¿Por qué 40 minutos?
miércoles, 17 de diciembre de 2014
Un escarmiento que truene
No está mal.
Pero cabe reflexionar acerca de si los argentinos seremos capaces de escarmentar respecto de la elección de nuestros gobernantes. Escarmentar como escarmentamos alguna vez del recurso sistemático al golpe de Estado como herramienta habitual del poder y la política. Desde 1983 hemos hecho muchas cosas mal, pero esa no. La prueba está en que la crisis de finales de 2001 se resolvió por cauces institucionales; un poco a los golpes, es cierto, pero por cauces institucionales al fin.
¿Escarmentaremos, con un escarmiento que truene, sobre seguir eligiendo dirigentes mesiánicos que solo buscan enriquecerse a expensas del pueblo? ¿Seremos capaces de quebrar esa inercia que nos lleva a sostener al malo conocido en pos de la "gobernabilidad"? ¿Podremos gritar "nunca más" un gobierno de chantas, nunca más un gobierno de gente que nos mienta cínicamente, nunca más un gobierno que alardee sin pudor de su propia corrupción, nunca más un gobierno que persiga a sus críticos, nunca más un gobierno que manipule y desobedezca a la ley?
Será mejor que reflexionemos, falta poco para demostrarlo. Apenas diez meses.
viernes, 12 de diciembre de 2014
En Cuba no se consigue
La satisfacción "progre" viene porque el asunto desnuda la brutalidad de que es capaz el "Imperio" en su afán por consolidar su poder y dominación. Confirma todos los prejuicios respecto de los Estados Unidos en general, y de la administración republicana en particular. Es un "¿vieron que teníamos razón?" orientado a mostrar lo malo que es el mundo capitalista y, de paso, lo bueno que es enfrentarlo, contradecirlo, desafiarlo y despreciarlo; en este caso, en nombre de los derechos humanos. Al punto que no faltará quien se justifique las atrocidades de grupos extremistas o terroristas con el argumento de que los poderosos del norte fueron los que empezaron, o que "ellos también son terroristas".
Es evidente que un escándalo de esta magnitud, que no sorprende sino que confirma las sospechas que ya se tenían, deberá ser objeto de una investigación profunda y de un castigo ejemplar. Pero, si bien no es santo de mi devoción, estoy de acuerdo con Thomas Friedman cuando dice, bien que con cierta arrogancia, que Estados Unidos sigue siendo mejor que quienes los quieren destruir.
-¿Por qué, Tulián? -dirá el lector- ¿Ahora sos "pro yanqui"?
En realidad, el caso debería preocupar a los fanáticos de la izquierda empeñados en mostrar que el "eje del mal" pasa por Washington, porque el hecho mismo de que una comisión del Congreso de los Estados Unidos haya desnudado las miserias de su propio servicio de inteligencia habla mejor de los norteamericanos que de quienes los impugnan.
Cuesta pensar, en efecto, que algún órgano de La Habana se decida, no ya a denunciar, sino tan solo a investigar las violaciones a los derechos humanos en el resto de la isla, fuera de Guantánamo, que vienen siendo denunciadas por centenares de miles de cubanos exiliados desde hace más de 50 años. Del mismo modo que es inimaginable la existencia de alguna voluntad investigadora en Pekín para descubrir la verdad acerca de las persecuciones políticas y religiosas, las represiones brutales de manifestaciones democráticas o la estricta censura a la que está sometido el pueblo chino.
Y es que la denuncia de violaciones a los derechos humanos sólo es posible en regímenes republicanos y democráticos -realmente democráticos-, donde las libertades son respetadas y los poderes del gobierno se contrapesan, limitan y controlan unos a los otros. No en sociedades donde se instituye el totalitarismo, aunque sea en nombre de la justicia social -generalmente es así: los totalitarismos están convencidos de su propia "bondad"-, no con gobiernos que descalifican y buscan acallar o perseguir a las voces críticas, señalándolas como traidoras a la patria.
¿Por qué será que los mismos que levantan el dedo para acusar a los Estados Unidos por los crímenes que su propio gobierno está denunciando, son maestros en inventar excusas o minimizar los delitos de los populismos locales, tan afectos a disfrazar la verdad y trasladar las responsabilidades a los demás?
Así como es loable que una persona reconozca su propio error y pida perdón, también lo es que un gobierno se haga cargo de las maldades de sus agentes, no para excusarlos ni para ocultarlas, sino para proceder a hacer justicia y castigar condignamente. Esto en Cuba no se consigue... ¿Y en la Argentina?
viernes, 17 de octubre de 2014
El Estado y los particulares
También que hemos de asumir la responsabilidad que nos toca a cada uno frente a las exigencias del cambio que la Argentina reclama.
Que no podemos pretender encarar ese cambio sin una defensa irrestricta de la institución familiar.
Que no podemos imaginar siquiera el cambio sin concordia entre los argentinos.
Hoy quiero enfocarme en otro aspecto "revolucionario" de este giro que el país anda necesitando: volver al principio de subsidiariedad.
Digo "revolucionario", porque los argentinos, como sociedad, nos hemos acostumbrado en las últimas décadas a desertar de nuestra iniciativa propia y a esperarlo todo del Estado. Y no sólo lo referente a las obras de infraestructura básica, el funcionamiento de la administración o la provisión de servicios esenciales, como la salud, la educación o la seguridad. Esperamos del Estado la solución de nuestros problemas microeconómicos, la satisfacción de nuestros deseos personales, la mitigación de nuestras miserias más íntimas.
Así, acudimos al Estado para reclamarle la protección de nuestros negocios, la organización de espectáculos culturales, el subsidio de nuestras cuentas domésticas y hasta la homologación de nuestras relaciones interpersonales.
Claro que, como siempre y como enseñaba aquel profesor, levantamos "altares a los principios" y pretendemos "cadalsos para las consecuencias". Porque nada de cuanto nos da el Estado es, aunque lo parezca, gratuito; y no sólo por los costos que supone para el presupuesto estatal el mantenimiento de tal o cual subsidio, o de tal o cual plan de ayuda, ni por los desequilibrios macroeconómicos a los que han conducido, invariablemente, las políticas demagógicas. También porque quienes nos gobiernan esperan un rédito político de toda esa demagogia, utilizada como una verdadera herramienta extorsiva: "o me votan..." -parecen decir- "...o se les acaba la fiesta". De donde cada prebenda que arrancamos al Estado la pagamos con lealtad al gobierno (mejor dicho, a quienes lo componen), so pena de terminar siendo objeto de represalias por nuestra eventual deslealtad.
Volver al principio de subsidiariedad supone asumir que la iniciativa, el impulso, la fuerza motora de la sociedad y de la economía está en cada uno de nosotros. No se trata de construir de arriba hacia abajo, sino de abajo hacia arriba. El Estado sólo debe intervenir cuando el esfuerzo del particular resulta insuficiente, y sólo mientras resulte insuficiente.
Supone el compromiso por parte de cada uno de los ciudadanos de hacerse cargo del esfuerzo que supone sacar adelante el país, como si no pudiéramos esperar nada del Estado.
Supone la responsabilidad importante de los gobernantes de no convertir la acción subsidiaria del Estado en la coartada para expoliar a los ciudadanos y ahogar, así, a la iniciativa privada.
El principio de subsidiariedad es mala palabra para la izquierda "progre", tan propensa a sacralizar al Estado y a desconfiar sistemáticamente de los individuos (como si el aparato del Estado no estuviese formado por individuos). Pero la historia humana testimonia que los grandes cambios, las grandes iniciativas e inventos, los procesos institucionales más perdurables, el progreso económico de las naciones, rara vez han sido fruto de la acción estatal; casi siempre han surgido de las personas individuales, de quienes han han comprometido su propio destino, corrido su propio riesgo, jugado su propia responsabilidad.
lunes, 15 de septiembre de 2014
Concordia
Es cierto que las divisiones son parte de la historia de un país. Que lo son, también, de nuestra historia. Que es lógico que existan, porque somos hombres, no ángeles. Que muchas veces la Providencia se encarga de sacar de ellas bienes inimaginables. Que, entre estos bienes y aún sin adherir a Hegel, muchas otras veces actúan como motor del progreso y de la historia.
Pero nada de ello las justifica. Nada de ello las convierte en algo bueno, positivo o aun deseable.
Resulta mezquina la visión de ciertos políticos según la cual la división aparece como la más formidable herramienta de construcción del poder.
No. La división trae más males que bienes. La división genera rencores, resentimientos, desprecios, injusticias. Si acaso resulta accidentalmente de ella algún bien, el precio suele resultar excesivo.
Una mirada a nuestra historia reciente nos bastaría para comprobar esta afirmación. Quizás uno de los obstáculos más desgraciados que tiene que sortear la Argentina para salir a flote y convertirse en potencia sea la vocación caníbal de sus ciudadanos, la aparente imposibilidad de convivir sin recelar del otro, de construir sin destruir al contrario, de generar bienestar para unos sin hundir a otros. Tenemos muy metido en nuestra idiosincrasia esa suerte de prejuicio dialéctico según el cual, si unos están bien (económica, cultural o socialmente), es a expensas de los otros; pareciera que no se puede construir la Argentina que queremos porque, para eso, hay que terminar con estos o aquellos. "Este país se va a arreglar el día que se muera el último..."; y ahí ponemos el sustantivo que queramos: el último peronista, el último oligarca, el último delincuente, el último corrupto, el último gorila, el último banquero, el último abogado, el último cura, el último negro, el último "milico", el último extranjero, el último facho, el último trosko... ¿Seguimos?
Si es señal de inmadurez el echarle permanentemente la culpa de los propios males al otro, lo es más el pensar que sólo en la exclusión de éste hallan solución aquéllos. Inmadurez y soberbia; de las que casi nadie puede considerarse ajeno en la Argentina.
Si vamos a construir un país nuevo, tenemos que asumir que lo construiremos con todos los argentinos. Si queremos revitalizar el tejido social, no sólo habrá que repetir, como lo hace la Presidenta, que "la patria somos todos"; habrá que actuar en consecuencia, habrá que asumir que el patriotismo, esa virtud tan necesaria para superar las crisis nacionales, supone identificarse con el compatriota aunque este no piense como uno ni compartamos con él las mismas aspiraciones respecto del país.
Nada se puede construir sobre la base de considerar que la sociedad argentina se divide en capitalistas y proletarios, populares y gorilas, nacionales y cipayos. Hemos de asumir que todos los argentinos queremos el bien de la Argentina, aún cuando nos conste que ello no es así. Sonará ingenuo, pero es preferible equivocarnos en aceptar la buena fe del otro que vivir recelando injustificadamente unos de otros.
La reconstrucción argentina pasará necesariamente por una búsqueda heroica -no le quito una letra al adjetivo- de la concordia. Heroica, porque nos exigirá a todos saber renunciar a nuestras personales listas de agravios, a nuestros preconceptos (por justificados que nos parezcan), para aceptar al argentino que tenemos al lado como es, sin más, y construir con él -no contra él- un país mejor.
lunes, 8 de septiembre de 2014
Hacen falta familias
Pero quizás no advertimos cuánto de esa degradación pasa por la falta de contención familiar, por la inexistencia de una familia bien constituida (mamá, papá, hermanos, abuelos, tíos...) que transmita valores positivos, que enseñe la empatía.
No nos hacemos cargo de que detrás de cada delincuente hubo una carencia de familia.
Nos horroriza la violencia intrafamiliar y la ahora llamada "violencia de género". Padres que golpean a sus hijos, o los abandonan, o los matan de hambre; padrastros que violan a sus hijastras ante la mirada cómplice de sus propias madres; mujeres golpeadas, abusadas o asesinadas por sus parejas; ancianos castigados por sus propios hijos. Y nos preguntamos por qué puede encerrarse tanta maldad en la propia casa.
Ahora bien, no estamos tan atentos a observar que esos "vínculos familiares" son cada vez más lábiles, fundados en relaciones de conveniencia o de egoísmo -no de amor-, en las que las personas no buscan donarse a los demás, sino la satisfacción del propio deseo; deseo que, justamente cuando es insatisfecho, genera la reacción violenta, el rechazo y la utilización (cuando no la eliminación) del otro.
Quizás no queremos ver que detrás de cada hecho de violencia doméstica hay falta de amores sólidos sobre los que construir la familia.
Nos preocupa la droga, el alcohol, el descontrol adolescente, en general. Nos sentimos impotentes ante la cada vez mayor cantidad de chicos que parecen, no sólo no tener, sino tampoco no querer aceptar ningún tipo de límite ni pauta de conducta, con sus consecuencias de embarazo adolescente, más violencia "de género", y alegre autodestrucción en aras de una mal entendida libertad.
Pero no aceptamos la inmensa responsabilidad que tenemos en todo ello, al aplaudir irresponsablemente el inicio precoz de la sexualidad, al impugnar cualquier proyecto educativo que proponga virtudes que contradigan la lógica del hedonismo, al renunciar a construir, a través de la familia, una educación en virtudes que dé a los adolescentes y los jóvenes un horizonte más rico, más fecundo, más trascendente, que el vivir para sí mismos y la satisfacción de los propios caprichos.
Nos resistimos a entender que detrás de cada adolescente desorientado faltó la conciencia clara y firme de unos padres que le dieran recursos para encarar las dificultades de la vida.
Podríamos seguir, ¿verdad?
Y el lector podría acusarme de retrógrado, cavernícola o medieval, haciendo propios los prejuicios marxistas contra la familia y su función esencial en la construcción de una sociedad sana. Y no le quito una letra: prejuicios; porque la experiencia del día a día nos muestra, de manera pura y dura, que sólo con familias bien constituidas pueden revertirse, si no reducirse a su mínima marginalidad, las lacras sociales que aquí enumeramos y muchas más.
Y familias bien constituidas significa fundadas en matrimonios estables, monogámicos, heterosexuales (¡cuánta falta hacen la figura bien definida de papá y mamá en la formación de la personalidad!), abiertos a la vida, generosos, abnegados.
Y el Estado tiene el deber, no sólo de proteger, también de alentar, de promover, este tipo de familias, sanas, que funden el cambio que el país necesita.
Hacen falta familias, y cualquier proyecto para reconstruir a la Argentina debe hacerse cargo de políticas para su fortalecimiento.
lunes, 11 de agosto de 2014
Un cambio cultural
lunes, 14 de julio de 2014
Por dónde empezar: las instituciones
Al igual que en el caso de un edificio derruido, lo primero es reconstruir el armazón que sostuvo la estructura arrasada, aquello que debe volver a mantener todo en pie. Una reconstrucción que, además, mejore las técnicas, materiales y resistencia del anterior armazón, de manera tal que evite un nuevo colapso y resista la reiteración del fenómeno que destruyó la estructura.
En el caso de un país, el armazón son sus instituciones, su orden jurídico, especialmente el constitucional, sin el cual no podrá articular ninguna solución a sus problemas.
Los argentinos tenemos una especie de prejuicio por el cual estamos esperando al dirigente providencial que nos saque de la postración. Por herencia o por vicio, lo cierto es que no toleramos las soluciones a largo plazo; no podemos sufrir la espera que supone la lenta construcción de una estructura institucional que garantice la continuidad del progreso. Quizás por eso preferimos los liderazgos fuertes, y procuramos su prolongación aun antes de evaluar sus resultados.
Pero esto tiene que terminar. Si queremos realmente ser una potencia, si aspiramos a que la Argentina aproveche al máximo su potencial, hemos de aspirar a que la fortaleza no esté tanto en los liderazgos (la permanente búsqueda del "macho alfa") como en las instituciones.
La ley tiene que trascender a las personas. No al revés. Debemos dejar de pretender manipular las normas para ajustarlas al interés político del momento. Esto tiene que terminar aquí. No puede tolerarse más que se ponga entre paréntesis el respeto por la Constitución con la excusa de la eficacia política, la celeridad procesal o la justicia social. No.
La Constitución tiene que respetarse a rajatabla, en todos sus artículos. Debemos someternos al imperio de la ley, sin excusas. Hemos de "soportar" el equilibrio de poderes, la república, sin esperar más mesías salvadores.
Solo el respecto irrestricto por el orden jurídico, sin excepciones ni privilegios, nos dará la fortaleza institucional necesaria para acometer la enorme tarea de la reconstrucción de nuestra economía y de nuestro tejido social. Solamente con instituciones fuertes recuperaremos el crédito y la credibilidad que hemos perdido en el exterior; sólo así tendremos la autoridad moral necesaria para defender los intereses nacionales en el contexto internacional.
Convenzámonos de que no hay otra alternativa. Recuperemos el valor del compromiso que reside en el respeto por la ley.
Esto supondrá un paso inmenso y sin costo. En efecto, el respeto de la ley por parte de gobernantes y gobernados no le cuesta al país un centavo, no supone ninguna erogación, no requiere ningún trámite. Solo exige el esfuerzo personal de cada argentino por cumplir con las normas establecidas, por hacerlas cumplir, por reclamar de manera civilizada, por convivir respetando al otro.
En eso consiste la justicia, en ese respeto que lleva a dar a cada uno lo suyo, alejándonos de la desmesura, de la agresión, del atropello.
Así empezaremos a construir un país nuevo.
viernes, 4 de julio de 2014
El día después
miércoles, 12 de febrero de 2014
Canción de cuna para una gobernante
jueves, 23 de enero de 2014
La contradictoria cultura del subsidio
Si hay pleno empleo, ¿por qué hay jóvenes de entre 18 y 24 que no trabajan? Si no trabajan, es porque no quieren. Si no quieren trabajar, ¿por qué vamos a subsidiarlos? Digo "vamos", porque el dinero saldrá de los impuestos que pagamos todos.
Pero si no trabajan porque no pueden, porque no consiguen trabajo ¿cuál es el concepto que la Presidenta tiene de pleno empleo?
También surgen preguntas cuando uno analiza el razonamiento de que esos jóvenes "son los hijos del neoliberalismo", porque sus padres perdieron el empleo en los 90: ¿no pudieron recuperarse durante la "década ganada"?
La verdad es que, anunciar subsidios a la población "vulnerable" tras diez años de gobierno (y de un gobierno tan jactancioso), resulta contradictorio con un actitud triunfalista: si todavía hay gente que necesita un subsidio, es porque la gestión económica (y educativa) está muy lejos de ser brillante.
Tan contradictorio como festejar que los subsidios aumentan en cantidad (no tanto como en monto) de año en año, como si fuera un logro de gestión, cuando en realidad es el reconocimiento del fracaso. El objetivo no puede ser subsidiar cada vez más a más gente, sino generar las condiciones económicas y sociales óptimas para que cada vez sea menos la gente que necesita subsidios del Estado.
Claro que esta independencia de la ayuda estatal puede no resultar útil para nuestra clase gobernante (no sólo la nacional), tan habituada a utilizar los subsidios para generar clientela política. Es por ello que los punteros presionan a los directivos de las escuelas para que firmen certificados de escolaridad de alumnos que no asisten a clases, para que sus madres no pierdan la asignación universal por hijo.
¿Pasará lo mismo con el plan "ProgresAR"?
