¿Por qué 40 minutos?

Porque, si tuviera más tiempo, escribiría más largo.

lunes, 23 de noviembre de 2015

La Argentina que cambia

Una anécdota personal: mi tío, ya mayor y con sus achaques, sin obligación (por su edad) de votar, sale del cuarto oscuro con su andador y su voto, para ir a depositarlo en la urna; la providencia quiso que su hijo menor, mi primo, fuera el presidente de la mesa. Su nieto grabó el video del momento y lo publicó en Facebook, con palabras de admiración para el ejemplo cívico de su abuelo. Todos sabemos a quién votó y porqué.
Quienes hemos sido fiscales o autoridades de mesa podemos dar fe de que este ejemplo de mi tío se repitió muchas veces, tanto el 25 de octubre como ayer. Fueron muchas las personas mayores o discapacitadas que se sobrepusieron a sus limitaciones porque querían ir a votar un nuevo presidente. Esto explica, en parte, la mayor afluencia de votantes, por encima del promedio histórico en ambas vueltas estas últimas elecciones.

Quienes militamos en la coalición finalmente ganadora de las elecciones nacionales podemos también dar fe de la inmensa cantidad de gente que se ofreció para fiscalizar las elecciones, especialmente tras el escándalo del fraude en las elecciones tucumanas de agosto.
No fue sólo la mala imagen del candidato oficialista, ni la buena imagen de la gobernadora electa, ni la mala gestión del gobernador saliente, las causas de que la provincia de Buenos Aires cambiara de signo político tras 28 años de gobiernos peronistas. No habría sido posible sin el compromiso y la dedicación de miles de fiscales que se volcaron a controlar la transparencia de una elección que, en otras condiciones, habría sido fácilmente manipulable por el aparato de los llamados "barones del conurbano". Como diría la Presidenta, no fue magia.

Compromiso para votar; compromiso para fiscalizar. Esto no es el final de nada. Es apenas el comienzo de una Argentina cuya ciudadanía da señales de empezar a cambiar, más allá de las frases de campaña.

Ahora viene lo más difícil, lo más importante, y lo más apasionante.
Ahora tendrán, quienes recibieron nuestro apoyo, que dar cuenta de la responsabilidad que les encomendamos con nuestro voto. Ahora tendremos, como ciudadanos, la obligación de ayudar y poner el hombro, pero también de exigir y fiscalizar, no ya una elección, sino a nuestros gobernantes.
Ahora vienen horas difíciles para la Argentina y todos, gobernantes y gobernados, debemos estar a la altura del desafío.

Y quienes acompañamos la campaña del vencedor no podemos bajar los brazos ni abandonarnos al fanatismo que, hasta hoy, combatimos. Tenemos que organizarnos con la mira puesta no sólo en apoyar políticamente el cambio que ya llegó, sino en acompañarlo racionalmente, con sentido común y también espíritu crítico, para generar una dirigencia que sirva a la Argentina y la saque de la decadencia a la que nos llevaron décadas de dirigentes mediocres.

El cambio empezó. Queda mucho por delante.

¡Telón!

Un colega compañero de trabajo, ya fallecido, cuando cerraba su relato de cómo pensaba que se desarrollarían los hechos, recurría a una metáfora teatral: en lugar de elaborar alguna conclusión compleja, simplemente decía "¡telón!".

La sensación que todos tuvimos anoche, pienso, respecto del ciclo de 12 años de kirchnerismo fue la misma: ¡telón! Como al terminar La Traviata: el escenario triste, Violeta muriendo en brazos de Alfredo, nada más hay que decir, baja el telón.
Así termina el kirchnerismo: con un candidato que siempre estuvo extraviado, una Presidenta desaparecida de la escena, como para no tener que asumir la derrota, y una militancia que llora lo que entiende, si es con buena fe, como el fin de un sueño.
Pero también con un país cuya economía está peligrosamente desequilibrada, con una destrucción institucional pocas veces vista, con un nivel de pobreza que no se condice con una década de crecimiento a "tasas chinas", con crisis energética, con una grave división social, con el narcotráfico instalado, y con una larga lista de etcéteras negativos, entre los que no es el menor una poderosa sospecha de que los últimos 12 han sido los años de más corrupción gubernamental; sospecha esta alimentada por la actitud del propio gobierno que, lejos de desmentir las denuncias, sólo ha buscado descalificar, cuando no perseguir, a los denunciantes y controlar el aparato judicial destinado a investigar y juzgar las denuncias.

Desde este blog hemos hecho muchas veces la crítica, a veces catártica, del régimen que nos gobernó estos últimos 12 años. Ya no vale la pena seguir criticando. La mayoría del país se ha dado cuenta de lo que pasó, de lo que pasa y de lo que podría pasar si seguíamos así; y votó un cambio.
Tampoco vale la pena, y sería seguir en el mismo régimen, salir a tomar revancha de quienes, durante 12 años, nos han descalificado, vituperado, humillado, menospreciado y perseguido por tener el atrevimiento de pensar distinto, de criticar, de considerar siquiera que al país podría convenirle otra cosa que no fuera el diktat monocorde del kirchnerismo.
Ya pasó. Como ya se está leyendo en las redes sociales, hay que sanar. Lo otro es ser tan energúmenos como quienes detentaron hasta hoy el poder. Y, además, no hay tiempo para revanchas: hay mucho para reparar en la Argentina.

Es de esperar que estos tres periodos (y medio, porque N. Kirchner asumió como presidente provisional el 25 de mayo de 2003) de gobierno nacional nos hayan hecho escarmentar sobre algunas cosas.
Nos hayan hecho entender que el equilibrio de poderes no es una frivolidad del constitucionalismo liberal, sino una barrera para contener la tiranía.
Nos hayan hecho apreciar que el respeto de la propia libertad tiene el precio de respetar la libertad que el otro tiene, también para equivocarse.
Nos haya hecho aceptar que no hay salvadores mesiánicos, ni soluciones mágicas, ni recetas infalibles, ni causa alguna que justifique demonizar a otro argentino.
Es de esperar que hayamos aprendido la lección, y baje definitivamente el telón de 12 años de equivocaciones.

jueves, 22 de octubre de 2015

Porqué lo voto

Porque sabe administrar, sin prejuicios ideológicos.
Porque sabe rectificar cuando se equivoca.
Porque no desprecia al que piensa distinto ni alimenta el odio hacia nadie.
Porque no le echa la culpa a los demás de sus propios errores.
Porque no es cínico, ni narco, ni improvisado.
Porque no demoniza.
Porque las diferencias que tengo con él sé que puedo discutirlas sin temor a ser perseguido.
Porque lo cortés no quita lo valiente, y nunca fue K.
Porque no quiero más kirchnerismo (sectarismo, patota, improvisación, chantada, latrocinio, narcotráfico) para mi patria.
Porque no hay otra forma de forzar el balotaje.
Porque no quiero ganar yo, sino que gane la Argentina; y sólo gana si se termina el kirchner-cristinismo.
Porque no compro los estereotipos de la izquierda y me guío por lo que mis propios ojos ven.
Porque es hora de que nos hagamos cargo del futuro, en lugar de que otros nos lo solucionen.
Porque, si pierde, quiero quedarme tranquilo sabiendo que hice todo para que las cosas cambiaran.
Por eso

jueves, 3 de septiembre de 2015

¿Dónde está Dios?

Alguno me pregunta: ¿Dónde está Dios?
El mundo se vuelve más cruel cuanto más se aleja de Dios.
Mejor sería preguntar a dónde fue que lo echamos.
No culpemos a Dios de la maldad.
Él nos hizo libres, y con nuestra libertad podemos hacer el bien, o el mal. Él prefiere dejarnos obrar las aberraciones más grandes antes que forzarnos a hacer el más mínimo bien. Quiere que lo amemos libremente, no nos obliga; aunque esto suponga correr el riesgo de que lo rechacemos. Por eso no podemos separar nuestra libertad de nuestra responsabilidad.
No culpemos a Dios de nuestras miserias. Somos nosotros los que, con el fanatismo, con la guerra, con el odio, con la indiferencia, matamos a Aylan. Somos nosotros los que nos olvidamos del mandamiento divino del amor.
Dios, en su Providencia, se sirve hasta de las mayores atrocidades para sacar bienes: quizás el sacrificio de Aylan sirva para remover las conciencias de Europa y de sus líderes para que no haya más refugiados muertos; quizás se conmuevan nuestros corazones para ayudar, cada uno en la medida de sus posibilidades, a quienes huyen de la miseria, la guerra y la persecución. El cielo de Aylan será seguramente más hermoso que el nuestro, si llegamos; y no llegaremos si no aprendemos la lección que su muerte encierra.
Dios, en su Misericordia, perdona al que se arrepiente de corazón, por grande que sea el mal que haya cometido. Por eso Francisco impulsa un jubileo de la misericordia, para convertirnos, para pedir perdón, para volver a Dios.
Porque también Dios nos juzgará... a todos.

jueves, 21 de mayo de 2015

Farenheit 451

Recuerdo que, al empezar el ingreso a la facultad (hace 28 años), nos pidieron que leyéramos "Farenheit 451" de R. Bradbury. En esta novela se plantea lo que hoy llamaríamos una "distopía": la sociedad mediatizada, abocada al entretenimiento, y los libros como una especie en extinción; más: como una especie perseguida, porque los bomberos, no pudiendo apagar el fuego de los edificios (todos ignífugos), están dedicados a quemar libros, porque éstos hacen sufrir a la gente. Precisamente la historia gira en torno a un bombero, Guy Montag, que, a partir de ciertas experiencias, empieza a reflexionar acerca del sentido de lo que hace.
Nos hicieron leer este libro, decía, por ser una interesante mirada de atención sobre el proceso de "superficialización" de las masas. Hoy hablaríamos, en la Argentina, de "tinellización". En aquel entonces devoré el libro, que me pareció en cierto modo profético.

Hoy leía un brillante artículo de E. Valiente Noailles en La Nación, en el que el autor plantea que la mayoría de la sociedad argentina parece no tolerar la verdad. Se refería, concretamente, a la aparición de los principales precandidatos presidenciales en el programa de Tinelli, y de como el discurso político ha sido reemplazado, modernamente, por la apariencia mediática; no tanto como una estrategia de marketing de los candidatos, cuanto por una real demanda del público, que parecería preferir tener anestesiado su intelecto antes que enfrentar la realidad.
Inmediatamente me evocó el libro de Bradbury, en el que Montag tenía tres paredes de su sala de estar cubiertas por la televisión, y la mayor aspiración de su mujer, Mildred, era completarla en la cuarta pared. Obsesionadas por el circo televisivo, que trivializa hasta lo más sagrado, Mildred y sus amigas charlan acerca de cuál sería el mejor candidato para las próximas elecciones, de acuerdo a si es más o menos buen mozo, sin importar lo que tenga para decir o aportar. Los hombres del tiempo de Montag viven sumergidos en una liviandad intelectual de tal magnitud, que les impide ver la amenaza real e inminente de una ominosa guerra que arrasará con todo.
Si hace casi treinta años este libro me pareció profético, ahora me resulta pavorosamente actual: candidatos más pendientes de la imagen que de las propuestas, opinión pública incapaz de sostener reclamaciones más allá de la emoción del momento, medios masivos aprovechando sin escrúpulos la sed de circo de la audiencia, y una inconfesable necesidad general de evadirnos de la realidad.

¿Vivimos, también nosotros, mediatizados hasta la estupidez?

martes, 19 de mayo de 2015

Cada vez menos, y más viejos

Recientemente leía un artículo sobre el envejecimiento poblacional de la Argentina. El artículo apunta a las consecuencias económicas, dando por hecho que algo habrá que hacer para prepararse para un futuro no muy lejano en términos de país (20-50 años), en el que seremos menos, más "viejos" y con más dificultades para sostener nuestro sistema previsional. Nada muy diferente de lo que ha ocurrido en Europa occidental en los últimos 50 años, salvo porque a nuestro país esta situación lo agarra "a contrapierna" (en términos futbolísticos): sin cultura del ahorro, sin políticas de largo plazo, sin siquiera la preocupación por el tema de parte de una dirigencia política que vive y gobierna pensando, únicamente, en las próximas elecciones.

Lo que el artículo no cuestiona es la raíz del problema: ¿por qué somos cada vez menos, y más viejos, en un país en el que todavía está todo por hacerse? La respuesta es incómoda, porque nos interpela a todos de manera muy íntima: tenemos miedo de tener más hijos.
Tenemos miedo porque cada hijo es una responsabilidad, y vivimos en una cultura que nos enseña que la libertad consiste en no asumir responsabilidades, al punto que la educación sexual se orienta a enseñar a evitar los hijos.
Tenemos miedo porque vemos a cada hijo como un recorte a nuestro bienestar, sumidos además en una economía cuyas inestabilidades desalientan la generosidad.
Tenemos miedo porque no tenemos el más mínimo interés de salir de nuestro statu quo, de nuestra comodidad, de nuestro egoísmo, de nuestra cobardía; y cada hijo es una aventura nueva.
Una sociedad que le tiene miedo a los hijos está condenada a la extinción. Los europeos están reaccionando lentamente, al ver que los lugares que dejan los nativos son ocupados por inmigrantes (muchísimos de religión y cultura islámica) que no tienen miedo a tener hijos, y que todavía asumen la paternidad y la maternidad como el fenómeno natural, lógico y deseable que es para la subsistencia del género humano. En muchos países de la Unión Europea se toman medidas que buscan alentar el crecimiento demográfico; a tal punto que el difunto ex presidente socialista de Francia, François Mitterrand, fue también un reconocido natalista.

Que los chinos se hagan problema por el crecimiento poblacional puede ser entendible (1200 millones de habitantes), aunque sus políticas totalitarias en la materia sean repudiables. Pero que en la Argentina, con 14,4 hab/km², tengamos "reparos demográficos" resulta casi ridículo.
Hacen falta, por el contrario, políticas que alienten la natalidad, así como la estabilidad de las familias para favorecer el desarrollo de los chicos, que garanticen la nutrición básica y el acceso al agua potable y a los servicios más elementales para generar ambientes propicios para el crecimiento, que garanticen una educación de calidad que permita capacitar nuevas generaciones que estén en mejor forma para sacar adelante a la Argentina.

Si seguimos pensando que todo es cuestión de repartir dinero (sobre todo si es ajeno), que la responsabilidad del país que viene siempre es del otro, vamos mal. Terminaremos pensando -hay muchos que así lo hacen- que la mejor forma de acabar con la pobreza es evitar que nazcan pobres, y que éstos lo son porque tienen muchos hijos. Seguiremos siendo cada vez menos, estaremos cada vez más viejos, y las generaciones que nos sucedan nos mirarán con recelo, porque, así como ahora vemos a los hijos como un lastre indeseable, como un límite a nuestra realización personal, ellos nos mirarán a los viejos (y a los enfermos) como una carga cada vez más insoportable. En Europa también se ve; no por nada prolifera igualmente la eutanasia.

jueves, 14 de mayo de 2015

Gastar y gastar

Es muy común ver que los gobernantes ponderen como un logro el hecho de que, por ejemplo, han aumentado el presupuesto en educación. Esto es, han destinado más dinero en términos nominales o han dispuesto de un mayor porcentaje del presupuesto para ese destino.
También es común, por el contrario, impugnar a un gobierno desde la oposición porque ha reducido, siguiendo con el ejemplo, el presupuesto en educación. Sea porque dedica menos dinero en términos nominales (lo cual, en estos tiempos de inflación, no se da), sea porque dispone de un menor porcentaje del presupuesto dedicado a tal fin.

Lo que ambas afirmaciones ocultan es la pregunta principal: ¿se trata de gastar más o de gastar bien?

Porque el destinar más dinero en términos nominales a determinado ítem del presupuesto puede deberse, no a la virtuosa previsión de una mayor cantidad de recursos, sino al efecto nocivo de la inflación. En efecto, puede ser que este año dedique $120 en lugar de los $100 del año pasado; pero debido a que, lo mismo que el año pasado me costaba $100, ahora me cuesta $120. En los hechos, la meta no mejoró de un año al otro, sino que se ha vuelto más cara. Hasta puede suceder que destine más recursos ($110, en lugar de $100) y aún así no pueda cumplir la meta que sí alcancé el año anterior (porque se encareció hasta $120).
También puede ocurrir que el mayor porcentaje dedicado al mismo ítem sea engañoso. Por un lado, porque puede deberse a que, para disimular la pérdida de recursos mediante la inflación, se le quite a otros ítems un porcentaje que me permita, con más plata, hacer frente a los mismas metas que el año anterior, pero encarecidas. Por otro lado, porque puede mejorarse efectivamente la meta y no alcanzarse a pesar del mayor porcentaje: tengo, proporcionalmente, más dinero que el año pasado, pero, en lugar de destinarlo a lo que debía, lo gasto en otra cosa. También porque la "mejora" de la meta puede ser ineficiente en los hechos: dedico más dinero porque, por ejemplo, tengo que incorporar más "ñoquis" a la planta permanente.

De manera inversa, la previsión de menos dinero en términos nominales puede deberse a reformas estructurales que permitan hacer lo mismo que el año anterior, pero más eficientemente ("eficiencia", ¡esa horrible palabra!). Incluso puede ocurrir que el mismo dinero rinda aún más y que se puedan mejorar las metas sin subir el presupuesto.
Igualmente, un menor porcentaje no significa, necesariamente, una disminución del presupuesto para determinado ítem. Bien porque se amplió el presupuesto general (más ítems, más dinero y una "torta" más dividida), bien por el reflejo de la misma eficiencia aludida antes en los porcentajes de presupuesto: se hace lo mismo, y aún más, con un menor porcentaje.

De vuelta la pregunta: ¿se trata de gastar más o de gastar mejor?
Solo un gasto eficientemente aplicado, que redunde en mejores servicios del Estado, puede considerarse una verdadera "inversión" (como le gusta a la Presidenta que se llame al gasto, como si el cambio de palabras supusiera el mágico cambio de la forma de usar el dinero).
Un gasto ineficiente siempre será dilapidar los recursos del Estado, que son de toda la sociedad, por mucho que se aumenten las cifras y los porcentajes.
Exijamos de nuestros políticos menos pirotecnia verbal y más realidades palpables.

martes, 12 de mayo de 2015

Femicidas

En los últimos años se le ha dado mucha publicidad a casos policiales donde las víctimas son mujeres, generalmente jóvenes, asesinadas por quien era su pareja, o su ex pareja, o por quien intentaba violarla, o ya la había violado, o por su padrastro, o por su marido...
A este tipo de crímenes se le ha dado en llamar, recientemente, "femicidio", esto es, cuando la víctima del homicidio es "una mujer cuando el hecho sea perpetrado por un hombre y mediare violencia de género", según define el Código Penal.

No es mi intención, ahora, cuestionar qué sea el "género", a qué género de violencia nos referimos al hablar de "violencia de género", ni la conveniencia de castigar el homicidio de una mujer por un hombre en tales circunstancias con la mayor pena prevista en nuestro ordenamiento jurídico, ni si no hay otros casos que merezcan el mismo tratamiento, ni si los defensores de la figura del femicidio son entusiastas defensores de la vida humana en toda oportunidad.

Lo único que me interesa aquí es plantear algunas preguntas:

¿Hay más femicidios hoy que hace 40 años?

¿Tendrá algo que ver la trivialización del sexo en diarios, revistas, radio, televisión, etc., que lleve a despertar obsesiones y misoginias que, de otra manera, estarían reprimidas?

¿Habrá alguna relación con el modo de encarar la educación sexual como si el único peligro de las relaciones sexuales tempranas fuera el embarazo, con el hecho de que cada vez hay más femicidas menores de edad?

¿La proliferación de modelos violentos y prepotentes aun desde el poder no tendrá alguna influencia en la generalización de la violencia privada?

¿No llama la atención la coincidencia de esta plaga de femicidio y violencia doméstica con la degradación o difuminación del concepto de familia que tiene nuestra sociedad?

¿Cuánta responsabilidad existe en una sociedad que mira para otro lado y busca excusas para los propios vicios frente a sus consecuencias últimas?

¿No nos estamos convirtiendo en una sociedad de femicidas?

miércoles, 29 de abril de 2015

Lo que está en juego

Como le decía a un primo mío: yo no me "caso" con los candidatos, aunque sean los del partido en el que milito. Y es que la experiencia indica que en el único en quien podemos poner nuestra esperanza es Dios. El aval para los hombres -que eso son los candidatos- siempre debe ser condicional; entre otras cosas, porque así lo exige la república, una forma de Estado en la que las instituciones, supuestamente y en principio, están para suplir los defectos y limitar los excesos de quienes ejercen el poder.
Digo esto porque no va a faltar quien me acuse de estar haciendo propaganda. No es mi intención. Sí, en cambio, lo es llamar la atención sobre qué es lo que se está jugando en la Argentina este año de elecciones.

Porque son muchos los políticos que se preocupan más por la foto, por no salir "pegados" a este o a aquel, por el principismo y las utopías, o por cultivar la quinta personal, que por el país, el mal que lo aqueja y las soluciones a mano para sacarlo adelante. Algunos de estos políticos esconden con su miopía un secreto vergonzante: si el gobierno del Frente para la Victoria robara menos, quizás ellos estarían encantados acompañándolo; porque, en el fondo, comparten la visión entre "progre" y stalinista que el gobierno tiene acerca de la economía, la sociedad, las relaciones exteriores, los medios, las corporaciones, la seguridad, y una larga lista de etcéteras.

Pero el problema de la Argentina es más grave que el de un gobierno que ha hecho del latrocinio una forma de ejercer el poder. Se trata de un problema más general, que tiene que ver con una forma de "moldear" la sociedad para que sea dependiente del Estado mediante el clientelismo y el prebendarismo; que tiene que ver con el desprecio de las instituciones como sistema y forma de hacer política, que propaga y exacerba la anomia de los argentinos; que tiene que ver con una prepotencia enseñada desde el poder, que convence al ciudadano de a pie de que el uso de la fuerza es una herramienta válida -cuando no la única efectiva- de hacer valer la propia voluntad, y de que ésta se encuentra por encima del derecho; que tiene que ver, en definitiva, con la degradación intelectual de las próximas generaciones -destruyendo la educación pública, la noción de responsabilidad ciudadana y la cultura del trabajo-, para que los argentinos del futuro próximo no sean más exigentes que un rebaño dispuesto a ir detrás del líder que les ofrezca la satisfacción de sus apetencias más básicas, juguete de los tiranos, ganado para ser arreado a donde aquéllos dispongan.

La señal que deberían dar los políticos de la oposición es que entienden que este último es el problema, que lo que está en juego es la república y no el acceso al poder de un gobierno más o menos corrupto. Una sociedad que no dependa del Estado está en mejores condiciones de castigar a sus gobernantes con el voto cuando éstos incumplen con el mandato popular. Un país donde las instituciones funcionan tiene herramientas eficaces para combatir a la corrupción que pueda surgir entre quienes detentan el poder. Un ciudadano respetuoso del prójimo está más capacitado para construir que para destruir. Un pueblo educado y laborioso premia el esfuerzo, la virtud y el mérito; y condena la chantada, el vicio y el oportunismo.

Claro que, para dar esa señal, hará falta una gran dosis de pragmatismo, que lleve a poner por delante de las diferencias de estilo o de los cuestionamientos puntuales la visión estratégica del cambio que el país requiere, y difiera las discusiones que aquéllos conllevan para cuando se haya asegurado el reencarrilamiento de la república.
Parece mentira que una sociedad que reclamaba que la oposición hiciera frente al kirchnerismo en forma unida y consensuada se escandalice ahora de los acuerdos electorales que se anudan para lograr, justamente, esa unidad y consenso. Resultaría, entonces que la tan predicada unidad no es entendida sino como rendición de los demás al propio liderazgo, a la propia posición, sin concesión alguna; como si dijéramos: "seremos plurales y consensuaremos sólo con aquellos que piensen como nosotros y estén dispuestos a seguirnos".
Debemos ser pragmáticos, sin llegar a ser cínicos; sin desconocer que las diferencias existen; sin negar la realidad de plano y por conveniencia. Pero sí teniendo claras las prioridades: por delante de las ideologías está la Argentina, por arriba de las pretensiones personales están los chicos que se mueren de hambre, los pobres manipulados por el narco, los argentinos que necesitan de un trabajo digno para realizarse como seres humanos, el país que de oportunidades a las generaciones por venir.

Alguien se quejaba: "renuncian a los principios por los votos". En realidad, en la democracia son los votos los que permiten imponer los principios. Si no lo entendemos así, tenemos que dedicarnos, no a la política, sino a la charla de café.

viernes, 24 de abril de 2015

Genocidios

Hoy, 24 de abril, se rememora uno de los episodios más lúgubres del siglo XX: el genocidio de más de un millón de armenios perpetrado por el entonces Imperio Otomano, del cual se cumple este año el centenario de su iniciación.
Quizás, después del de los judíos a manos del nazismo, es el genocidio más estudiado de los muchos cometidos en la pasada centuria.

Los armenios que fueron masacrados en aquel entonces, lo fueron por su religión. En efecto, tanto cristianos como judíos eran ciudadanos de segunda en el Imperio Otomano justamente por no pertenecer a la religión oficial: la musulmana. Los armenios deportados, vejados, asesinados o abandonados a la muerte, lo fueron por su condición de cristianos. Por eso la Iglesia Apostólica Armenia los ha canonizado.

Las vueltas de la historia: cien años después contemplamos por YouTube la abierta aniquilación de miles de cristianos (católicos, ortodoxos, protestantes) en Medio Oriente y África a manos de distintas organizaciones de la jihad islámica. Persecución que se suma a la que ya venían padeciendo en los países comunistas, la India y otros países de extremo oriente, de diversas formas que van desde la sutil segregación, pasando por la persecución legal, hasta el más bárbaro de los salvajismos.

Alguien se tomará el trabajo de contar cuántas son las víctimas que llevan acumuladas estas persecuciones. Estoy seguro de que serán más que las doce personas muertas en Charlie Hebdo a principios de año.
Lo que resulta curioso es que, mientras esta última masacre mereció, con razón, un repudio internacional unánime y la movilización civil de millones de personas en Francia, las matanzas de cristianos (también de yazidíes y otras minorías religiosas) no encuentran la misma reacción por parte de las principales potencias mundiales. Algunas, supongo, porque carecen de autoridad moral para señalar genocidios ajenos. Pero las otras, supuestamente preocupadas por la libertad, la democracia y los derechos humanos, reaccionan de manera tibia, a través de la condena formal, cuando no guardan un inexplicable silencio.

Quisiera creer que no es porque piensen que las víctimas de esos crímenes "algo habrán hecho", o que esos muertos "bien muertos están".

miércoles, 22 de abril de 2015

Por qué no soy de izquierda

Ya escribí una vez acerca del mito "progresista". Hoy quiero centrarme en otro aspecto del mismo tema: por qué no soy de izquierda (ni lo quiero ser).

En primer lugar, porque ser de izquierda es ser marxista. Sí: los socialdemócratas europeos también son marxistas, aunque light. Quizás más eficientes que los "progres" locales desde el punto de vista económico, pero marxistas filosóficos en el fondo. Si no materialistas, por lo menos inmanentistas; si no ateos militantes, por lo menos agnósticos prácticos; si no colectivistas, por lo menos amigos de repartir la riqueza ajena. En cualquier caso, deterministas convencidos de que la historia se mueve a partir del principio de la lucha de clases, y de que así debe ser "relatada"; de que hay buenos (la izquierda, los trabajadores, los pobres, las minorías) y malos (la derecha, los capitalistas, los ricos, la burguesía); de que la religión es el opio de los pueblos y que, en el mejor de los casos, debería volver a practicarse de la puerta de la catacumba para adentro; de que el hombre no es más que una pieza en la gran maquinaria de la economía y no tiene dignidad si no es en función de alcanzar la sociedad sin clases.
Una concepción del mundo y de la historia que se da de patadas con una realidad que Marx no previó: el crecimiento espontáneo de la clase media en economías más libres y tecnificadas. Ahí empiezan los problemas para la izquierda: cuando los trabajadores invierten lo que ganan y se convierten en capitalistas; cuando los pobres aprovechan las oportunidades de la economía abierta y se enriquecen; cuando las minorías adoptan todas las ventajas de la sociedad burguesa que dicen combatir. Cabe preguntarse, por ejemplo, cuánto más soportará su contradicción el régimen marxista chino en el poder, a medida que su inmensa población se aproveche de la apertura de su economía, se incorpore a la clase media, deje de conformarse con subsistir y empiece a reclamar (ya empezó, pero los tanques de Tiananmen la disuadieron, por ahora) más libertades y derechos.

En segundo lugar, porque, al ser marxista, la izquierda pretende tener el monopolio de la justicia social y los derechos humanos. Claro que no entendidos como lo hizo la Revolución Francesa (burguesa) sino como los entiende el marxismo: parte de un discurso o relato funcional a la lucha de clases. La derecha, en este esquema que no quiere admitir prueba en contrario, es elitista y preservadora de los privilegios, violadora serial de los derechos humanos.
Pero este monopolio cruje cuando las recetas económicas marxistas (estatistas, cerradas y pretendidamente nacionalistas) mantienen a inmensas multitudes en la pobreza, y cuando gobiernos que se dicen izquierdistas son conducidos por una "nomenklatura" que goza de los privilegios de la "revolución", mientras mantiene silenciados con el garrote a los "contrarrevolucionarios" que los contradigan. Allí se ve que la justicia social y los derechos humanos son para los revolucionarios; para el enemigo, ni justicia.

En tercer lugar, porque esas pretensiones de la izquierda la llevan a buscar, no sólo el poder político, sino también el poder ideológico. Los izquierdistas parecen no conformarse con imponer sus recetas, también quieren que todos adhieran. Así, la revolución marxista no solo debe controlar los medios de producción; también los medios de comunicación, la cultura y la educación.
De nuevo, este tipo de pretensiones hegemónicas, de gobernar las acciones y los pensamientos ajenos, desembocan necesariamente en la persecución de todo aquel que quiera pensar distinto; y llevan siempre al hartazgo, incluso, de los propios izquierdistas, cuando caen en la cuenta de que no pueden pensar diferente de quien detenta el poder, de que la alternativa a la cárcel (o la muerte) es el exilio.

Por último y en consecuencia de todo lo anterior, porque la izquierda no puede mantenerse en el poder sin el totalitarismo. Sin el totalitarismo de Estado (como en los países donde "triunfó la revolución") o, por lo menos, sin actitudes totalitarias traducidas en leyes concretas que apuntan a imponer paradigmas a palos: todo se justifica por la revolución. Y los izquierdistas no se hacen cargo jamás de las consecuencias negativas de sus propias políticas: todo lo que sale mal es por culpa de la contrarrevolución. Marxismo es igual a totalitarismo, necesariamente; tan contrario a la naturaleza humana es, que no hay otra forma de imponerlo a la sociedad si no es por la fuerza. La historia es elocuente: los países en donde la revolución marxista triunfa terminan convirtiéndose en regímenes de partido único; la Cortina de Hierro existió hasta que los pueblos se sublevaron contra la opresión de gobiernos marxistas; gobiernos como el cubano o el venezolano no se sostienen sin una férrea persecución de todo opositor; en China, el Estado llega a decidir cuántos hijos puede tener una persona.
Me dirán que en los países con sistemas políticos más liberales (que tampoco están exentos de esas actitudes totalitarias, lamentablemente) también se verifican, más o menos solapadas, persecuciones, injusticias y atrocidades mil. Pero en esos países, por lo menos, aún se puede levantar la voz para denunciar esos abusos, y aún se puede recurrir a las instituciones políticas para limitar los abusos del poder. Allí donde la "revolución" izquierdista triunfó, las disidencias se acallaron, la ley sólo sirve al poder y nada más se escucha sino la voz oficial... denunciando las conspiraciones de "la derecha".