema previsional. Nada muy diferente de lo que ha ocurrido en Europa occidental en los últimos 50 años, salvo porque a nuestro país esta situación lo agarra "a contrapierna" (en términos futbolísticos): sin cultura del ahorro, sin políticas de largo plazo, sin siquiera la preocupación por el tema de parte de una dirigencia política que vive y gobierna pensando, únicamente, en las próximas elecciones.

Lo que el artículo no cuestiona es la raíz del problema: ¿por qué somos cada vez menos, y más viejos, en un país en el que todavía está todo por hacerse? La respuesta es incómoda, porque nos interpela a todos de manera muy íntima: tenemos miedo de tener más hijos.
Tenemos miedo porque cada hijo es una responsabilidad, y vivimos en una cultura que nos enseña que la libertad consiste en no asumir responsabilidades, al punto que la educación sexual se orienta a enseñar a evitar los hijos.
Tenemos miedo porque vemos a cada hijo como un recorte a nuestro bienestar, sumidos además en una economía cuyas inestabilidades desalientan la generosidad.
Tenemos miedo porque no tenemos el más mínimo interés de salir de nuestro statu quo, de nuestra comodidad, de nuestro egoísmo, de nuestra cobardía; y cada hijo es una aventura nueva.
Una sociedad que le tiene miedo a los hijos está condenada a la extinción. Los europeos están reaccionando lentamente, al ver que los lugares que dejan los nativos son ocupados por inmigrantes (muchísimos de religión y cultura islámica) que no tienen miedo a tener hijos, y que todavía asumen la paternidad y la maternidad como el fenómeno natural, lógico y deseable que es para la subsistencia del género humano. En muchos países de la Unión Europea se toman medidas que buscan alentar el crecimiento demográfico; a tal punto que el difunto ex presidente socialista de Francia, François Mitterrand, fue también un reconocido natalista.

Que los chinos se hagan problema por el crecimiento poblacional puede ser entendible (1200 millones de habitantes), aunque sus políticas totalitarias en la materia sean repudiables. Pero que en la Argentina, con 14,4 hab/km², tengamos "reparos demográficos" resulta casi ridículo.
Hacen falta, por el contrario, políticas que alienten la natalidad, así como la estabilidad de las familias para favorecer el desarrollo de los chicos, que garanticen la nutrición básica y el acceso al agua potable y a los servicios más elementales para generar ambientes propicios para el crecimiento, que garanticen una educación de calidad que permita capacitar nuevas generaciones que estén en mejor forma para sacar adelante a la Argentina.

Si seguimos pensando que todo es cuestión de repartir dinero (sobre todo si es ajeno), que la responsabilidad del país que viene siempre es del otro, vamos mal. Terminaremos pensando -hay muchos que así lo hacen- que la mejor forma de acabar con la pobreza es evitar que nazcan pobres, y que éstos lo son porque tienen muchos hijos. Seguiremos siendo cada vez menos, estaremos cada vez más viejos, y las generaciones que nos sucedan nos mirarán con recelo, porque, así como ahora vemos a los hijos como un lastre indeseable, como un límite a nuestra realización personal, ellos nos mirarán a los viejos (y a los enfermos) como una carga cada vez más insoportable. En Europa también se ve; no por nada prolifera igualmente la eutanasia.